jueves, 29 de octubre de 2015

Bien, gracias

-          Hola, Fulanito, cuánto tiempo, ¿cómo estás?
-          Bien, ¿o te lo cuento?

Este diálogo simplón en plan chiste siempre me ha parecido sumamente descriptivo de la realidad, al menos en mi caso. Hay épocas en que no me aguanto ni yo misma, en que me replanteo mi mundo de cabo a rabo y ya no tengo nada en pie. Momentos en que estoy rota por dentro, por unas u otras circunstancias… Y si me preguntan, allá que voy, con sonrisa incluida, entonando, casi cantando, un ya habitual: “Muy bien, gracias”

Mentira.

Pero mentira de la buena, mentira de la que se dice por no agobiar al otro con tus desasosiegos, o por las prisas (“¿cómo le resumo yo ahora a éste mi situación en 2 minutos?”), o por comodidad (“total, ¿pa’qué?”), por “economía” (“¿qué gano yo contándole cómo estoy de verdad?”), o por miedo.

Sí, yo en mi “Bien, gracias”, a veces veo miedo. Miedo a que se descubra que no sólo soy esa persona sonriente y despreocupada que muestro a menudo. Miedo a exponer mi vulnerabilidad. Qué tontería, ¿no? Pues, sí.

Miedo y vergüenza. Yo tengo que estar a la altura de no sé qué circunstancias y no me perdono ni un mal gesto, ni un día gris. Al menos, no en público.

Sin embargo, algo parece estar cambiando dentro de mí. Últimamente he decidido experimentar… y pasar a la segunda parte del chiste. Y voy y lo cuento. A ver, tampoco me pongo a pregonar mis interioridades a la primera de cambio, que una es muy suya, pero pruebo a responder diferente y más sinceramente.

-¿Qué tal?
- Pues mira, con esto del otoño… al borde de la crisis existencial.
- ¿Pero tú, con lo que eres?
- Pues sí, yo, con lo que soy.

Y me gustaría añadir: Con toda mi riqueza y mi miseria, con toda mi fuerza y mi debilidad, con mi conocimiento y mi ignorancia… Toda yo: a veces, pienso que voy hacia el abismo. Porque yo, cuando me dejo llevar por el dramatismo, dramatizo como si no hubiera un mañana. Y me veo a pique de acabar como Virginia Wolf, pero sin su talento, y se me viene a la cabeza la deprimente y magistral banda sonora de Las Horas, y me veo flotando, río abajo, abandonando toda esperanza y toda lucha…

Pero no lo digo, o solo a algunos. Porque en el fondo, sé que yo soy esa máscara de tragedia griega… pero sólo es eso: una máscara. Como la máscara de chica sonriente y cordial, pizpireta y cuchufleta. Mi esencia está más allá de las mascaras y sobrevive a la depresión y a la euforia, a los rumbos perdidos y a los excesos de planificación. ES. Y punto.


Lo bonito de este experimento, lo que me encanta de este permitirme mostrar un lado más de mi multifacética personalidad, es que el otro se permite hacer lo mismo. Y de repente, descubro frente a mí otra cara de otro multifacético personaje. Porque a todos nos pasa un poco igual. Y mola jugar a ser los que somos y no los que creemos que gustan más ahí afuera.

viernes, 7 de agosto de 2015

Visita fugaz


Alguna vez me dejo llevar por la tentación de zambullirme momentáneamente en el pasado a través de “la Gran Red”. Es tan sugerente teclear, por ejemplo, el nombre de aquel chico que me traía de cabeza en el instituto y ver qué ha sido de él, por dónde anda y tal vez alguna foto…

Me gusta mi presente en movimiento y no pretendo volver atrás de ningún modo, o quizás tan sólo para eso que dicen de tomar impulso. Estas inmersiones puntuales son como un espejo mágico en el que me veo simultáneamente en el pasado y en el presente. De repente, me sitúo en el ayer, comienzo a recordar instantes, matices, sonidos, que creía borrados en mi mente, y de esos recuerdos, en ocasiones, surgen pequeñas chispas de “sabiduría”, esos insights de los que muchos hablan.

Y lo divertido de todo esto es que realmente ni me lo propongo, es el propio buceo por la magia de las redes sociales el que me trae asociaciones (una cosa lleva a la otra), recuerdo a alguien, y no puedo evitar ir en su busca. 

El otro día, ya no sé cuál fue el detonante, me animé a buscar a aquella amiga de la infancia que se fue perdiendo poco a poco en la niebla de la memoria. Ella vino al pueblo desde Madrid y hablaba con un acento muy dulce lleno de eses. Me introdujo en el mundo de los vaqueros, cuando yo vestía casi exclusivamente faldas y vestiditos. Me animó a hacer gimnasia, en un tiempo en que -como asignatura- no llegaba ni a “maría” en mi colegio y yo era más bien paradita en los recreos. Con su familia, en verano, estuve de camping en una playa maravillosa de Tarifa. Me encantó esa vida libre y asilvestrada. 

En resumen, ella significó para mí un cierto despertar a la vitalidad, a la acción, a ser algo más que una niña buena y tranquilita que lee todo lo que cae en su mano. Luego, fuimos entrando en esa etapa incierta de la adolescencia y nuestros ritmos se desacompasaron. Yo cambié de colegio, ella, al poco, de ciudad… y nos fuimos dejando atrás en nuestros caminos.

Y al encontrarla en Facebook, bella, con su sonrisa de siempre y su frescura, con un tipazo de muerte y su pasión por el deporte intacta, me llené de alegría. Y se agolparon en mi mente escenas de nuestros veranos, del río Jara y la playa de los Lances, del patio del colegio, de las tardes en la biblioteca, de los domingos en el cine con sus hermanos mayores… Tantos momentos.

Y vuelvo a mi hoy con una pizca de nostalgia de la buena, contenta de haberla visto bien en mi visita fugaz a su mundo virtual y con ganas de seguir haciendo mi camino, con el mensaje que me llevo de su parte:

“Disfruta la vida, es más sencillo de lo que parece, no hace falta tanta teoría. Vive, sé fiel a tus auténticos valores, descúbrelos y hónralos. Disfruta de ser tú”

Gracias, amiga.

lunes, 13 de julio de 2015

La quietud de los días

Me siento frente al ordenador y abro mi ventana al mundo: reviso mi correo, el muro de Facebook y mis mensajes de Whatsapp (hoy no me apetece Twitter). Viajo inevitablemente a Grecia y a Zahara de los Atunes (adión, Krahe, te fuiste sin que llegara a conocerte, pero cuando me pongo un pijama blanco, me acuerdo de ti).

Viajo a Málaga por un instante, donde una amiga muestra su intención de dar a luz sin epidural, y admiro su valentía y su decisión por salirse del excesivo proteccionismo que humildemente opino que rodea a las embarazadas y al parto hoy día. Que no digo que no sea maravilloso contar con una herramienta que te permite reducir el dolor en los momentos clave, pero por qué no confiar también en la mujer que está ahí, acoger su presencia y su sabiduría interna, avivar su fortaleza –y no convertirla en una enfermita desvalida y casi invisible-

Viajo a Gibraleón, donde un artista nos da a conocer su mirada del mundo. Y me hace recordar con sonrojo mi ancestral rechazo al inmovilismo cultural que asociaba a los pueblos.  Las etiquetas... Cuánto me ha costado darme cuenta de que la semilla de la modernidad crece en todas partes. Y se desarrolla mejor cuando tiene la calma y el reposo suficientes para echar raíces profundas antes que enormes ramas exuberantes.

Y por fin, abro la página en blanco de Word, en mi último lunes de permiso -mis lunes al sol-, con ganas de hablar contigo. Con ganas de saber de ti y de tus pasos en la vida… Qué bonito es ver cómo cada uno nos vamos desenvolviendo en esto de “vivir sin manual de instrucciones”.

Y se me vienen a la mente las vacaciones, aquellas de la niñez en las que el tiempo pasaba lento y había lugar hasta para el aburrimiento. Cuánto tiempo hace que no me aburro… Ahora, en vacaciones, quiero disfrutar al máximo de la familia, de la playa, del descanso, de las siestas de a dos, de la buena comida de una madre… Y quiero explorar, descubrir nuevas ciudades, caminos, parajes, estilos de vida. ¿Es posible?

Quiero pensar que sí, quiero creer que la actitud del sosiego se lleva dentro, y se expande constantemente con una condición: que no haya prisa ni expectativas. Lo que es, es. Y disfrutar de la familia también implica, a veces, encontrar nuestras diferencias, o las pequeñas heridas involuntarias que no cicatrizaron bien en el pasado y despiertan a nuestro niño interior herido, que lloriquea en busca de un simple abrazo acogedor.

Y disfrutar de la playa significa también encontrarse tal vez un viento o una lluvia que no permite esos paseos al sol que pretendía. Y puede conllevar unos planes frustrados o más “compromisos” de los previstos…

¿Y si me permito fluir con lo que ES? Aceptar lo que cada cual tiene para ofrecer (empezando por mí misma) y buscar lo que me agrada, pero sin tratar de controlar que todo sea según me lo he imaginado..., abriendo la mirada a lo que ES –y a menudo se me escapa, en el intento de ver sólo lo que quiero ver-

Y abrir espacio a mi paz interior, para que tenga cómo manifestarse.
Y acordarme de respirar profundamente para vivir cada instante, en lugar de sobrevivirlo. Y observarme para darme cuenta de qué tensiones no son necesarias en absoluto, sino que las mantengo por costumbre. Y cuidarme, regalándome algún placer sencillo cotidianamente.

Tal vez así, mis días de vacaciones y mis días laborables se confundan cada vez más y  más, y terminen pareciéndose mucho.

En esas estaba, cuando llamó el albañil a tomar unas medidas para una reparación en las zonas comunes. Y se me fue el santo al cielo y ya no recuerdo qué era lo que quería contarte.

Mientras me acuerdo: felices vacaciones.

(*) Foto del río Palmones (Bahía de Algeciras). Cruzarlo nadando en su desembocadura -desoyendo las advertencias de los mayores- era la aventura de muchos veranos adolescentes. No es muy ancho pero sus corrientes lo hacen un poco peligroso, como adulta algo más sensata, no lo recomiendo :-)

lunes, 8 de junio de 2015

Cuento tal vez inacabado

La puerta se elevaba ante ella con toda su inmensidad, con toda su solemnidad, blindando completamente el acceso a la Ciudad de los Deseos, que permanecía al otro lado infranqueable.

La mayoría de las historias acaba bien. De hecho, Dilshad lo había oído decir a su madre cientos de veces: “al final todo acaba bien; y si no acaba bien, es que aún no es el final”. Pero ella empezaba a pensar que la suya era una de esas pocas historias que se quedan por ahí, rezagadas, olvidadas en la memoria de su autor, con un final triste o inacabado.

Dilshad era alegre, como su nombre, risueña, animosa. Y tenía un sueño. Y como todos, un día partió rumbo a su sueño. El viaje fue largo y lleno de aventuras. En cada etapa del camino creció y aprendió tanto que a veces le costaba recordar quién era en realidad y hacia dónde caminaba. Pero seguía adelante.

En algunos momentos olvidó su rumbo y se detuvo más tiempo de lo planeado en un rincón del camino, disfrutando del cariño de las gentes de un pueblo, de su calor, de sus alimentos. Pero una voz interior siempre terminaba por recordarle que debía proseguir su camino.

Recorrió senderos lúgubres, vericuetos mínimos a través de bosques tan cerrados de vegetación que entrar en ellos era entrar en la noche perpetua. Subió montañas, se baño en lagos, se sentó en cientos de piedras al borde del camino para tratar de recordar cuál era su objetivo y recordar el impulso que la había puesto en marcha.

Algunas noches lloró en soledad por sentirse muy lejos de los suyos, muy lejos de ella misma, porque a fuerza de caminar, se empezaba a olvidar de lo que su corazón deseaba… pero ya estaba demasiado lejos para volver atrás a recordarlo.

Así, pasaron los meses, incluso los años, y Dilshad continuaba en su viaje hacia la Ciudad de los Deseos, donde el Gran Sabio le entregaría la fórmula secreta para conseguir lo que soñaba.

Una mañana, desde una colina, vio a lo lejos la fortaleza majestuosa de la que tantos le habían hablado: la Ciudad de los Deseos, con su muralla de piedra y su enorme portón de madera recia.

Reavivó su entusiasmo y se hizo con las últimas fuerzas que le quedaban para recorrer los escasos kilómetros que la separaban de su destino. Caminó con el corazón desbocado y la sonrisa de oreja a oreja. Mientras concluía su viaje, iba recordando los mejores y los peores momentos vividos para llegar hasta aquí y se sintió cansada, como si se hubiera hecho vieja de repente, bajo el peso de los pasos dados.

Y llegó a la puerta. Majestuosa, formidable, alta como seis veces ella, color ébano, con preciosos repujados y una solidez incomparable. Llamó, pero nadie hizo por abrir, gritó, golpeó con fuerza la gran aldaba, sin resultado.

Trató de rodear la muralla, buscando un resquicio por el que pasar, pero la piedra era compacta y tan inabordable como el portón.

Jamás imaginó que la Ciudad de los Deseos estaría cerrada. Protegida, sí, pues había mucho desaprensivo que podría aprovecharse de la sabiduría del gran Jalal-adín, pero encontrarla así, inexpugnable… nunca.

Pensó que tal vez era algo temporal, quizás estaban revisando la protección de la ciudad y por eso se hallaba tan aislada, tan incomunicada con el exterior. Seguramente, en un rato abrirían la gran puerta y podría explicar a los vigilantes el motivo de su visita, para conocer al gran sabio.

Pero las horas pasaron, y llegó la noche y la mañana siguiente; y una noche más, con su madrugada… y la fortaleza no se abría. Las fuerzas y los víveres de Dalshad se agotaban, y su paciencia, y su alegría, y sus ganas.

“La puerta no se va a abrir, vete ya”, le decía una voz por dentro. “No, espera un poco, tal vez…” A su otra voz interior no se le ocurrían ni excusas que justificaran la situación.

Y Dalshad seguía sentada, al pie de la puerta enorme, mirando hacia arriba y luego hacia el suelo, y empezando a desesperarse…

“No todas las historias acaban bien”, pensó. Y al ese pensamiento por su mente, se abrieron las compuertas de su tristeza acumulada, de su desesperanza, y sus ojos se convirtieron en fuentes de lágrimas sin medida. Años de espera, de búsqueda… cada paso era un paso inútil ahora, cada ilusión era un espejismo absurdo, cada minuto de viaje era tiempo perdido.

Y lloró con amargura e impotencia ante el final frustrado de su viaje.


lunes, 11 de mayo de 2015

Un cuento de colores

Cuando Lucía vivía en la “Ciudad Gris” pensaba de verdad que el mundo era en blanco y negro. Sin embargo, por las noches, en sus sueños había color. Y también por el día, cuando cerraba los ojos. Entonces, las imágenes que brotaban de su mente se teñían de color: rojo, azul, amarillo, verde, añil…

Pero la Ciudad Gris era de principio a fin una sucesión de tonalidades del blanco más puro, al negro más profundo. Y cuando ella mencionaba la posibilidad de otros colores, el resto de habitantes la miraba con desconcierto.

Aunque el habitante más anciano del pueblo mencionaba a veces:

- Ah, sí, bueno, recuerdo un viajero que pasó por aquí una vez y nos habló de algo parecido. De hecho, él mismo afirmaba que tenía cientos de colores en su cuerpo y en sus ropas. Y el caso es que algo raro sí le vimos, pero no supimos bien qué era. Y decía que allá de donde él venía, el paisaje tenía tonalidades como las que se encuentran en los cuentos infantiles. Qué curioso.

“Pero ¿cómo curioso?, no puede ser, ¿de dónde sale el color de los cuentos, si no es de la realidad misma?”, se preguntaba Lucía sin rendirse a la evidencia que a todos convencía. “Y si hubo alguien diferente, ¿por qué no ha de haber más? ¿Y si…? ¿Y si el color estuviera debajo de esta capa de grises que contemplamos?”

“¡Eso es, eso es!, tiene que ser así. El color existe, pero está debajo. Ahora solo tengo que descubrir cómo hacerlo aflorar.”

Pasó semanas entre pruebas y fracasos, enfrascada en su propósito, feliz en su convencimiento pero con la fe tambaleante tras cada experimento fallido. Un día, paseaba por el campo, imaginando qué color podría tener un sauce, o un chopo, o una pequeña margarita, y se cruzó con un caminante desconocido. Al verlo un poco desorientado, se ofreció a ayudarle, indicándole hacia dónde debía seguir. Y su curiosidad puedo más que su timidez:

- Esto… perdone que le pregunte: ¿cómo es el lugar adónde se dirige? ¿lo conoce o lo va a visitar por primera vez?

- Lo conozco perfectamente, respondió el caminante, bueno, al menos lo conocía… Es el lugar donde pasaba las vacaciones de pequeño. Quiero volver para reencontrarme con el lugar donde fui tan feliz, con el lugar donde todo era posible.

Lucía entendía muy bien la sensación, a pesar de que, en su caso, ese lugar sólo podía encontrarlo dentro de ella, en su imaginación. Y se atrevió a seguir indagando:

- ¿Y cómo era ese lugar, señor?

- Un lugar precioso, imagínate. En realidad, se parecía mucho a éste, pero con un río bastante más grande y caudaloso. Menudos ratos de baño con los amiguetes. Pero sí, parecido, de hecho, esos arbustos de bayas rojas me lo han recordado aún más.

¿Rojas? El corazón de Lucía estaba a punto de estallar. “¿Ha dicho rojas? ¿Este hombre ve colores aquí mismo?” La mera posibilidad le hacía estallar de alegría y pánico al mismo tiempo. “Si él ve colores… ¿entonces es que hay color pero soy yo no puedo verlo?”

El viajero la vio tan pálida que le ofreció un poquito de agua de su cantimplora. Ella bebió un poco y se mojó las manos para refrescarse la cara. Y empezó a llorar. Lloró por la impotencia acumulada en las últimas semanas, por la tristeza amontonada en toda una vida de ver grises, y lloró por la rabia de tener que admitir que no había solución.

Lloró tanto que el forastero la animó a sentarse en un montículo, junto al camino y se quedó allí con ella, dejándola estar y dándole palmaditas en la espalda. No sabía lo que le pasaba, pero debía de ser algo muy grande, un dolor profundo y viejo. Y las lágrimas eran el mejor disolvente en esas situaciones.

Sacó su pañuelo azul y se lo ofreció a Lucía, cuando le pareció que el llanto amainaba. Ella le dio las gracias y, al ir a llevarse el pañuelo a la nariz, se dio cuenta: era azul. ¡Era azul! Ese color intenso que tenía el cielo por la tarde en su imaginación y en sus sueños. Abrió y cerró los ojos y lo seguía viendo: el azul del pañuelo, el ocre del camino, los zapatos verdes del caminante… Todo tenía color. ¡Y ella lo veía!


Gritó al aire los colores mirando a su alrededor, mientras bailaba, saltaba, agitaba los brazos eufórica. Y el viajero pensó que el nudo de su corazón ya se había desecho, así que su paso breve por esa mal llamada Ciudad Gris había concluido. 


lunes, 4 de mayo de 2015

El héroe dormido

Desde pequeña, siempre me he preocupado más por el fondo que por la superficie de las cosas. Desde que tengo uso de razón me recuerdo escudriñando con mi pequeña mente limitada, misterios inescrutables de la vida y alrededores.

El paso del tiempo, el infinito, la muerte, para qué estamos aquí, por qué tenemos un cuerpo tan raro (años me costó, por ejemplo, aceptar la idea de que por dentro tenemos un esqueleto y unos músculos, que, sinceramente, me parecía que nos daban una apariencia interna aterradora)…

¿Por qué no era una niña normal? ¿Por qué no me bastaban las muñecas y sus vestiditos –o los clics y todas sus aventuras-? ¿Por qué tenía que devanarme los sesos con preguntas que no me atrevía ni a exponer por miedo a que me tomaran por más loca de lo que yo me tenía?

Y es que para mí estaba claro que “los demás” no se planteaban estas cuestiones, porque ellos tenían el saber en su interior, lo tenían todo perfectamente integrado, sólo yo había venido al mundo con un tornillo menos tal vez, y por eso vivía este sinvivir.

Me acuerdo de una vez en que un amigo (que además, hoy cumple años, felicidades, Alberto), me hizo ver que, en unas reflexiones que le dejé leer, se repetía constantemente el binomio “yo y los demás”. Como si yo fuera algo tan diferente del resto, una extraterrestre en la corte del rey Arturo.

Con el tiempo, oye, todo se va pasando. Y una acepta con más resignación que alegría que hay preguntas demasiado grandes para ciertos cerebros. Y que vale la pena enfocarse en cosas más terrenales. Y que se está de maravilla tumbado en la orillita de la playa al atardecer, pensando en el helado de chocolate que me tomaré en cuanto se vaya el sol.

Pero, al mismo tiempo, descubro que no estoy sola en mis inquietudes. Y que, otros, que en lugar de bloquearse con sus preguntas, las han utilizado de motor y están descubriendo cosas que encajan perfectamente con algunos de mis antiguos porqués y, además, me dan luz y mucha alegría.

Por ejemplo, que el cerebro no se queda forjado a los 3 años y, a partir de ahí todo es “perder”. ¡NO! No es cierto, existe lo que se llama neuroplasticidad, que viene a decir, así entre “profanos”, que el aprendizaje de cosas nuevas, la práctica hasta crear nuevos hábitos, la meditación, estimula nuevas zonas de nuestro cerebro, mediante la activación de conexiones neuronales hasta ahora “dormidas”.

Y también existe la neurogénesis: células madre que se convierten en neuronas. Que sí, que sí, que no todo era ver cómo morían nuestras pequeñuelas, que también son capaces de regenerarse. Más lentito, es cierto (de momento), pero ahí estamos.

El doctor Mario Alonso Puig lo cuenta con mucha más maestría y arte en youtube.

Y  ¿qué decir de mi “nuevo amigo”? Mi gran descubrimiento de las últimas semanas: un médico de Valencia que lleva desde que yo nací (ya ha llovido) ¡¡¡operando a sus pacientes sin anestesia!!! Les enseña a autoanestesiarse psicológicamente con un método que él mismo explica que no requiere más de cinco minutos.

Esto es real, señoras y señores, miles de pacientes operados por este ángel (Ángel Escudero Juan, para más señas), que se van por su propio pie tras operaciones de diferente envergadura y con un postoperatorio más sencillo y rápido. Lo podemos consultar en su web, en youtube, o llegarnos a Valencia, y participar en uno de sus cursos.

El poder del ser humano es mucho más de lo que creemos y de lo que nos quieren hacer creer. Soy poco amiga de teorías de la conspiración y, como muestra de mi humana incoherencia, prefiero pensar que ciertas cosas son fruto de la casualidad, como es el hecho de que podamos anestesiarnos con tal facilidad y que este hombre no sea Premio Nobel ya, así como su método enseñado y aplicado en todas las Universidades del mundo.

Y estos grandes descubridores vienen a concluir más o menos lo mismo: que nuestro poder radica en la fuerza y la dirección de nuestro pensamiento. De ahí, la importancia de sabernos enfocar en lo positivo de la vida, en lo que queremos atraer y no en aquello que queremos alejar de nosotros.

Yo soy una simple “aprendiza”, que experimenta momentos de sagrada lucidez y disfruto de mis propios resultados, de a poquito; que, por cada pensamiento de luz, aún me surgen cientos (¿miles, millones?) de pensamientos de preocupación, miedo, aburrimiento…). Es como ponerse a trabajar los bíceps y tríceps a los cuarenta: se requiere suma constancia y paciencia.

Pero me gusta confirmar que muchas de mis disquisiciones mentales de la infancia y juventud sí tenían una razón de ser. Sólo estaban mal enfocadas. Buscaba mis respuestas con las gafas del miedo y de la mediocridad, con la creencia de que “polvo somos y en polvo nos convertiremos”, sí, sí, pero que polvo: de diamantes.

Ahora disfruto encantada de cada descubrimiento, como el del Dr. Escudero, octogenario ya, que sigue transmitiendo su saber y su ilusión, su amor, a quien desee escucharle. 

Y como él, tantas personas que no se han conformado con el primer “no se puede”, con el primer diagnóstico limitante, y han seguido adelante creyendo en sí mismos y en una fuerza aún mayor que nos une a todos los hombres y nos trasciende. Y sigue siendo un misterio, pero del que cada día se desvelan más aspectos.

Y por eso, tengo ganas de gritar a los cuatro vientos, desde mi “speaker’s corner” virtual, que SE PUEDE, que el ser humano tiene una fuerza increíble, que no nos dejemos aletargar por los que (casualmente, y sin ánimo de lucro) quieren hacer de nosotros borregos asustadizos.

¡DESPIERTA A TU HÉROE DORMIDO!

Y, como acompañamiento a este discursito de hoy, y premio a los que se hayan animado a leer hasta aquí, sin fotos ni ná: una canción que me trae amables recuerdos y me llena de confianza y humor.




lunes, 20 de abril de 2015

La Teoría de los Poquitos

Todo empezó aquella tarde en que charlaba con Julio y me preguntó por mis planes para el día siguiente. Le comenté que quería ir a nadar.

-Ah, ¿tú nadas?
-Sí, bueno, me gusta de vez en cuando, disfruto mucho en el agua y me sienta genial.
-¿Y cuántos largos te haces?
-Pues no sé, la piscina es de cincuenta metros, un poco larga para mi poca técnica, la verdad, y hago… pues, unos cinco o seis largos.
-¿Cinco o seis?, pero eso... eso es una mierda, eso es como no hacer nada, para eso, mejor no vayas.

Y pedimos otra caña y pasamos a otro tema. Pero sus palabras se quedaron resonando en mi cabeza. Al día siguiente, me levanté temprano y fui a nadar mis largos “de mierda”. Y me sentí de maravilla, dolida por el poco reconocimiento de mi amigo a mi pequeña hazaña deportiva, pero tonificada, despierta, ágil y relajada.

Y esto me dio mucho qué pensar. A veces, tendemos a creer que sólo las revoluciones cambian las cosas, que sólo las heroicidades tienen mérito, que tan sólo a base de grandes hazañas se consiguen grandes cambios.

Hoy estoy convencida de que no es así, o no sólo así. La mayoría de las transformaciones llevan su tiempo y requieren constancia. Motivación, preparación, ilusión y constancia.

El sábado estuve viendo un ratito el campeonato europeo de gimnasia artística y no podía evitar “fliparlo en colores”, maravillada de la capacidad del ser humano para dominar su cuerpo y llevarlo a acrobacias imposibles. Esto lo comento, sobre todo, desde mi perspectiva de personilla que no es capaz de levantarse un palmo del suelo sujeta en una barra (y menos en dos anillas).

Esos deportistas no se forjaron de la noche a la mañana, y por supuesto, tampoco entrenaron media hora al día… Pero posiblemente, sí empezaron entrenando un par de ratos a la semana y ahí descubrieron que les apasionaba ese deporte. Y continuaron cada vez con más dedicación.

Lo que quiero decir es que cuando nos planteamos un cambio en nuestras vidas –lo voy a decir en primera persona, que es desde donde lo he experimentado con total nitidez-: cuando me planteo un cambio en la vida, lo primero que me abruma es la cantidad de esfuerzo que voy a tener que desplegar. Y entonces llega mi amiga la pereza con su famoso: “Uff, quita, quita, ¿para qué te vas a meter?”

Sin embargo, cuando de verdad siento ilusión por algo, o cuando ya he tenido suficiente de algo y quiero cambiar, me funciona mucho mejor sentarme, preguntarme qué puedo hacer, qué pequeña acción puedo introducir para cambiar el rumbo, y mantenerla en el tiempo. Un día, otro día, otro día más… hasta que se integre en mí como algo natural.

Siempre aparece en algún momento el monólogo de Mrs. Desanimator -más maja ella-: “Anda, tonta, si ya lo dijo Julio, esto son como los seis largos de mierda en la piscina, no vale la pena, no hay diferencia entre hacerlo o no hacerlo, y entonces, ¿para qué perder el tiempo? Anda, venga, siéntate en el sofá, que hoy tripiten un capítulo de Big Ban Theory que te encanta y ya te sabes de memoria, y eso es mucho más divertido”

¡¡¡Y lo curioso es que muchas veces le hago caso!!!!

Pero es tan gratificante ser fiel al rumbo que uno mismo se ha trazado. Y tan sencillo, si los pasos son pequeños pero firmes y continuos. Que ganas me dan de agarrar una maza de esas que sacaba de ninguna parte el Correcaminos o Pixie y Dixie, para deshacerse de su eterno enemigo, en mi caso, de Mrs. Desanimator. Cojo la maza y ¡¡¡¡pong!!!!, mazazo en toda la cabezota a esa desaprensiva, que huye, plana como el papel, caminando hacia su guarida para no salir nunca jamás.

Mentira, volverá. Pero no es un problema, porque hoy día “La teoría de los poquitos” ha adquirido rango de ley natural. Y dice así:

Un paso constante y firme en la dirección adecuada le acerca con más rapidez y seguridad a uno a su objetivo que cientos de grandes hazañas imaginadas en la mente


Así que, con mi teoría bajo el brazo, no hay Desanimator que valga. Y yo sigo caminando, pin, pan, pin, pan, rumbo a mis sueños. 

(*) Imagen procedente de florida24.wordpress.com