miércoles, 31 de diciembre de 2025

Con mis niñas de la mano

Mi madre y mi abuela terminan de dar los últimos toques al menú de la cena. Mi padre trata de hacer sitio en el salón para colocar mesas y sillas para todos.

Hay alguna discrepancia, alguna voz más alta que otra: “No, hombre, ¿cómo vas a poner esos platos? No, esta noche mejor la vajilla de fiesta. Pues, dónde va a estar, en el armario al lado de la tele”.  

Mi hermano está viendo la tele (la “primera” o la “segunda”, claro, no había más opción). El abuelo, en la salita, terminando de leer, subrayar y comentar el periódico, lupa en mano.

Y yo, secándome el pelo en el baño, cumpliendo mi sagrado ritual de Nochevieja. Y mirándome al espejo, con el rostro aún colorado del vapor de la ducha y el calorcito del calentador de dos barras que mi abuelo había colocado encima de la puerta del baño y que se encendía tirando de una cadenita. Soñaba con fiestas glamurosas, con gente elegante bajando por una magnífica escalera a un salón grandioso en el que yo bailaba al son de alguna melodía propia de película de Woody Allen.

Unos años antes, era mi padre quien me solía secar el pelo los sábados mientras me contaba historias de “cuando yo era pequeña” y me peinaba con una paciencia infinita.

Esta mañana, tras unos días de fiebre y agotamiento, me sentí con ganas de recuperar mi ritual: me duché con amor y presencia, sequé con cariño y devoción mi amado envoltorio físico y me puse a secarme el pelo y a pensar en esas niñas que habitan en mí.


Esa Rocío de 4 o 5 años, rubia como el oro, callada, observadora, tranquila, muy tranquila. Ella me recuerda la pausa y el silencio que deseo permitirme cada vez más, mucho más. Este año la he honrado en cierta forma con mi excedencia de seis meses. Y ha sido una algo que me ha puesto en contacto con dimensiones que jamás me había permitido experimentar: como vivir sin horarios, sin objetivo del día, sin agenda ni estructura… y ver qué pasa… Y cuánto pasa…

Esa Rocío de 6 o 7 años, que disfrutaba de la piscina como del paraíso, y para la que los cristales desgastados que se ocultaban entre los guijarros de la playa eran auténticas piedras preciosas de algún tesoro, que provenían del naufragio de alguna nave pirata y que fueron arrastradas por las olas hasta la orilla. Con ella, quiero ir de la mano este año para volver a soñar posibilidades infinitas, conectar con la posibilidad de lo imposible, con el disfrute de lo pequeño y la apertura a lo inesperado.

Esa Rocío de 9 o 10 años, que empezaba a comprobar que, por el mero hecho de ser quien era, podía molestar a otras personas que, tal vez, se sentían amenazadas por su presencia. “Es que te tienen envidia”, me decían mis amigas. Y nunca entendí la envidia porque cada ser humano me parece único e irrepetible, igual que sus circunstancias. Y envidiar es como pensar que el otro tiene algo que debería ser tuyo y que no tienes posibilidad de tener si no es arrebatándoselo o, al menos, menospreciándolo, en lugar de pararte a mirar la grandeza que habita en ti a poquito que escarbas.

De la mano de esta Rocío, quiero seguir dando pasos para brillar en mi esencia, atendiendo a mi voz más auténtica y expresándola por amor al arte, por puro gozo.

Y qué tal si te vienes de paseo con mis Rocíos y conmigo, con todos los “tú” que en ti habitan, atendiendo a la vocecilla infantil pero sabia que nos dice “es por ahí”, con la alegría como brújula… Quién sabe qué caminos extraordinarios nos esperan en este 2026 que está a punto de comenzar.

Feliz Nochevieja, Feliz Año Nuevo

1 comentario:

  1. Maravilloso!!! Aventurémonos por los caminos de este 2026!!!

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