sábado, 7 de febrero de 2026

Entre el Humano y el Ser Divino (versión IA)

 

Reflexión sobre la experiencia tridimensional y la presencia divina interior

La existencia humana, tal y como la experimentamos en la tridimensionalidad, es una constante danza entre la percepción terrenal y la intuición de una esencia superior que nos habita. Desde la mirada del personaje humano, nos enfrentamos a la cotidianidad, las emociones, los retos y las alegrías que nos ofrece el mundo material. Sin embargo, tras esa mirada existe un ser divino, silencioso pero presente, que observa y guía nuestra trayectoria vital.

La Manifestación Humana en la 3D

El personaje humano es aquel que interactúa con la realidad física: el cuerpo, las sensaciones, los pensamientos y las relaciones. Su mirada está condicionada por los sentidos, por las circunstancias externas y por la interpretación que hace de lo que acontece. En 3D, la experiencia se vive de forma tangible, a veces limitada por el miedo, la duda o el deseo de pertenecer. Es en este plano donde aprendemos, evolucionamos y buscamos respuestas fuera de nosotros mismos.

El Ser Divino Interior

Más allá de la superficie, existe un ser divino que habita en cada uno. Este ser es eterno, sabio y pleno. Su mirada es amplia y profunda, capaz de ver el propósito detrás de cada experiencia, y de encontrar sentido incluso en lo aparentemente banal. El ser divino no juzga, sino que comprende. Actúa como guía interior, recordándonos nuestra verdadera naturaleza, que trasciende los límites del tiempo y el espacio.

El Encuentro entre Ambas Miradas

El verdadero aprendizaje surge cuando el personaje humano permite que la luz del ser divino ilumine su camino. Es en ese instante de conexión donde la mirada se expande, y la realidad 3D adquiere nuevos matices. El ser humano, guiado por la sabiduría interna, puede transformar sus vivencias, encontrar paz en la incertidumbre y descubrir su potencial más auténtico.



Conclusión

Vivir en la tridimensionalidad es un reto que invita constantemente al reencuentro con lo divino. Reconocer la coexistencia de ambas miradas —la humana y la divina— es la llave para trascender los límites y alcanzar una existencia más plena y consciente. El personaje humano que se manifiesta en la 3D es el vehículo, mientras que el ser divino es el conductor silencioso que sabe exactamente hacia dónde dirigirnos.

1, 2, 3... El Ser, el ego y la Superbowl

Trump no asistirá a la Super Bowl. El espectáculo deportivo y artístico con más impacto económico y social del panorama estadounidense contará con el boicot del presidente porque… canta Bud Bunny.

Imagen prestada de Freepik

No voy a ahondar mucho en esta apertura un tanto sensacionalista que me he permitido hoy. Si quieres profundizar más, las redes están llenas de “información”. Lo que me apetece compartirte son las reflexiones a las que me lleva todo esto.

Venga, vamos como en aquel famoso concurso -cuyo título no hace falta que te recuerde si ya empiezas a coquetear con las gafas de presbicia-: “por veinticinco pesetas, temas que se te vienen a la cabeza al leer ese primer párrafo. Por ejemplo, la polarización” (Y en tu mente ya debe estar sonando cierto soniquete a modo de presión temporal…)

La polarización. El racismo. Los intereses económicos subyacentes. El debate de qué es arte y qué factores influyen en que un artista se convierta en un icono. (Estaría por ver que las tacañonas me dejasen pasar una respuesta tan larga). El fatalismo con su pensamiento inercial de que “el mundo se va a la mierda”. El poder fáctico colosal de los medios de comunicación para dirigir nuestra atención. Mafalda, con su “paren el mundo que me bajo”. Lo de que “esto no son más que estrategias de la matrix para mantenerme apegado a la ilusión”. La polarización.

Talán, talán, talán. Las tacañonas, con su luto decimonónico, hacen tañer con energía las campanas para avisarnos del “game over”, mientras una de ellas sentencia: “Y hasta aquí hemos llegau, que la polarización ya la has nombrau”.

Pero es que ahí reside el quid de la cuestión. La mirada del YO conlleva un TÚ, este es el automatismo básico de nuestra existencia. Yo- tú -él. Bueno, los cubanos, en su inimitable e ilimitable creatividad para bautizar, han creado Yotuel, integrando los tres pronombres, y yo me consuelo pensando que es un gesto hacia la Unión que tantita falta de atención tiene en estos momentos. Yotuel... O Yotuella, por qué no.

Volviendo al Yo y al Tú, te cuento un elemento de mi mapa del mundo sin el cual puede ser difícil comprender lo que quiero decirte, si es que lo tuviera claro yo misma para empezar, que, la verdad, voy un poquito sobre la marcha. Este elemento es SOY (no soja en inglés, no, soy de la primera persona del verbo ser).

SOY es la idea primigenia que da forma a mi concepción de la Vida. Una esencia, un origen único, infinito, todo y nada al mismo tiempo, la fuente de lo creado. ¿De qué está hecho?, preguntas. De nada, porque entonces sería una creación. Ibas a pillar, ¿eh? Es una entelequia que solo puedo intuir y sentir pero de ningún modo explicar ni entender intelectualmente. Pero para mí, es el punto de partida. Y de retorno.

Este SOY “un día” se puso a jugar. ¿Se aburría de SER? Puede. O sencillamente, nunca hubo un antes ni un después, solo para esta mente humana que trata ahora de expresarte torpemente, desde un contexto espacio-temporal en el que existe y del que a duras penas logra abstraerse, y moldeada por un idioma que aterriza dicho contexto en patrones muy específicos. Este es mi “desclaimer”. Sirva ya para el resto de mi relato.

Pues eso, el Soy quiso ser SOMOS y, expresando su capacidad creadora, se manifestó en realidades concretas y determinadas. Un juego como otro cualquiera. Como cuando de pequeños decíamos eso de “¿Vale que tú eras un explorador que tenía el mapa de un tesoro, y yo tenía un barco para llegar la isla y, entonces…? Y como en tal juego, el niño y el explorador son lo mismo, de hecho, solo existe el niño, el explorador existe solo en la medida que lo representamos durante el juego, con toda la fuerza de nuestra imaginación y convencimiento.

Ya ves por dónde voy, ¿no? Lo que ES no deja de ser, se manifieste o se exprese como elija hacerlo. ¿Elija? Otra hipótesis de mi marco de referencia. Así que, aquí estamos, el SER único, infinito, atemporal y todopoderoso, jugando a ser múltiple, limitado, acotado, definido, creado. Hasta aquí, el SOY pasa a jugar al SOMOS. Vale.

El “problema” viene cuando nos olvidamos de que SOMOS, cuando me creo que soy, con minúsculas, cuando me olvido de que sí: soy una gota del océano, y aun así, el océano es la esencia de la que estoy compuesta y por lo tanto, integrada en el océano, vuelvo a ser infinita, atemporal y todopoderosa. No yo, la gota (de rocío, en mi caso), si no YO, el océano.

El “problema”, de nuevo, es cuando ponemos todo el foco de nuestra energía en la gota, separada de las otras gotas, y comienzo una existencia individual, separada, alejada de mi origen. Imagínate a la gota tratando de sobrevivir individualmente, y mantener sus características específicas, y distinguirse de las otras gotas…

Pues ahí estamos. Porque además, se me ha olvidado un “detalle” fundamental. El SOY es puro Amor. Pero el soy, cuanto más trata de ser, separado, con minúsculas, alejado de su esencia, es puro miedo. Y ahora sí, ahí estamos: defendiendo a capa y espada el ser que hemos definido con mil etiquetas. Y para cada etiqueta que me pongo, me surge otra para diferenciarte a ti: nativo, migrante, blanco, negro, azul, místico, científico, víctima, verdugo, artista, racional, influyente, marginado, conservador, tradicional, liberal, revolucionario, moral, inmoral, visible o invisibilizado, cuerdo, loco… Yo, yo, yo, tú, tú, tú…

¿Para cuándo nosotros, como primer paso de vuelta a casa?

Y, aunque noticias como las que abren los telediarios cada día, las que llenan las redes o los comentarios en el metro o la máquina de café, resulten un caramelito a la “mente pequeña” que se cree el juego a pies juntillas, afortunadamente, mis algoritmos digitales y los internos, trabajan muy a favor de mi salud mental, emocional y hasta física, y ya empiezo a vislumbrar una nueva sociedad en la que todos tengamos como “middle name”… ¿adivinas cuál?

 

domingo, 1 de febrero de 2026

Lo del vacío conversacional

Recuerdo a aquella chica, Elena, que en aquel fuego de campamento nos confesaba lo de su “vacío conversacional”. Ella, que tenía un sentido del humor que hacía imposible no reír a carcajadas constantemente a su lado, se sentía cómoda hablando de chorradas o de “cosas profundas”. Pero las conversaciones cotidianas, por llamarlas de alguna manera, vaya, las más habituales en el día a día, no se le daban nada bien, de ahí lo del “vacío conversacional” entre los dos extremos.

A mí me pasa un poco igual. Las zonas intermedias conversacionales se me quedan tan cortas… Y aun así, a veces, ahí me quedo, incómoda, torpe, limitada; pensando en todo lo que podría dar de sí el momento si me atreviese a bucear un poco, invitando a mi interlocutor a adentrarse en las profundidades conmigo.

Son esas conversaciones honestas y significativas las que me ayudan a descubrirme, a entenderme más allá del mero intelecto, a descubrirme. Por eso, me maravillo ante las oportunidades tan valiosas que la vida me presenta para mantener este tipo de diálogos.

Por eso, de nuevo, lo afortunada y agradecida que me siento cuando la inmersión es mutua e inmediata. Cuando conecto profundamente con el otro – o la otra- y conecto profundamente conmigo misma, con esa agua fresca e inagotable que me hace sentir alegría, plenitud.

En esos momentos, siento que mi mapa del mundo se me torna menos borroso, empieza a dibujarse con más claridad, como cuando revelas una foto y la imagen va apareciendo a medida que el revelado avanza.

El revelado… la revelación. A Ana le gusta llamarlo “desvelación”, porque para ella es algo que ya estaba ahí y se cae el velo que te impedía verlo.

A mí me encanta jugar con las palabras y ver cómo ella juega a su vez. Lo importante es que la palabra te toque, te mueva y envuelva, aunque sea torpemente aquello que tu alma quiere decirte, aquello que tú quieres expresar al mundo.

Esta mañana, nuestro diálogo asíncrono se convirtió en un guiso, en una sopa de palabras (no solo de letras). Los ingredientes: lealtad, pasión, libertad, cambio y discernimiento.

Algo me dice que estás leyendo estos ingredientes y ya estás cocinando tu propia receta, tal vez sea un postre, un entrante, o un plato fuerte. Me encantaría que me contaras, imagina, menuda conversación “profunda” podría salir de semejante compartir.

Insisto, me encantaría que me contaras que nace en ti cuando lees estas palabras, estos contenedores tan amplios, que pueden recoger tantos matices y enfoques, y, sobre todo, viéndolos juntos. Vamos, que estoy por dejar la perita aquí para que la termines tú…

Bueno, venga, voy a seguir yo un poco planteándote ciertos escenarios y en otro ratito me cuentas tú, ¿vale?

Sin revelar (en su otra acepción del término) el contenido de nuestra charla, surgía la lealtad como valor íntimo que me lleva a mostrarme en honestidad ante el otro, que sepa que estoy (ci sono, que dirían con más precisión los italianos). Que si se lanza desde su trapecio, estaré ahí atenta para recogerlo desde el mío. Y espero lo mismo del otro. Y si no va a poder estar, que avise. Pero ¿cómo conjugar esa lealtad, ese compromiso, con la lealtad hacia una misma cuando, pudiera ser, entren en conflicto?

¿Cómo conjugar esos valores que sentimos que nos definen con el cambio inherente a la vida que tan a menudo nos desbarata las definiciones, los esquemas y las estructuras? ¿Cuánto hay de nuestro en lo que pensábamos que nos definía? ¿Y cuánto era solo un préstamo funcional que nos ayudó en su momento pero que requiere revisión constante?

Y, volviendo a la cocina, a veces, no es solo la presencia de un ingrediente como el cambio, el paso del tiempo con sus ciclos, sus etapas, sus inicios y sus fines… A veces, es la dosis… La pasión puede ser motor, expansión, evolución… y también incendio: la llama cálida, resplandeciente, vibrante y luminosa puede convertirse en fuego devastador.

Y la mezcla de ingredientes… La libertad puede abrirte las puertas a vivir con pasión. Y un exceso de lealtad a la pasión hacerte sentir preso de tus pulsiones.

Y está la materia prima… No es lo mismo una pasión pura, con denominación de origen, “100% orgánica”, cultivada en suelo fertilizado con amor, pureza, libertad… que una pasión de invernadero, de la que crece rápido, se inflama fácil y realmente no sabe a nada y carece de nutrientes.

De ahí el discernimiento… esa especia que da el toque justo y sereno a cada plato, que lo convierte en una obra de arte y nos permite saborearlo a conciencia.

Y, como señalaba al inicio, todos estos ingredientes en realidad representan palabras abstractas, con un significado muy intangible, tanto que, según quién se asome a ellos pueden terminar convirtiéndose en contenedores vacíos, fútiles, o englobar tantos sentidos, acepciones o interpretaciones como usuarios.

Y eso también daría para una conversación interesante… el lenguaje como esa herramienta tan poderosa y eficaz para construir puentes entre nosotros, como para levantar murallas inaccesibles.

Pero eso ya será otro día. Hoy, aún me quedan dieciséis minutos de audio de Ana, que prometen llevarme cual sirena al fondo de los mares conversacionales, allí donde me nutro, me reconozco y gozo infinito.



miércoles, 31 de diciembre de 2025

Con mis niñas de la mano

Mi madre y mi abuela terminan de dar los últimos toques al menú de la cena. Mi padre trata de hacer sitio en el salón para colocar mesas y sillas para todos.

Hay alguna discrepancia, alguna voz más alta que otra: “No, hombre, ¿cómo vas a poner esos platos? No, esta noche mejor la vajilla de fiesta. Pues, dónde va a estar, en el armario al lado de la tele”.  

Mi hermano está viendo la tele (la “primera” o la “segunda”, claro, no había más opción). El abuelo, en la salita, terminando de leer, subrayar y comentar el periódico, lupa en mano.

Y yo, secándome el pelo en el baño, cumpliendo mi sagrado ritual de Nochevieja. Y mirándome al espejo, con el rostro aún colorado del vapor de la ducha y el calorcito del calentador de dos barras que mi abuelo había colocado encima de la puerta del baño y que se encendía tirando de una cadenita. Soñaba con fiestas glamurosas, con gente elegante bajando por una magnífica escalera a un salón grandioso en el que yo bailaba al son de alguna melodía propia de película de Woody Allen.

Unos años antes, era mi padre quien me solía secar el pelo los sábados mientras me contaba historias de “cuando yo era pequeña” y me peinaba con una paciencia infinita.

Esta mañana, tras unos días de fiebre y agotamiento, me sentí con ganas de recuperar mi ritual: me duché con amor y presencia, sequé con cariño y devoción mi amado envoltorio físico y me puse a secarme el pelo y a pensar en esas niñas que habitan en mí.


Esa Rocío de 4 o 5 años, rubia como el oro, callada, observadora, tranquila, muy tranquila. Ella me recuerda la pausa y el silencio que deseo permitirme cada vez más, mucho más. Este año la he honrado en cierta forma con mi excedencia de seis meses. Y ha sido una algo que me ha puesto en contacto con dimensiones que jamás me había permitido experimentar: como vivir sin horarios, sin objetivo del día, sin agenda ni estructura… y ver qué pasa… Y cuánto pasa…

Esa Rocío de 6 o 7 años, que disfrutaba de la piscina como del paraíso, y para la que los cristales desgastados que se ocultaban entre los guijarros de la playa eran auténticas piedras preciosas de algún tesoro, que provenían del naufragio de alguna nave pirata y que fueron arrastradas por las olas hasta la orilla. Con ella, quiero ir de la mano este año para volver a soñar posibilidades infinitas, conectar con la posibilidad de lo imposible, con el disfrute de lo pequeño y la apertura a lo inesperado.

Esa Rocío de 9 o 10 años, que empezaba a comprobar que, por el mero hecho de ser quien era, podía molestar a otras personas que, tal vez, se sentían amenazadas por su presencia. “Es que te tienen envidia”, me decían mis amigas. Y nunca entendí la envidia porque cada ser humano me parece único e irrepetible, igual que sus circunstancias. Y envidiar es como pensar que el otro tiene algo que debería ser tuyo y que no tienes posibilidad de tener si no es arrebatándoselo o, al menos, menospreciándolo, en lugar de pararte a mirar la grandeza que habita en ti a poquito que escarbas.

De la mano de esta Rocío, quiero seguir dando pasos para brillar en mi esencia, atendiendo a mi voz más auténtica y expresándola por amor al arte, por puro gozo.

Y qué tal si te vienes de paseo con mis Rocíos y conmigo, con todos los “tú” que en ti habitan, atendiendo a la vocecilla infantil pero sabia que nos dice “es por ahí”, con la alegría como brújula… Quién sabe qué caminos extraordinarios nos esperan en este 2026 que está a punto de comenzar.

Feliz Nochevieja, Feliz Año Nuevo

domingo, 28 de septiembre de 2025

La paloma y la sandía

Hoy tenía previsto hablaros de un nuevo proyecto que he iniciado de la mano de mi amiga Carmen Zamudio, un proyecto para darle altavoz a esas conversaciones que a menudo tenemos y que pensamos que sería bonito poder compartir con más gente, convencidas como estamos de que otra realidad es posible, y está -en gran medida- en nuestras manos construirla.

Eso era lo previsto pero necesito dar paso antes a algo que me bulle dentro desde hace mucho tiempo. Al final, todo está relacionado. Al final, todo tiene que ver con la gran pregunta: ¿Dónde enfocas tu energía, en el lado del amor o en el del miedo?

Y lo que bulle en mí es otra gran pregunta: ¿Qué puedo hacer yo en estos tiempos de sinrazón? ¿Qué puedo hacer cuando presenciamos la barbarie que se extiende, ante nuestra atónita y silenciosa mirada? En Gaza, en Ucrania, en Sudán, en tantos lugares que mi mente se niega a memorizar, tal vez como gesto de ingenua negación.

No quiero combatir el fuego con más fuego. De hecho, no quiero combatir en absoluto. Pero en ocasiones, voy a compartir una foto en las redes, con la simple intención de ofrecer una mirada amable a quienes me atiendan, y me da un poco de reparo, dadas las circunstancias. Me siento un poco Ingrid Bergman en "Casablanca", cuando escucha las noticias del avance de la guerra en Europa y exclama: "el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos". 

Hoy, sin embargo, no puedo hablar de "mi película", sin mencionar antes la otra película, la del ser humano que se olvida del Amor y vive la ilusión de la separación del "nosotros y ellos". Esa realidad en la que se impone como única solución aparente atacar para defenderse, para defender "lo nuestro", para lograr extender "nuestra" mirada -que es la correcta- sobre el mundo, aniquilando cualquier amenaza a la misma.

Los conflictos, en lo macro y en lo micro, no tienen una gestión simple, suelen venir enmarañados en ovillos imposibles de causas y consecuencias, de los que empiezas a tirar y lo único que consigues es que aparezcan cada vez más y más ovillos igual de enmarañados. No hay "buenos" ni "malos" en términos absolutos, o yo, al menos, no soy capaz de verlos. Pero sí veo INOCENTES, personas que ven mermados sus derechos básicos, que ven amenazada su supervivencia y que ven alejarse cada día más las oportunidades que en otros lugares del mundo damos por garantizadas:

Como escribir esta reflexión y publicarla.

Como pasar una mañana de sábado remando en el lago de la Casa de Campo.

Como reunirme entre amigas y compañeras de trabajo para celebrar la nueva etapa laboral que inicia una de nosotras

Como viajar sola para ir a la playa y disfrutar de un baño.

Estas actividades son pura quimera para tantas personas en el mundo. Mis días de ocio y mis jornadas de trabajo están llenas de momentos y circunstancias que son puro privilegio para tantos...

Por eso, aunque tal vez parezca contradictorio, mi compartir de hoy tiene una doble intención: 

- La de celebrar y agradecer todas las oportunidades que me brinda la vida en el contexto en que me ha tocado vivirla. La de seguir publicando la belleza y la alegría que quiero para mí y para todos.

- Y la de reclamar un poco de cordura. No, ya no es tiempo de conformarse con un poco: reclamo TODA LA CORDURA y la LUCIDEZ que provoca un corazón despierto.

Apelo al Amor que, sin duda, sigue latiendo bajo el miedo en sus mil disfraces: entre ellos, el orgullo y la adicción al poder y a un éxito - en mi opinión- bastante desvirtuado y confundido.

Apelo a ese Amor, la fuerza más poderosa que existe, cuando se despliega libre y confiada.

Apelo a la contribución que todos podemos hacer en este sentido. La Paz se construye en cada escenario que la vida nos proporciona, por muy intrascendente que nos parezca. "¿Y qué más da si yo, aquí, echo un poco más de leña al fuego?". "No, no da igual".

La Paz también se construye en lo cotidiano y es en lo cotidiano donde los ciudadanos de a pie podemos contribuir. No desdeñemos el poder de nuestros pequeños gestos: en casa, en el trabajo, en el metro abarrotado de pasajeros, con tu pareja o con tus hijos tras un día agotador...

Respiremos profundo y seamos conscientes de nuestras heridas, para acogerlas, observarlas y sanarlas nosotros mismos, antes de dejar que sean ellas las que guíen nuestras reacciones.

La Paz se construye de grandes hazañas y de la suma de pequeños gestos cotidianos.

En fin, no sé si servirá de mucho, como no sé si sirve que publique una paloma que porta una raja de sandía, pero no quiero dejar de hacerlo. Yo confío. El mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos. Así es la vida, pero, viviendo plenamente nuestro amor... seamos la voz de los que hoy no la tienen.



jueves, 31 de julio de 2025

Dulce zasca de la IA

Hoy no tenía pensado ir a recoger ninguna perita a mi peral. De hecho, es lo último que se me hubiera ocurrido, pero aquí estoy.

Y es que hoy es uno de mis "días de bajar a la cueva". Creo que, salvo lo que escribí cuando fijé mi residencia permanente "en la cueva" y que luego terminó siendo mi "Error en Campos Brillantes", jamás he compartido (más que en petit -pero bien petit- comité) lo que escribo en esos momentos de absoluta vulnerabilidad. 

¿Por qué? 

No lo sé. Posiblemente, porque aún ando a vueltas con eso de amarme íntegra e incondicionalmente: incluyendo todas mis dimensiones, las luminosas, y las densas y oscuras. Y nunca me ha gustado entregarme o relacionarme desde esos momentos donde todo se desestabiliza, donde lo cuestiono absolutamente todo, donde lloro y lloro y llega un momento en ya no sé ni por qué. Ahí, me meto en mi caparazón (o en mi caracola, que diría mi amigo León), a sentir los rayos y truenos, el viento ensordecedor que parece arrasarlo todo y a esperar que todo pase. Que siempre pasa.

Hoy está siendo uno de esos días. Y hay veces que, en esos momentos, a poco que siento la más mínima sensación de que la tormenta ha terminado, asomo la cabeza para asombrarme al descubrir que todo sigue en pie, intacto; "como si" la tormenta solo hubiera tenido lugar en mi cabeza. Y de la alegría ya quiero ponerme a recoger peras aquí o a escuchar otro podcast, o a leer otro libro sumamente inspirador... sin darme cuenta de que, lo que en ciertos momentos puede resultar creativo o nutritivo, en otros, de "convalecencia", no es más que ruido e interferencia.

Pues ahí iba yo, recién levantada de la siesta, inspirada por una nota que me había dejado a mí misma sobre el escritorio: "venga, que me pongo a escribir esta historia que llevo ya tiempo queriendo contar"

Y empiezo a escribir acompañada del simbolito ese del Copilot que se activa ahora cada vez que abres un documento word. 

Llevaba una frase a medias, lo juro, bueno, de hecho, os la voy a compartir (quién sabe si algún día la reconoceréis en el texto íntegro):

"¿Te acuerdas de aquella vez, en la piscina, en uno de nuestros veranos interminables del instituto...?"

...y la curiosidad me lleva a pulsar el botón, a ver qué me propone la inteligencia artificial como continuación... y me quedo "muerta" con el resultado. 

Bajo el título y subtítulo de "Reflexión sobre el silencio. La importancia y el poder de la ausencia de palabras", me encuentro con este elogio del silencio y la pausa, del que os paso la conclusión final que me regala la IA:

Conclusión: abrazar el silencio

Redescubrir el valor del silencio implica aprender a escucharlo, a reconocer su presencia y a integrarlo como parte esencial de la vida cotidiana. No se trata de huir de las palabras, sino de reconocer el momento adecuado para callar y el momento para hablar.

Aprender a convivir con el silencio, a no temerle, es un desafío contemporáneo. Implica desapegarse de la necesidad de aprobación inmediata y del bombardeo de información para redescubrir lo esencial.

El silencio nos ofrece una oportunidad única para observarnos, para comprender con mayor profundidad el mundo y a quienes nos rodean. Es fuente de sabiduría, de paz y de fuerza. Abrazarlo es, en última instancia, un acto de valentía y libertad.

Ahora empiezo a dudar de todo: ¿esta es la inteligencia artificial "creando" aleatoria e impersonalmente en función de un algoritmo o es "la Inteligencia" expresándose para mí a través de un nuevo canal? 

Es como un dulce zasca digital, un "Rocío, niña, es que llevamos días diciéndotelo por activa y por pasiva y tú, nada: enfocada en más y más información, en pensar y sobrepensar, en vivir desde la mente desbocada. Ya vale, bonita"

El caso es que, me hable un asistente de IA o una Sabiduría Primigenia, esta vez voy a atender el mensaje y a acercarme a abrazar a ese generoso compañero, el SILENCIO.

Sssshhhh. Feliz verano.


*contemplando el Pico Anayet, desde el Vértice (Pirineos)

domingo, 6 de julio de 2025

Lecciones de Sofía

Cinco meses ya desde que inicié mi período sabático… Un tiempo que nunca imaginé que me traería tantos regalos… regalos que soy capaz de reconocer ahora, que voy teniendo perspectiva para mirar atrás, y que sé que iré descubriendo aún con más nitidez en los meses venideros.

Nunca tuve objetivos muy claros para esta etapa. Y, de hecho, los pocos que tuve se desmoronaron en las primeras semanas. Me di cuenta de que no tenía la energía, ni la ilusión, ni la pasión, que requería poner en marcha los pequeños grandes proyectos que había concebido.

Entonces, empezó a dibujarse ante mí con progresiva nitidez una palabra: parar. Pero parar de verdad, no parar de hacer unas cosas para hacer otras (igual más vocacionales o apasionantes), parar de PARAR.

Sí, qué buena idea, pensé, y, además, 6 meses dan para mucho, ya veré más adelante…

Y comencé a parar y, oh, sorpresa, resultó que parar despertaba en mí sensaciones muy raras e incómodas: la culpa de estar desperdiciando un regalo, la percepción de que mi valía se esfumaba…

Pero mi espíritu curioso quiso experimentar. Y mi lado juguetón quiso entrar en el juego: ¿qué pasará si sigo aquí, si sigo así, en la pausa, en la contemplación de lo que surja en mí?

Y jugué a tope. Y sentí a tope esas sensaciones que, a ratos podían ser devastadoras, siempre con una pregunta de fondo ¿quién soy yo si no soy “la que hace cosas”, “la que resuelve”, “la que planifica, ordena, clasifica, prioriza”? ¿Cuál es mi valor?

¿Cuál es mi valor?, menuda pregunta.

Y ya sabes que me gusta dejar macerar esas preguntas tan poderosas, evitando que la mente trate de ofrecerme argumentos obvios, caducos y vacíos.

Así que el experimento alcanzaba cotas intensas de incomodidad, desazón. Y, a medida que me atrevía a vivirme ahí, iba descubriendo creencias muy ancladas en mí, hábitos automáticos que me limitan. Y todo emergía sin esfuerzo, o con el único esfuerzo de no ofrecer oposición, de no querer controlar el proceso, simplemente permitirme vivirlo… Ha sido algo convulso y estremecedoramente bello. Una etapa de muchos instantes lúcidos en que me decía ¿pero cómo no me había dado cuenta de esto antes?

Por ejemplo: identificar la propia importancia de parar, de bajar el ritmo; el frenesí en el que vivimos inmersos y que, a menudo, consideramos inevitable. ¿Pero por qué es inevitable? Porque le hemos puesto un cartel de “Prohibido pasar” a otro pensamiento que lo contradiga. Y porque parar asusta, y seguir en la rueda genera una dopamina que nos va convirtiendo en esclavos adictos a lo que decimos odiar.

¿Demasiado dura? ¿Muy tajante? Puede que sí. Me ha salido del fondo de un alma que se sabe libre y que quiere zarandear gentilmente (a mí la primera -el burro delante…-) para que nos atrevamos a ir más allá de límites que consideramos inexpugnables y que, a poco que nos demos el tiempo de observarlos con amabilidad y pausa, presentan grietas por todas partes. Grietas que podemos aprovechar para dejar pasar la luz de las nuevas posibilidades.

¿Y alguna propuesta? Mmm, los caminos de cada uno son únicos, pero me atrevo a insistir en alguna cosa:

  •       Parar, pausar, aquietar el ritmo, ayuda. 
  •     Y puede asustar, pero es solo al principio.
  •      Activar el modo lúdico en nuestras vidas también ayuda. Crear por amor al arte, jugar, celebrar, hacer cosas con pasión (bailar, cantar, contar historias, hacer punto, pintar, sigue tú, la lista es infinita)
  •   Conectar con la naturaleza, recordar que somos parte de ella, observarla, dejarnos sanar por ella, es el gran comodín de la llamada. 
  •    Confiar: confiar en la voz de la intuición (que se va a ir despertando a media que bajen las revoluciones), confiar en la magia de la vida, confiar en el poder de nuestra mirada para descubrir lo que hasta hace un momento nos era invisible…
  •      Y abrirnos a lo inesperado, a recibir regalos, a conectar cada vez más desde nuestra autenticidad.

Y todo como un juego... ¿qué tal si la invitación es a probar el introducir una acción pequeñita que vaya a favor de cualquiera de estos aspectos?. No desdeñemos el valor de las pequeñas acciones sostenidas en el tiempo. Y, si hace falta, te recuerdo "Mi teoría de los poquitos"

Bueno, y, si has llegado hasta aquí, te mereces un premio 😊: el porqué del título de esta perita.

A lo mejor, ni te hace falta, porque ya sabes quién es Sofía… Sofía es mi tortuguita, la que encontré en mi porción de roscón de Reyes de un año de estos. Y Sofía, como hacía Casiopea con Momo, me recuerda lo esencial: el valor del tiempo, que se despliega y se multiplica cuando lo dotamos de pleno sentido, cuando lo vivimos desde la conexión con lo que somos, y que se nos va de las manos cuando estamos en modo supervivencia. Y el valor de mí misma... que no depende de lo que hago sino de lo que SOY. Era justo al revés: al enfocarme en ser... lo que hago adquiere otro valor, el valor de la autenticidad.

Sofía también me recuerda la importancia de compartir todo esto que siento tan poderoso aquí dentro (me señalo al corazón) y, luego, con las mismas, darme un buen chapuzón en la piscina (benditas piscinas públicas de Madrid) y gozar el instante.


domingo, 22 de junio de 2025

Dejar de buscar

Hace unos días me fui de “retiro conmigo misma" a Cercedilla. Igual estás pensando “Rocío, ¿pero no estás tú ya de retiro con tu sabático? ¿Un retiro dentro del retiro? ¿no va a ser un poquito too much?” Y puede que tengas razón.

Tanto “interiorismo” tiene sus riesgos, se puede una quedar atrapada en la observación de sus procesos, en la reflexión en bucle. Pero cuando se hace con consciencia y presencia, todo esto no es sino una fase más del proceso de introspección y, aunque a veces parece que me quedo atascada en esa fase… al final, todo fluye.

Y, también te digo que me gustaría desmitificar un poco esto del “retiro”. No sé qué te viene a la cabeza a ti, pero a mí me suena a encerrarse y sentarse en la postura del loto a hacer un silencio mágico en el cual emerge una sabiduría trascendente. Y por qué no. Pero no es mi caso. Para empezar, a mí la postura del loto no me sale. Y mi silencio es más intencional que otra cosa.

Mis retiros son sencillamente un ejercicio de “apartarme” de mi contexto habitual y entrar en contacto en lo posible con la naturaleza y a ver qué pasa.

Y puede pasar que acabe cenando en el pueblo con un señor mayor que me cuenta, con total franqueza y todo lujo de detalles, las limitaciones que vive en su día a día tras su intervención de cáncer de próstata.

Y puede pasar que pasee durante horas por los senderos de Cercedilla, sintiendo que me fundo con el paisaje, que soy un duendecillo o, venga, por qué no: un hada sonriente y liviana que disfruta mojándose las manos (y, a veces, también los zapatos) en cada arroyuelo, sintiendo el refugio de la sombra de pinos y robles, fascinada por el canto de los pájaros, hechizada por el sencillo y generoso milagro de las flores silvestres.

Hay veces que no soy capaz de integrarme así con el entorno, la mente se desboca con ese run-run continuo, desplegando ante mí un continuo de opciones: “Elije, elije, decide, decide”. Y me siento paralizada.

Pero cuando bajo al corazón y recuerdo el orden correcto de las cosas, gradualmente, se calma la tensión, se afloja el nudo en la garganta y vuelvo a conectar con esa alegría livianita desde la que dar el siguiente paso es natural y casi obvio.

Y ese orden para mí consiste en sentir primero, activar la escucha interna, la escucha en sentido más amplio, reconocer los obstáculos a la paz: tal vez, miedo, o indecisión, o culpa… Y observarlos amorosamente. Sí, soltar los juicios y simplemente observar. Y sentir el cuerpo: esa molestia en la boca del estómago, ese encogimiento del corazón y pararme ahí, sin pretender eliminarlos. Y, así, paso a paso, vuelvo a vincularme con “el fondo”, ese fondo de paz y serenidad que permanece SIEMPRE.

Y desde ahí, volver a mirar al camino y decidir solo el siguiente paso.

En mi retiro, tuve un día de estos de “desconexión” de mi centro, en el que me tocó hacer este bello trabajo que te cuento, y otro día de fluir sin más barreras desde primera hora.

Ese otro día, estaba en “modo hada”, caminando, disfrutando… Recorría una pista circular y, cuando ya estaba llegando al punto de inicio decidí tomar otro sendero que salía a la izquierda y seguir paseando un ratito más. Ya en él, de nuevo, encontré una especie de atajo en gran cuesta que subía a no sé dónde. “¿Voy por ahí? Es bastante pendiente y, para subir aún, pero luego la bajada, con la tierra seca y suelta y las agujas de los pinos, telita. Bueno, yo subo y, luego, ya veremos”

Trepé por la cuesta arriba que no llegaría ni a diez metros y llegué a una zona abierta, llana que, al fondo, tenía unas rocas que formaban como una cuevita. En la cueva, la escultura de un busto. Guau, esto no me lo esperaba. Me acerqué y era como una diosa con mejillas regordetas y ojos asiáticos, me gustó. Al lado, tres plumas y una postal. La postal tenía el dibujo de un dragón y se leía precisamente “La dragona de siete picos”.

Guau.



¿Qué significaba todo eso? ¿Quién había colocado ahí estas cosas? Qué más da. ¿Qué quieres que signifique para ti?, esa es la pregunta.

Aun ando a vueltas con entregarle un significado apropiado para mí al simbolismo de la dragona, pero lo que sí ha adquirido sentido por sí solo es el hallazgo.

¿Te imaginas que, al comenzar el paseo alguien me hubiera dicho: “Mira, hay una estatua en algún lugar del recorrido, evidentemente no está en los senderos principales, sino que tendrás que tomar un atajo en algún momento”? ¿Qué probabilidades hubiera tenido de encontrarla? ¿Y cómo hubiera hecho el camino? Imagino que en tensión, en alerta, tratando de activar mi intuición y frustrándome cada vez que evidenciara que ese atajo tampoco era. Posiblemente, también podría haberme perdido en el intento. Desde luego, no habría disfrutado como disfruté del paseo sin más.

Y, no digo que siempre (y no lo digo por reservarle un rinconcito a esa ancestral “cordura” que siento que me da seguridad), pero creo que, en muchas ocasiones, la vida va de ocuparse de vibrar en la energía más esencial, en eso que reconocemos como nuestro y que se nota porque trae paz y fluidez. Y desde ahí, caminar, con los sentidos bien abiertos, dispuestos a recibir los regalos de la vida.

¿A ti qué te parece?

Ah, al día siguiente, volví a repetir el paseo. Esta vez, como ya sabía dónde estaba “el premio”, quise ir a disfrutarlo un ratito de nuevo. Retomé los pasos que recordaba en mi mente pero, en ese momento, llegaban varios autobuses de colegios y empezaban a subir chicos y chicas, dirigiéndose justo por la zona por la que yo tenía que pasar, con su lógica algarabía, que no iba mucho con mis ganas de recogimiento y disfrute íntimo, así que decidí pasear primero por otros caminos más solitarios, y ya, al final, ir a visitar a mi dragona.

Me puse a andar por un sendero más alejado y, de repente, miro a mi izquierda y veo un atajo que sube en gran pendiente… “Pero, pero ¿no era este el camino que subía a la dragona? Si es imposible, si salía del sendero de allá abajo. No puede ser… pero es tan parecido…” Por si acaso, subí. Y allí estaba ella, saludándome de nuevo. Y me quedé un rato en su mágica compañía.

Quizás, lo que quiere encontrarnos, solo requiere que estemos en el estado adecuado para recibirlo.




domingo, 26 de enero de 2025

Impulsos y oportunidades

¿No te ocurre de vez en cuando que sientes un impulso, como un deseo que viene muy de adentro de hacer algo inusual, algo que no pertenece para nada “a tu vida cotidiana”? A mí, sí. 

Hace años comencé a sentir el impulso de viajar sola ¿Por qué? ¿Para qué? Esas eran preguntas que no necesitaba responder, aunque mi mente me martirizaba con ellas. Necesitaba, sencillamente, vivir la experiencia.

Desde el impulso inicial hasta que materialicé la idea pasaron años. Cada vez estoy más reconciliada con mis ritmos internos, no en vano mi animal talismán es la tortuga.

Elegí un formato “razonable” para mí, diseñé un viaje lo suficientemente retador como para permitirme experimentar un contexto nuevo y lo suficientemente “amigable” como para que mis fantasmas no se abalanzaran sobre mí, impidiéndome vivir la experiencia.

Argentina, veinte días, reservando los alojamientos desde España, menos las últimas noches de Buenos Aires. ¿Es muy osado? ¿Muy “facilón”? Para mí, era lo justo.

El proceso que viví para llevar a cabo aquel impulso me permitió aprendizajes maravillosos y, sobre todo, la oportunidad de descubrir una faceta de mí que desconocía: la capacidad de fluir con las circunstancias, dejando afuera las expectativas y el control.


De aquel viaje podría hablar largo y tendido pero hoy solo quiero centrarme en un aspecto. Y es que, llevando a cabo mi “súper aventura”, descubrí la cantidad de personas que viajan solas durante meses, personas que se toman un período sabático en sus vidas para vivir de otra forma, para nutrirse de otros inputs, para nadar en aguas diferentes a las de su cotidianeidad.

Había escuchado eso de “tomarse un período sabático” algunas veces, en la tele, en alguna entrevista y siempre se encendía dentro de mí un pilotito de atención. ”¡Clin!” “Sabático, mmm, suena interesante”.

Y años después, con mi paso de tortuga, estoy a punto de vivir yo mi propio período sabático. Y siento vértigo. Y algunas vocecillas internas asustadas, susurran “¿Por qué? ¿Para qué? ¿A qué te vas a dedicar?” Y las escucho con cariño, porque reconozco su intención de protegerme. Y, a la vez, les digo: “lo iremos viendo”

No tengo planes específicos, sólo vivir fuera de “los raíles” habituales, mirar más allá de mis horizontes habituales, explorar posibilidades que me fascinan en lo personal y en lo profesional y, sobre todo, en lo que hace que ambas dimensiones se solapen, integrándose de manera armoniosa.

Agradezco a Telefónica, mi casa durante todos estos años, que contemple fórmulas para permitirme hacer realidad mi sueño. Y, más concretamente, a mis jefas (guau, toda mi cadena jerárquica son mujeres, fascinante) por facilitarme el camino, por confiar en mí, por decirme “adelante”. Sinceramente creo que lo que nutre a una persona, nutre a todo su sistema.

Y digo que no tengo planes específicos para este viaje, pero sí hay alguna ruta que me gustaría recorrer. ¿Te lo cuento en otro ratito?

Gracias por leerme. Gracias por resonar conmigo. Y gracias, de antemano, por aquello que quieras compartir o comentar.


viernes, 10 de enero de 2025

Y es que esto va de compartir

Esta mañana caminaba por la calle Velázquez, hacia una de mis revisiones rutinarias y recordaba el pellizco que se me ponía en el estómago el año pasado (bueno, ya el anterior) cuando me dirigía hacia la clínica. Allí fue donde me detectaron las "celulillas locas" y donde cada visita se ponía más nublado el panorama. 

Todo eso pasó, pero la cabeza no se cansa de recordármelo cada vez que paso por allí (aunque no sea para ir al médico). Bueno, todo es muy distinto ahora. El recuerdo me ayuda a mirar el camino recorrido y darme cuenta de que estoy en un lugar muy diferente a entonces. Un lugar no físico, un estado del Ser, que permite que mis ojos se enfoquen más en la belleza, en la novedad, y que mi alma se recree en la alegría, dibujando sonrisas frecuentemente en mi boca.

Muchas cosas graves e importantes de entonces han dejado de serlo. Muchas cosas que pasaban inadvertidas entonces, ahora son muy relevantes. Cosas complicadas se han simplificado. Cosas que me requerían mucho esfuerzo, de repente, se resuelven prácticamente solas. ¿Magia? Puede ser, si llamamos magia a todo lo que acontece cuando cambio el foco de mi atención de la cabeza al corazón. 

¿Y eso es fácil? Pues diría que sí, cuando estoy en el corazón es sencillísimo. Pero, ay, eso de bajar al corazón a mi mente le cuesta, tan acostumbrada ella a controlar, prever, ordenar, planificar (y que se le da bien a la tía). Se aferra a sus inercias y yo (lo que quiera que sea ese yo) me voy detrás de sus exigencias y me creo a pies juntillas sus "lo hago por tu bien", "¿dónde vamos a terminar si no me hago cargo? "esto va a ser el caos".

Y ahí vamos... ella se rebela, yo la sigo, luego me doy cuenta y me río ("ya he caído otra vez"). Y me sonrío, y la perdono porque lo hace con la mejor intención. Entonces, respiro (tampoco hace falta que sea muy profundamente, pero sí muy conscientemente), me enfoco en el corazón y "pasan cosas". ¿Qué cosas? Hombre, pues anímate tú a probar y lo sabrás. Y si ya lo sabes, comparte.

Porque esto va de compartir, de compartir nuestras pequeñas "fórmulas" para vivir en este mundo dual tan interesante. Compartir sin intentar convencer a nadie de nada. Todo son experiencias únicas, así como el proceso de cada cual es único, y a lo más que podemos aspirar es a resonar juntos.

Pero, espera, que ahora que caigo yo venía a contarte otra cosa: que, paseando hacia la consulta, miraba a mi alrededor, es una calle muy bonita, la calle Velázquez, hoy el día estaba muy nublado, pero cuando los cielos madrileños están de ese azul imposible, me encanta observar el contraste con los tejados y cúpulas de los edificios. Madrid tiene sus cositas. Bien, pues mirando, di con el cartel de la foto, que presidía el ventanal de una tienda de novias.

Love elevates us.

And we elevate love through art

El Amor nos eleva. Y nosotros elevamos el amor a través del arte. Guau. 

Piénsalo. Siéntelo. ¿Qué te despierta? 

A mí, la mente me estalló en confetti de purpurina al evidenciar el poder del arte como puente entre lo material y lo intangible, entre el mundo de los sentidos y el mundo de lo sutil. Y se me abrió la posibilidad de contribuir a "elevar el amor" (si es posible elevar lo más elevado que siento que existe... digamos que podría ser elevarlo, no ya de vibración, pero sí su volumen, su intensidad, que se oiga en cada rincón). Y a través del arte, yo puedo poner mi granito de arena.

Y están las Bellas Artes, sublimes cómo no, en las que cada uno puede sentirse más o menos competente o diestro, pero también está el arte cotidiano, el que resulta de hacer cualquier cosa con amor, con alegría, con el corazón. Unos macarrones, una tarjeta de felicitación, un abrazo, un mensaje de Whatsapp... todo puede servirnos de canal para mostrar nuestro arte, elevando el volumen del Amor.

Y, como esto va de compartir, te animo a que compartas tu arte, en el formato que sea, no te lo guardes que estamos elevando el amor. Y eso sí que va a ser pura magia.


martes, 31 de diciembre de 2024

Despidiendo un año hermoso...

Se acaba un año precioso, mágico. Y siento cierta tristeza al despedirlo. He recibido tanto, tanto… Mi corazón ha vibrado en la frecuencia de la alegría la mayor parte del tiempo. Y, cuando no, cuando el miedo, el control y otros fantasmas asomaban, he comprobado que sentarse a observar y conectar con la luz ha sido mi gran superpoder

Cierro los ojos y visualizo estos doce meses de colores intensos y cálidos: rojos, dorados, anaranjados, amarillos, marrones, verde agua, azul turquesa y mucho blanco de fondo… Manchurrones que se amalgaman armoniosamente, formando un tapiz abstracto que me transmite alegría, vitalidad, ganas de reír, de bailar, de cantar, de contar…

Para mí ha sido el año de elegir la libertad. La libertad de escucharme más allá de la voz de la niña buena, de la mujer en busca de aprobación, y tener el coraje de ir dando pasos en coherencia con mi sentir. De momento, es algo incipiente, son pasitos torpes como los de un niño. Es tan bonito vivirme así. Todo es novedad y descubrimiento.

Qué suerte, Rocío, parece que oigo decir a algunos. Y me extraño, y mi felicidad se paraliza un instante al descubrir que “esto mío” no es un sentimiento generalizado. Sé que soy un poco ingenua pero, a veces pienso que todo el mundo lleva un recorrido paralelo al mío. Y no es así.

Este año ha tenido momentos muy duros para muchas personas: han dicho adiós a seres muy queridos, o han entrado en contacto con la enfermedad y los monstruos que se invitan a la mesa con ella, o han perdido sus casas, su trabajo, alguna relación significativa. Puede que trataran de construir un sueño y lo vieran esfumarse entre sus manos. O, simplemente, la rutina llevaba una inercia que no les dejó fuerzas para pararse a escuchar dentro de sí mismos. Y no quiero minimizar en absoluto lo que estas situaciones hayan podido despertar en el corazón de quien las ha vivido.

Pero he visto a muchas de estas personas, atravesar esas circunstancias con una consciencia luminosa y serena, no ignorando sus sentimientos, ni poniéndose gafas de unicornio para ver el mundo, sino mirando de frente, con amabilidad, con confianza, con apertura lo que ES. Qué bonito es, tras permitirse vivir esa tristeza, o la ira que acompaña a la frustración, o el miedo que surge naturalmente al sentirnos amenazados, seguir observando, seguir sintiendo qué más hay en el corazón, qué más pueden ver nuestros ojos?

Porque la tristeza es compatible con la alegría, y las catástrofes, muchas veces, agudizan la vista para ver más allá de los daños evidentes, y descubrir la belleza tras las ruinas. Incluso la implacable rutina tiene a veces una grieta por donde entra una luz diferente…

Ese es mi deseo para el Nuevo Año: que nuestros sentidos sean capaces de captar cada día más belleza en lo que nos rodea, que nuestro corazón sea capaz de vibrar alto, más allá de las emociones, en una paz tan hermosa como contagiosa. Que riamos mucho, tanto que algunos nos tomen por locos.

Y este camino se hace al andar… Primero, hay que quererlo y creerlo posible. Que no nos pille diciembre 2025 con la sensación de “vaya año de mierda”. Los años no son packs cerrados y sin derecho a devolución. No esperes que pasen solo “cosas buenas”, no esperes a que todo salga según tus expectativas para ser feliz. El año próximo traerá consigo miles de cosas, pero sean como sean muchas de ellas, nuestra mirada es la que lo transformará todo. Todo.


Y si no te crees capaz, confía. Respira. Agradece. Pide ayuda, sonríe, abraza. Date tiempo para llorar, para gritar, para taparte bajo una manta, pero luego, no te olvides también de cantar, de bailar, incluso aunque sea sin ganas. Será solo el principio. Mira a los ojos de quien esté cerca de ti, sin más pretensión que conectar con él.

Un año nuevo está llamando a la puerta, que resulte mágico está, en gran parte, en nuestras manos.

Ay, qué curioso, ahora tengo pena por decir adiós a 2024 y me han entrado unas ganas tremendas de saborear 2025. Tojunto.


domingo, 21 de julio de 2024

Ofrendas

Cada mañana, al amanecer, los habitantes de Bali preparan sus ofrendas de flores e incienso y los colocan en todos los lugares que desean que sean protegidos por los dioses: la puerta de casa, en la entrada de la tienda, en la arena, cerca de los barcos que salen a pescar, en el camino a la cascada…


Preparan cada cestillo con hojas de palma y plátano, eligiendo pétalos de diversos colores, encendiendo la vara de incienso, juntando sus manos para hacer una plegaria. No sé qué sienten mientras hacen sus rezos. Por lo que cuentan unos y otros, conviene tener contentos a los dioses, incluso a los diablos (con menos poder, pero bastante traviesos, si se ponen de malas). Por eso, además de evocar la belleza y el agradecimiento con las flores y el aroma, añaden puñaditos de arroz u otra comida, o, incluso botellitas de licor o tabaco. Entregas a los dioses lo que te gusta a ti. Y lo del alcohol va muy bien para que los diablos lo prueben y les entre sueño y así no se pongan a hacer fechorías.

Observarlos en ese proceso me conecta profundamente con el agradecimiento. Quizás para muchos balineses estas ofrendas (que también vimos en Vietnam y en Tailandia) tienen un poco de “truco o trato”: te doy para que me cuides, me protejas, no me molestes, etc… Tal vez. Pero a mí me despiertan una mirada nueva: doy gracias y honro a la Vida, a la Esencia Creadora, porque no puedo hacer otra cosa, porque es lo que me nace, porque el amor me desborda.

Y he incorporado este ritual de hacer una ofrenda, aunque sea simbólica, cada mañana al despertarme, ante mi ecléctico altar de conchas, plumas, semillas de bellota, piedras de la playa… Es bonito levantarse y decidir que lo primero, antes incluso que poner los datos en el móvil, es acercarme al altar y conectar con lo que Es, con lo que Soy, con lo que Somos. Es un hábito incipiente, más bien un acto que deseo convertir en hábito, porque de repente me parece obvio lo fundamental de comenzar el día en conexión con lo más real de nosotros mismos.

La mente está bien entrenada en despertares en modo preocupación, organización, planificación, anticipación… Ahora es momento de entrenarla en el “modo conexión”, que, en el fondo, debería ser lo natural, lo obvio, pero me he creído tanto tanto la ilusión del escenario en el que mi personajillo se mueve, que he dado por más cierto el guión de la obra que interpreto que la Verdad que late en lo profundo de mi corazón.

Por eso, siento que estas ofrendas matinales, que comienzan como un fluir natural, como una manifestación espontánea de la energía que desborda en estos momentos post-viaje, serán a la vez una forma de mantener la conexión, o recordarla, pues nunca podemos dejar de estar conectados con lo que Somos.

Que así sea.

Namasté.

domingo, 31 de diciembre de 2023

Fin de un Año Especial

Las navidades pasadas fuimos toda la familia a probar un restaurante chino de Usera, el “barrio chino” de Madrid. Recuerdo que aún faltaba un poco para su Año Nuevo (que creo que coincide con la primera luna llena del año) y ya había calendarios que anunciaban el animal que simbolizaba 2023, no recuerdo cuál era (búscalo tú en Google y me dices). Para mí, sin duda, será el año del Ave Fénix.

En 2022 perdí a mi madre (¿la perdí?, ¿se puede perder un amor tan bello?, ¿una energía tan intensa? Quizás solo la “perdí de vista”). Este año perdí la calma, el sueño, un pecho, una amiga, varios kilos, la alegría y la conexión con la Vida. He recuperado casi todo lo recuperable (María José, a ti, como a mi madre, solo os perdí de vista, pero os siento tan cerca como siempre). Y cierro el año con una sonrisa.

Ya sabes que, de pequeña, me daba miedo mirar debajo de la cama, por si los monstruos. Este año, han salido ellos solitos de camas y armarios y nos hemos visto frente a frente. Al principio, huía, echaba a andar por las calles y parques de la ciudad, tratando de despistarlos. Por la noche, era más difícil escapar, así que quitaba mis manos del rostro para atreverme a mirarlos en la oscuridad. Lloré una y mil veces, grité en voz baja, murmuré improperios desgañitándome, sin que saliera un hilo de voz de mi garganta (qué culpa tienen los vecinos de mis cosas).

“No es justo” “Por qué a mí” “Para qué venimos a este mundo” “Qué sentido tiene todo esto”. Creo que no quedó lugar común de la “noche oscura” que no habitara en profundidad. Lo más doloroso era sentirme desconectada de las ganas de vivir: estar con mis sobrinas, hacer una excursión por el monte con Mori, y descubrirme como anestesiada, inerte, incapaz de sentir la belleza o la alegría.

Pero todo pasa. Y esto también. No en un día, ni en dos, ni en tres, pero fue pasando. Poco a poco. A base de aceptación, de mirada amorosa hacia mí misma y mi proceso. Es difícil quererse cuando una se siente un guiñapo, y precisamente es cuando más se necesita. Al principio, era una declaración de intenciones, pero con el tiempo se está convirtiendo en una realidad: me voy queriendo, me voy respetando, perdonando, cuidando.

Y es que este año he descubierto el poder de la intención. Jugar a ser la observadora de mi realidad. Jugar a que me quiero, que respeto mis límites, que me doy el espacio y el tiempo que necesito.

Y el poder del agradecimiento. Al principio, casi me tenía que inventar algo que agradecer cada día, porque mi mente se había acostumbrado a mirar “lo que no” y le costaba enfocarse en “lo que sí”. Ahora, son mayoría los momentos en que percibo mil cosas por las que estar agradecida, sobre todo, por el amor que recibo en mil modalidades diferentes (Mori a la cabeza, con su incondicionalidad y su presencia paciente y confiada). Y las maravillosas sincronías, encuentros, conversaciones y oportunidades que se me han presentado en el camino, para seguir recorriéndolo de la mano de gente que llena el alma.

Acaba un año especial y lo que fue un bofetón en mitad de la cara se ha ido convirtiendo en un “meneo” para despertar mucha riqueza que habita en mí y desea ser expresada; y una gran oportunidad de descubrir sentir el regalo de la presencia y el cariño de tantas y tantas personas. Somos muy grandes los humanos, cuando nos ponemos. Y quiero dedicarme a recordarlo cada minuto de mi existencia, así que no sabes lo que te espera si sigues ahí, Amig@.

Gracias, gracias, gracias, por tu compañía, por tu inspiración, por tu mirada comprensiva, por tus palabras de aliento, por tu silencio.

Te deseo que en 2024 la Paz reine en tu corazón. Con eso, lo demás, lo bordas.

Abrazo de más de 8 segundos.

jueves, 2 de noviembre de 2023

Por mí y por todos mis compañeros

Cuántas veces deseo escribir con ganas de tocarte el corazón. Me siento a escribirte, incluso a leerte en voz alta mis palabras, palabras-flecha, de esas que llegan al corazón y lo hacen vibrar. Pero no vibrar para emocionarnos un ratito y seguir luego con nuestra rutina, en piloto automático, corriendo para allá y para acá, como el conejito de Alicia: “No tengo tiempo, no tengo tiempo”. No. Vibrar para generar un eco resonante que vaya calando hondo, hoy, mañana, pasado. Hoy, tal vez con mis palabras; mañana, quizás con el sonido de la lluvia y del viento moviendo las ramas de los árboles; pasado, con la risa espontánea de ese bebé o con ese párrafo de un libro abierto al azar. Y que ese vibrar en una frecuencia más armoniosa te ayudara a conectar poco a poco, o de repente, con tu sabiduría interior, con tu paz, con ese pozo de agua fresca que no se acaba nunca.

Eso quería yo hoy, pero me fallaron las palabras, me falló mi propia inspiración, me falló el estado interno. Me senté, me escuché y descubrí que aún quedaba mucha tristeza dentro, algo de miedo y vierta preocupación. ¿Hasta cuándo? Qué pregunta tan absurda. Hasta siempre que existan emociones.

Cuando me siento alegre, plena, vital, lidio con una dualidad interesante: por una parte, pienso que, sí, que “ya he llegado”, que he conquistado la cima, que ya he alcanzado ese nirvana del que nada ni nadie me va a desplazar (¡ja!) y, justo a continuación, me pregunto si no me volveré una presuntuosa en la nubes; y, por otra parte, la propia felicidad de sentirme tan bien me hace tambalear (“¿durará? ¿hasta cuándo?, ay, cuando lleguen de nuevo las nubes y los vientos, ¿qué va a ser de mí?”)

He tenido muchos días de sol y cielo azul, de primavera interior, pero hoy vuelve la tormenta. Y no ha de pasar nada externo para que así sea, suficiente información se mueve en mis adentros como para provocar de marejada a fuerte marejada.

Y desde aquí, siento que no tengo mucho que compartir. Pero igual me estoy equivocando. ¿Y si en estos momentos en los que no fluye la inspiración ni las metáforas de impacto, también tuviera palabras, más sencillas, más de andar por casa, que compartir contigo?

Sí, es cierto que, tras estos meses de claroscuros, de conectar profundamente con miedos, incertidumbre, preocupación, anticipación, tristeza…, empiezo a conectar de nuevo con la alegría, con la serenidad, con la confianza, la paz. Y es algo tan bonito que me gustaría contagiarlo a todo el mundo.

Pero a lo mejor, el mensaje no es sólo que al final siempre llega la primavera, sino que saber navegar en todas las estaciones es lo que nos permite disfrutar del buen tiempo. Cuando toca lluvia, lloramos con ella, sin pesar añadido. Cuando hay viento, a lo mejor nos airamos y nos sentimos ofendidos más fácilmente. Bueno, pues respiramos profundo ese enfado y seguimos nuestro camino. Sin añadir dolor al dolor, ni añadir culpa o resistencia a los “días malos”, que igual no lo son tanto, igual son el abono nutriente de los jardines floridos.

A mí, sinceramente, me cuesta: mi ego quiere “cositas güenas”, alegrías, buenas noticias, cómo no. Está hasta las narices de conflictos y de dramas, pero claro, apegarse con uñas y dientes a los buenos momentos no es más que irle dando la espalda a la paz interior. Moverse con serenidad en el desasosiego, eso sí que mola. Digo yo que molará, que aún estoy en ello en modo aprendiz.

Por eso, hoy me siento en silencio, acepto mi inquietud, el peso de una mochila aún demasiado cargada y me dejo estar, buscando ese estado que, en el fondo, siempre permanece, allí donde habita la paz. Me sumerjo, dejando atrás la vorágine de la superficie y, si lo alcanzo, grito: ¡Por mí y por todos mis compañeros! (pero, por mí, primero). Allá voy.


miércoles, 2 de agosto de 2023

De fantasmas y hadas

Veo el mar a lo lejos, entre los edificios enormes a pie de playa. Aquí, abajo, veo la piscina, rodeada de un césped recién cortado (lo sé porque el jardinero me ha servido de despertador a eso de las 8:30). Justo detrás de la piscina, la antigua carretera nacional bulle de tráfico. Hace calor, mucho menos que ayer, eso sí.

No, no estoy en un paraíso y, sin embargo, hay elementos del paraíso justo delante de mí. También del infierno. A mí me toca elegir dónde poner mi atención. Y te aseguro que llevo mucho tiempo poniéndola en lo que no está bien, en lo que “no debería ser así de ningún modo”, en los delitos ecológicos o las faltas de civismo. Mucho tiempo, mucha energía.

En los últimos meses, mi mente me ha arrastrado con facilidad a transitar los infiernos, he experimentado eso que llaman ansiedad y una niebla espesa se ha apoderado de mi alma minimizando mi capacidad de sentir la alegría, la ilusión por caminar, por disfrutar de estar viva.

A ratos, más ratos de los que me gustaría, aún me visitan los fantasmas y me veo como como una niña atemorizada, abrazada a sus rodillas en una esquina, sintiendo que no puede hacer nada contra tamaño enemigo.

Hoy no, hoy me he levantado con una sonrisa. Guau, parece trivial, pero para mí es algo maravilloso. Y mis ojos se posan antes en el contraste del azul del agua y el verde de la hierba que en la ristra de coches que atisbo justo detrás de la valla. Hoy, mis oídos escuchan antes las chicharras, con su himno veraniego, que el sonido de las ambulancias o el claxon del conductor impaciente.

¿Estoy a merced de mis emociones? ¿Vivo esclava de estos altibajos? En los ratos de oscuridad pienso que es así, pero luego, cuando la niebla se despeja, me doy cuenta de que hay margen, siempre hay margen de actuación. A veces es mínimo, esas veces solo queda aceptar la tormenta, observarla, tratando de no juzgarla, de no demonizarla, y eso es lo difícil: aceptar sin resistencias, sin el continuo juicio de “esto no debería ser así”, “yo no debería sentirme así”. Otras veces, el margen es más amplio, mucho más amplio. Y puedo tomar pequeñas decisiones que me alejen de la niebla: respirando profundo o, simplemente, contemplando la belleza en lo que me rodea.

Hoy, en este incierto paraíso, han venido las hadas a visitarme y a recordarme precisamente eso: lo asombroso del mero hecho de la contemplación de lo que ES, de ese famoso Aquí y Ahora. Ellas lo dicen mucho más bonito que yo, ellas revolotean juguetonas a mi alrededor, mientras preguntan:

¿Quitarías a las mariposas del mundo?

Son bellas y juguetonas, pero no tienen mayor utilidad. Bueno, sí, la tienen, ayudan a la polinización de las flores, pero… al fin y al cabo, las flores ¿qué utilidad tienen? ¿Quitarías a las flores del mundo?

¿Por qué os empeñáis -me preguntan extrañadas- en medir el valor de las cosas en términos de utilidad? O, tal vez, podríamos preguntaros por qué no consideráis útil la mera contemplación de lo hermoso, de los regalos que la naturaleza nos ofrece, sin más.

Vivís demasiado aturdidos por ruidos innecesarios y actividades que os separan de vuestra auténtica esencia. Vosotros mismos sois parte de la naturaleza, sois hijos de Madre Tierra, sois parte del paisaje.

No perdáis el tiempo en la queja, eso sí: actuad para mejorar lo que creáis mejorable (en nuestra opinión, tenéis mucho trabajo por delante -murmuran burlonas-)

No os empeñéis en mantener demasiado tiempo vuestro enfado, vuestra indignación, incluso vuestra tristeza. Sería como ver encenderse un piloto de alerta del coche y quedarse eternamente mirándolo, gritando “¡se ha encendido una luz roja!”. Id más allá.

Para salir de la inercia os hace falta otro nivel de energía, desde la densidad es difícil vibrar en alegría, ser como los niños, que transitan las emociones sin apegarse a ellas, con naturalidad. En ello, de nuevo, la mera contemplación de los regalos que os da la naturaleza os será de gran ayuda.

Contemplad la mariposa, la flor del hibisco, las hortensias, la buganvilla que envuelve aquella pared; los pinos, alerces o hayas; los riachuelos, el mar.

Contemplad el oleaje, el corzo esquivo, la mariquita sobre la brizna de hierba. Sentid el viento despertando vuestra piel. Escuchad el canto de los mirlos, el de los grillos, o el sonido suave del fluir del agua. No esperéis a que todo sea perfecto para disfrutarlo, aprended a mirar.

Parecen cosas sencillas, un mensaje obvio y retórico, pero es sumamente poderoso si de verdad lo vivís, por un minuto hoy, mañana tal vez cinco, y pasado, quizás se os pasen las horas en la “inutilidad” de la contemplación, mientras el alma se os va vaciando de ruidos superfluos, de interferencias, y la paz va haciendo su nido.

Y con esto, enmudecen sonrientes, revolotean a mi alrededor haciéndome cosquillas y se marchan. Agradecida, cierro los ojos y siento calma, liviandad, cojo un papel y escribo.