sábado, 7 de febrero de 2026

Entre el Humano y el Ser Divino (versión IA)

 

Reflexión sobre la experiencia tridimensional y la presencia divina interior

La existencia humana, tal y como la experimentamos en la tridimensionalidad, es una constante danza entre la percepción terrenal y la intuición de una esencia superior que nos habita. Desde la mirada del personaje humano, nos enfrentamos a la cotidianidad, las emociones, los retos y las alegrías que nos ofrece el mundo material. Sin embargo, tras esa mirada existe un ser divino, silencioso pero presente, que observa y guía nuestra trayectoria vital.

La Manifestación Humana en la 3D

El personaje humano es aquel que interactúa con la realidad física: el cuerpo, las sensaciones, los pensamientos y las relaciones. Su mirada está condicionada por los sentidos, por las circunstancias externas y por la interpretación que hace de lo que acontece. En 3D, la experiencia se vive de forma tangible, a veces limitada por el miedo, la duda o el deseo de pertenecer. Es en este plano donde aprendemos, evolucionamos y buscamos respuestas fuera de nosotros mismos.

El Ser Divino Interior

Más allá de la superficie, existe un ser divino que habita en cada uno. Este ser es eterno, sabio y pleno. Su mirada es amplia y profunda, capaz de ver el propósito detrás de cada experiencia, y de encontrar sentido incluso en lo aparentemente banal. El ser divino no juzga, sino que comprende. Actúa como guía interior, recordándonos nuestra verdadera naturaleza, que trasciende los límites del tiempo y el espacio.

El Encuentro entre Ambas Miradas

El verdadero aprendizaje surge cuando el personaje humano permite que la luz del ser divino ilumine su camino. Es en ese instante de conexión donde la mirada se expande, y la realidad 3D adquiere nuevos matices. El ser humano, guiado por la sabiduría interna, puede transformar sus vivencias, encontrar paz en la incertidumbre y descubrir su potencial más auténtico.



Conclusión

Vivir en la tridimensionalidad es un reto que invita constantemente al reencuentro con lo divino. Reconocer la coexistencia de ambas miradas —la humana y la divina— es la llave para trascender los límites y alcanzar una existencia más plena y consciente. El personaje humano que se manifiesta en la 3D es el vehículo, mientras que el ser divino es el conductor silencioso que sabe exactamente hacia dónde dirigirnos.

1, 2, 3... El Ser, el ego y la Superbowl

Trump no asistirá a la Super Bowl. El espectáculo deportivo y artístico con más impacto económico y social del panorama estadounidense contará con el boicot del presidente porque… canta Bud Bunny.

Imagen prestada de Freepik

No voy a ahondar mucho en esta apertura un tanto sensacionalista que me he permitido hoy. Si quieres profundizar más, las redes están llenas de “información”. Lo que me apetece compartirte son las reflexiones a las que me lleva todo esto.

Venga, vamos como en aquel famoso concurso -cuyo título no hace falta que te recuerde si ya empiezas a coquetear con las gafas de presbicia-: “por veinticinco pesetas, temas que se te vienen a la cabeza al leer ese primer párrafo. Por ejemplo, la polarización” (Y en tu mente ya debe estar sonando cierto soniquete a modo de presión temporal…)

La polarización. El racismo. Los intereses económicos subyacentes. El debate de qué es arte y qué factores influyen en que un artista se convierta en un icono. (Estaría por ver que las tacañonas me dejasen pasar una respuesta tan larga). El fatalismo con su pensamiento inercial de que “el mundo se va a la mierda”. El poder fáctico colosal de los medios de comunicación para dirigir nuestra atención. Mafalda, con su “paren el mundo que me bajo”. Lo de que “esto no son más que estrategias de la matrix para mantenerme apegado a la ilusión”. La polarización.

Talán, talán, talán. Las tacañonas, con su luto decimonónico, hacen tañer con energía las campanas para avisarnos del “game over”, mientras una de ellas sentencia: “Y hasta aquí hemos llegau, que la polarización ya la has nombrau”.

Pero es que ahí reside el quid de la cuestión. La mirada del YO conlleva un TÚ, este es el automatismo básico de nuestra existencia. Yo- tú -él. Bueno, los cubanos, en su inimitable e ilimitable creatividad para bautizar, han creado Yotuel, integrando los tres pronombres, y yo me consuelo pensando que es un gesto hacia la Unión que tantita falta de atención tiene en estos momentos. Yotuel... O Yotuella, por qué no.

Volviendo al Yo y al Tú, te cuento un elemento de mi mapa del mundo sin el cual puede ser difícil comprender lo que quiero decirte, si es que lo tuviera claro yo misma para empezar, que, la verdad, voy un poquito sobre la marcha. Este elemento es SOY (no soja en inglés, no, soy de la primera persona del verbo ser).

SOY es la idea primigenia que da forma a mi concepción de la Vida. Una esencia, un origen único, infinito, todo y nada al mismo tiempo, la fuente de lo creado. ¿De qué está hecho?, preguntas. De nada, porque entonces sería una creación. Ibas a pillar, ¿eh? Es una entelequia que solo puedo intuir y sentir pero de ningún modo explicar ni entender intelectualmente. Pero para mí, es el punto de partida. Y de retorno.

Este SOY “un día” se puso a jugar. ¿Se aburría de SER? Puede. O sencillamente, nunca hubo un antes ni un después, solo para esta mente humana que trata ahora de expresarte torpemente, desde un contexto espacio-temporal en el que existe y del que a duras penas logra abstraerse, y moldeada por un idioma que aterriza dicho contexto en patrones muy específicos. Este es mi “desclaimer”. Sirva ya para el resto de mi relato.

Pues eso, el Soy quiso ser SOMOS y, expresando su capacidad creadora, se manifestó en realidades concretas y determinadas. Un juego como otro cualquiera. Como cuando de pequeños decíamos eso de “¿Vale que tú eras un explorador que tenía el mapa de un tesoro, y yo tenía un barco para llegar la isla y, entonces…? Y como en tal juego, el niño y el explorador son lo mismo, de hecho, solo existe el niño, el explorador existe solo en la medida que lo representamos durante el juego, con toda la fuerza de nuestra imaginación y convencimiento.

Ya ves por dónde voy, ¿no? Lo que ES no deja de ser, se manifieste o se exprese como elija hacerlo. ¿Elija? Otra hipótesis de mi marco de referencia. Así que, aquí estamos, el SER único, infinito, atemporal y todopoderoso, jugando a ser múltiple, limitado, acotado, definido, creado. Hasta aquí, el SOY pasa a jugar al SOMOS. Vale.

El “problema” viene cuando nos olvidamos de que SOMOS, cuando me creo que soy, con minúsculas, cuando me olvido de que sí: soy una gota del océano, y aun así, el océano es la esencia de la que estoy compuesta y por lo tanto, integrada en el océano, vuelvo a ser infinita, atemporal y todopoderosa. No yo, la gota (de rocío, en mi caso), si no YO, el océano.

El “problema”, de nuevo, es cuando ponemos todo el foco de nuestra energía en la gota, separada de las otras gotas, y comienzo una existencia individual, separada, alejada de mi origen. Imagínate a la gota tratando de sobrevivir individualmente, y mantener sus características específicas, y distinguirse de las otras gotas…

Pues ahí estamos. Porque además, se me ha olvidado un “detalle” fundamental. El SOY es puro Amor. Pero el soy, cuanto más trata de ser, separado, con minúsculas, alejado de su esencia, es puro miedo. Y ahora sí, ahí estamos: defendiendo a capa y espada el ser que hemos definido con mil etiquetas. Y para cada etiqueta que me pongo, me surge otra para diferenciarte a ti: nativo, migrante, blanco, negro, azul, místico, científico, víctima, verdugo, artista, racional, influyente, marginado, conservador, tradicional, liberal, revolucionario, moral, inmoral, visible o invisibilizado, cuerdo, loco… Yo, yo, yo, tú, tú, tú…

¿Para cuándo nosotros, como primer paso de vuelta a casa?

Y, aunque noticias como las que abren los telediarios cada día, las que llenan las redes o los comentarios en el metro o la máquina de café, resulten un caramelito a la “mente pequeña” que se cree el juego a pies juntillas, afortunadamente, mis algoritmos digitales y los internos, trabajan muy a favor de mi salud mental, emocional y hasta física, y ya empiezo a vislumbrar una nueva sociedad en la que todos tengamos como “middle name”… ¿adivinas cuál?

 

domingo, 1 de febrero de 2026

Lo del vacío conversacional

Recuerdo a aquella chica, Elena, que en aquel fuego de campamento nos confesaba lo de su “vacío conversacional”. Ella, que tenía un sentido del humor que hacía imposible no reír a carcajadas constantemente a su lado, se sentía cómoda hablando de chorradas o de “cosas profundas”. Pero las conversaciones cotidianas, por llamarlas de alguna manera, vaya, las más habituales en el día a día, no se le daban nada bien, de ahí lo del “vacío conversacional” entre los dos extremos.

A mí me pasa un poco igual. Las zonas intermedias conversacionales se me quedan tan cortas… Y aun así, a veces, ahí me quedo, incómoda, torpe, limitada; pensando en todo lo que podría dar de sí el momento si me atreviese a bucear un poco, invitando a mi interlocutor a adentrarse en las profundidades conmigo.

Son esas conversaciones honestas y significativas las que me ayudan a descubrirme, a entenderme más allá del mero intelecto, a descubrirme. Por eso, me maravillo ante las oportunidades tan valiosas que la vida me presenta para mantener este tipo de diálogos.

Por eso, de nuevo, lo afortunada y agradecida que me siento cuando la inmersión es mutua e inmediata. Cuando conecto profundamente con el otro – o la otra- y conecto profundamente conmigo misma, con esa agua fresca e inagotable que me hace sentir alegría, plenitud.

En esos momentos, siento que mi mapa del mundo se me torna menos borroso, empieza a dibujarse con más claridad, como cuando revelas una foto y la imagen va apareciendo a medida que el revelado avanza.

El revelado… la revelación. A Ana le gusta llamarlo “desvelación”, porque para ella es algo que ya estaba ahí y se cae el velo que te impedía verlo.

A mí me encanta jugar con las palabras y ver cómo ella juega a su vez. Lo importante es que la palabra te toque, te mueva y envuelva, aunque sea torpemente aquello que tu alma quiere decirte, aquello que tú quieres expresar al mundo.

Esta mañana, nuestro diálogo asíncrono se convirtió en un guiso, en una sopa de palabras (no solo de letras). Los ingredientes: lealtad, pasión, libertad, cambio y discernimiento.

Algo me dice que estás leyendo estos ingredientes y ya estás cocinando tu propia receta, tal vez sea un postre, un entrante, o un plato fuerte. Me encantaría que me contaras, imagina, menuda conversación “profunda” podría salir de semejante compartir.

Insisto, me encantaría que me contaras que nace en ti cuando lees estas palabras, estos contenedores tan amplios, que pueden recoger tantos matices y enfoques, y, sobre todo, viéndolos juntos. Vamos, que estoy por dejar la perita aquí para que la termines tú…

Bueno, venga, voy a seguir yo un poco planteándote ciertos escenarios y en otro ratito me cuentas tú, ¿vale?

Sin revelar (en su otra acepción del término) el contenido de nuestra charla, surgía la lealtad como valor íntimo que me lleva a mostrarme en honestidad ante el otro, que sepa que estoy (ci sono, que dirían con más precisión los italianos). Que si se lanza desde su trapecio, estaré ahí atenta para recogerlo desde el mío. Y espero lo mismo del otro. Y si no va a poder estar, que avise. Pero ¿cómo conjugar esa lealtad, ese compromiso, con la lealtad hacia una misma cuando, pudiera ser, entren en conflicto?

¿Cómo conjugar esos valores que sentimos que nos definen con el cambio inherente a la vida que tan a menudo nos desbarata las definiciones, los esquemas y las estructuras? ¿Cuánto hay de nuestro en lo que pensábamos que nos definía? ¿Y cuánto era solo un préstamo funcional que nos ayudó en su momento pero que requiere revisión constante?

Y, volviendo a la cocina, a veces, no es solo la presencia de un ingrediente como el cambio, el paso del tiempo con sus ciclos, sus etapas, sus inicios y sus fines… A veces, es la dosis… La pasión puede ser motor, expansión, evolución… y también incendio: la llama cálida, resplandeciente, vibrante y luminosa puede convertirse en fuego devastador.

Y la mezcla de ingredientes… La libertad puede abrirte las puertas a vivir con pasión. Y un exceso de lealtad a la pasión hacerte sentir preso de tus pulsiones.

Y está la materia prima… No es lo mismo una pasión pura, con denominación de origen, “100% orgánica”, cultivada en suelo fertilizado con amor, pureza, libertad… que una pasión de invernadero, de la que crece rápido, se inflama fácil y realmente no sabe a nada y carece de nutrientes.

De ahí el discernimiento… esa especia que da el toque justo y sereno a cada plato, que lo convierte en una obra de arte y nos permite saborearlo a conciencia.

Y, como señalaba al inicio, todos estos ingredientes en realidad representan palabras abstractas, con un significado muy intangible, tanto que, según quién se asome a ellos pueden terminar convirtiéndose en contenedores vacíos, fútiles, o englobar tantos sentidos, acepciones o interpretaciones como usuarios.

Y eso también daría para una conversación interesante… el lenguaje como esa herramienta tan poderosa y eficaz para construir puentes entre nosotros, como para levantar murallas inaccesibles.

Pero eso ya será otro día. Hoy, aún me quedan dieciséis minutos de audio de Ana, que prometen llevarme cual sirena al fondo de los mares conversacionales, allí donde me nutro, me reconozco y gozo infinito.



miércoles, 31 de diciembre de 2025

Con mis niñas de la mano

Mi madre y mi abuela terminan de dar los últimos toques al menú de la cena. Mi padre trata de hacer sitio en el salón para colocar mesas y sillas para todos.

Hay alguna discrepancia, alguna voz más alta que otra: “No, hombre, ¿cómo vas a poner esos platos? No, esta noche mejor la vajilla de fiesta. Pues, dónde va a estar, en el armario al lado de la tele”.  

Mi hermano está viendo la tele (la “primera” o la “segunda”, claro, no había más opción). El abuelo, en la salita, terminando de leer, subrayar y comentar el periódico, lupa en mano.

Y yo, secándome el pelo en el baño, cumpliendo mi sagrado ritual de Nochevieja. Y mirándome al espejo, con el rostro aún colorado del vapor de la ducha y el calorcito del calentador de dos barras que mi abuelo había colocado encima de la puerta del baño y que se encendía tirando de una cadenita. Soñaba con fiestas glamurosas, con gente elegante bajando por una magnífica escalera a un salón grandioso en el que yo bailaba al son de alguna melodía propia de película de Woody Allen.

Unos años antes, era mi padre quien me solía secar el pelo los sábados mientras me contaba historias de “cuando yo era pequeña” y me peinaba con una paciencia infinita.

Esta mañana, tras unos días de fiebre y agotamiento, me sentí con ganas de recuperar mi ritual: me duché con amor y presencia, sequé con cariño y devoción mi amado envoltorio físico y me puse a secarme el pelo y a pensar en esas niñas que habitan en mí.


Esa Rocío de 4 o 5 años, rubia como el oro, callada, observadora, tranquila, muy tranquila. Ella me recuerda la pausa y el silencio que deseo permitirme cada vez más, mucho más. Este año la he honrado en cierta forma con mi excedencia de seis meses. Y ha sido una algo que me ha puesto en contacto con dimensiones que jamás me había permitido experimentar: como vivir sin horarios, sin objetivo del día, sin agenda ni estructura… y ver qué pasa… Y cuánto pasa…

Esa Rocío de 6 o 7 años, que disfrutaba de la piscina como del paraíso, y para la que los cristales desgastados que se ocultaban entre los guijarros de la playa eran auténticas piedras preciosas de algún tesoro, que provenían del naufragio de alguna nave pirata y que fueron arrastradas por las olas hasta la orilla. Con ella, quiero ir de la mano este año para volver a soñar posibilidades infinitas, conectar con la posibilidad de lo imposible, con el disfrute de lo pequeño y la apertura a lo inesperado.

Esa Rocío de 9 o 10 años, que empezaba a comprobar que, por el mero hecho de ser quien era, podía molestar a otras personas que, tal vez, se sentían amenazadas por su presencia. “Es que te tienen envidia”, me decían mis amigas. Y nunca entendí la envidia porque cada ser humano me parece único e irrepetible, igual que sus circunstancias. Y envidiar es como pensar que el otro tiene algo que debería ser tuyo y que no tienes posibilidad de tener si no es arrebatándoselo o, al menos, menospreciándolo, en lugar de pararte a mirar la grandeza que habita en ti a poquito que escarbas.

De la mano de esta Rocío, quiero seguir dando pasos para brillar en mi esencia, atendiendo a mi voz más auténtica y expresándola por amor al arte, por puro gozo.

Y qué tal si te vienes de paseo con mis Rocíos y conmigo, con todos los “tú” que en ti habitan, atendiendo a la vocecilla infantil pero sabia que nos dice “es por ahí”, con la alegría como brújula… Quién sabe qué caminos extraordinarios nos esperan en este 2026 que está a punto de comenzar.

Feliz Nochevieja, Feliz Año Nuevo

domingo, 28 de septiembre de 2025

La paloma y la sandía

Hoy tenía previsto hablaros de un nuevo proyecto que he iniciado de la mano de mi amiga Carmen Zamudio, un proyecto para darle altavoz a esas conversaciones que a menudo tenemos y que pensamos que sería bonito poder compartir con más gente, convencidas como estamos de que otra realidad es posible, y está -en gran medida- en nuestras manos construirla.

Eso era lo previsto pero necesito dar paso antes a algo que me bulle dentro desde hace mucho tiempo. Al final, todo está relacionado. Al final, todo tiene que ver con la gran pregunta: ¿Dónde enfocas tu energía, en el lado del amor o en el del miedo?

Y lo que bulle en mí es otra gran pregunta: ¿Qué puedo hacer yo en estos tiempos de sinrazón? ¿Qué puedo hacer cuando presenciamos la barbarie que se extiende, ante nuestra atónita y silenciosa mirada? En Gaza, en Ucrania, en Sudán, en tantos lugares que mi mente se niega a memorizar, tal vez como gesto de ingenua negación.

No quiero combatir el fuego con más fuego. De hecho, no quiero combatir en absoluto. Pero en ocasiones, voy a compartir una foto en las redes, con la simple intención de ofrecer una mirada amable a quienes me atiendan, y me da un poco de reparo, dadas las circunstancias. Me siento un poco Ingrid Bergman en "Casablanca", cuando escucha las noticias del avance de la guerra en Europa y exclama: "el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos". 

Hoy, sin embargo, no puedo hablar de "mi película", sin mencionar antes la otra película, la del ser humano que se olvida del Amor y vive la ilusión de la separación del "nosotros y ellos". Esa realidad en la que se impone como única solución aparente atacar para defenderse, para defender "lo nuestro", para lograr extender "nuestra" mirada -que es la correcta- sobre el mundo, aniquilando cualquier amenaza a la misma.

Los conflictos, en lo macro y en lo micro, no tienen una gestión simple, suelen venir enmarañados en ovillos imposibles de causas y consecuencias, de los que empiezas a tirar y lo único que consigues es que aparezcan cada vez más y más ovillos igual de enmarañados. No hay "buenos" ni "malos" en términos absolutos, o yo, al menos, no soy capaz de verlos. Pero sí veo INOCENTES, personas que ven mermados sus derechos básicos, que ven amenazada su supervivencia y que ven alejarse cada día más las oportunidades que en otros lugares del mundo damos por garantizadas:

Como escribir esta reflexión y publicarla.

Como pasar una mañana de sábado remando en el lago de la Casa de Campo.

Como reunirme entre amigas y compañeras de trabajo para celebrar la nueva etapa laboral que inicia una de nosotras

Como viajar sola para ir a la playa y disfrutar de un baño.

Estas actividades son pura quimera para tantas personas en el mundo. Mis días de ocio y mis jornadas de trabajo están llenas de momentos y circunstancias que son puro privilegio para tantos...

Por eso, aunque tal vez parezca contradictorio, mi compartir de hoy tiene una doble intención: 

- La de celebrar y agradecer todas las oportunidades que me brinda la vida en el contexto en que me ha tocado vivirla. La de seguir publicando la belleza y la alegría que quiero para mí y para todos.

- Y la de reclamar un poco de cordura. No, ya no es tiempo de conformarse con un poco: reclamo TODA LA CORDURA y la LUCIDEZ que provoca un corazón despierto.

Apelo al Amor que, sin duda, sigue latiendo bajo el miedo en sus mil disfraces: entre ellos, el orgullo y la adicción al poder y a un éxito - en mi opinión- bastante desvirtuado y confundido.

Apelo a ese Amor, la fuerza más poderosa que existe, cuando se despliega libre y confiada.

Apelo a la contribución que todos podemos hacer en este sentido. La Paz se construye en cada escenario que la vida nos proporciona, por muy intrascendente que nos parezca. "¿Y qué más da si yo, aquí, echo un poco más de leña al fuego?". "No, no da igual".

La Paz también se construye en lo cotidiano y es en lo cotidiano donde los ciudadanos de a pie podemos contribuir. No desdeñemos el poder de nuestros pequeños gestos: en casa, en el trabajo, en el metro abarrotado de pasajeros, con tu pareja o con tus hijos tras un día agotador...

Respiremos profundo y seamos conscientes de nuestras heridas, para acogerlas, observarlas y sanarlas nosotros mismos, antes de dejar que sean ellas las que guíen nuestras reacciones.

La Paz se construye de grandes hazañas y de la suma de pequeños gestos cotidianos.

En fin, no sé si servirá de mucho, como no sé si sirve que publique una paloma que porta una raja de sandía, pero no quiero dejar de hacerlo. Yo confío. El mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos. Así es la vida, pero, viviendo plenamente nuestro amor... seamos la voz de los que hoy no la tienen.



jueves, 31 de julio de 2025

Dulce zasca de la IA

Hoy no tenía pensado ir a recoger ninguna perita a mi peral. De hecho, es lo último que se me hubiera ocurrido, pero aquí estoy.

Y es que hoy es uno de mis "días de bajar a la cueva". Creo que, salvo lo que escribí cuando fijé mi residencia permanente "en la cueva" y que luego terminó siendo mi "Error en Campos Brillantes", jamás he compartido (más que en petit -pero bien petit- comité) lo que escribo en esos momentos de absoluta vulnerabilidad. 

¿Por qué? 

No lo sé. Posiblemente, porque aún ando a vueltas con eso de amarme íntegra e incondicionalmente: incluyendo todas mis dimensiones, las luminosas, y las densas y oscuras. Y nunca me ha gustado entregarme o relacionarme desde esos momentos donde todo se desestabiliza, donde lo cuestiono absolutamente todo, donde lloro y lloro y llega un momento en ya no sé ni por qué. Ahí, me meto en mi caparazón (o en mi caracola, que diría mi amigo León), a sentir los rayos y truenos, el viento ensordecedor que parece arrasarlo todo y a esperar que todo pase. Que siempre pasa.

Hoy está siendo uno de esos días. Y hay veces que, en esos momentos, a poco que siento la más mínima sensación de que la tormenta ha terminado, asomo la cabeza para asombrarme al descubrir que todo sigue en pie, intacto; "como si" la tormenta solo hubiera tenido lugar en mi cabeza. Y de la alegría ya quiero ponerme a recoger peras aquí o a escuchar otro podcast, o a leer otro libro sumamente inspirador... sin darme cuenta de que, lo que en ciertos momentos puede resultar creativo o nutritivo, en otros, de "convalecencia", no es más que ruido e interferencia.

Pues ahí iba yo, recién levantada de la siesta, inspirada por una nota que me había dejado a mí misma sobre el escritorio: "venga, que me pongo a escribir esta historia que llevo ya tiempo queriendo contar"

Y empiezo a escribir acompañada del simbolito ese del Copilot que se activa ahora cada vez que abres un documento word. 

Llevaba una frase a medias, lo juro, bueno, de hecho, os la voy a compartir (quién sabe si algún día la reconoceréis en el texto íntegro):

"¿Te acuerdas de aquella vez, en la piscina, en uno de nuestros veranos interminables del instituto...?"

...y la curiosidad me lleva a pulsar el botón, a ver qué me propone la inteligencia artificial como continuación... y me quedo "muerta" con el resultado. 

Bajo el título y subtítulo de "Reflexión sobre el silencio. La importancia y el poder de la ausencia de palabras", me encuentro con este elogio del silencio y la pausa, del que os paso la conclusión final que me regala la IA:

Conclusión: abrazar el silencio

Redescubrir el valor del silencio implica aprender a escucharlo, a reconocer su presencia y a integrarlo como parte esencial de la vida cotidiana. No se trata de huir de las palabras, sino de reconocer el momento adecuado para callar y el momento para hablar.

Aprender a convivir con el silencio, a no temerle, es un desafío contemporáneo. Implica desapegarse de la necesidad de aprobación inmediata y del bombardeo de información para redescubrir lo esencial.

El silencio nos ofrece una oportunidad única para observarnos, para comprender con mayor profundidad el mundo y a quienes nos rodean. Es fuente de sabiduría, de paz y de fuerza. Abrazarlo es, en última instancia, un acto de valentía y libertad.

Ahora empiezo a dudar de todo: ¿esta es la inteligencia artificial "creando" aleatoria e impersonalmente en función de un algoritmo o es "la Inteligencia" expresándose para mí a través de un nuevo canal? 

Es como un dulce zasca digital, un "Rocío, niña, es que llevamos días diciéndotelo por activa y por pasiva y tú, nada: enfocada en más y más información, en pensar y sobrepensar, en vivir desde la mente desbocada. Ya vale, bonita"

El caso es que, me hable un asistente de IA o una Sabiduría Primigenia, esta vez voy a atender el mensaje y a acercarme a abrazar a ese generoso compañero, el SILENCIO.

Sssshhhh. Feliz verano.


*contemplando el Pico Anayet, desde el Vértice (Pirineos)

domingo, 6 de julio de 2025

Lecciones de Sofía

Cinco meses ya desde que inicié mi período sabático… Un tiempo que nunca imaginé que me traería tantos regalos… regalos que soy capaz de reconocer ahora, que voy teniendo perspectiva para mirar atrás, y que sé que iré descubriendo aún con más nitidez en los meses venideros.

Nunca tuve objetivos muy claros para esta etapa. Y, de hecho, los pocos que tuve se desmoronaron en las primeras semanas. Me di cuenta de que no tenía la energía, ni la ilusión, ni la pasión, que requería poner en marcha los pequeños grandes proyectos que había concebido.

Entonces, empezó a dibujarse ante mí con progresiva nitidez una palabra: parar. Pero parar de verdad, no parar de hacer unas cosas para hacer otras (igual más vocacionales o apasionantes), parar de PARAR.

Sí, qué buena idea, pensé, y, además, 6 meses dan para mucho, ya veré más adelante…

Y comencé a parar y, oh, sorpresa, resultó que parar despertaba en mí sensaciones muy raras e incómodas: la culpa de estar desperdiciando un regalo, la percepción de que mi valía se esfumaba…

Pero mi espíritu curioso quiso experimentar. Y mi lado juguetón quiso entrar en el juego: ¿qué pasará si sigo aquí, si sigo así, en la pausa, en la contemplación de lo que surja en mí?

Y jugué a tope. Y sentí a tope esas sensaciones que, a ratos podían ser devastadoras, siempre con una pregunta de fondo ¿quién soy yo si no soy “la que hace cosas”, “la que resuelve”, “la que planifica, ordena, clasifica, prioriza”? ¿Cuál es mi valor?

¿Cuál es mi valor?, menuda pregunta.

Y ya sabes que me gusta dejar macerar esas preguntas tan poderosas, evitando que la mente trate de ofrecerme argumentos obvios, caducos y vacíos.

Así que el experimento alcanzaba cotas intensas de incomodidad, desazón. Y, a medida que me atrevía a vivirme ahí, iba descubriendo creencias muy ancladas en mí, hábitos automáticos que me limitan. Y todo emergía sin esfuerzo, o con el único esfuerzo de no ofrecer oposición, de no querer controlar el proceso, simplemente permitirme vivirlo… Ha sido algo convulso y estremecedoramente bello. Una etapa de muchos instantes lúcidos en que me decía ¿pero cómo no me había dado cuenta de esto antes?

Por ejemplo: identificar la propia importancia de parar, de bajar el ritmo; el frenesí en el que vivimos inmersos y que, a menudo, consideramos inevitable. ¿Pero por qué es inevitable? Porque le hemos puesto un cartel de “Prohibido pasar” a otro pensamiento que lo contradiga. Y porque parar asusta, y seguir en la rueda genera una dopamina que nos va convirtiendo en esclavos adictos a lo que decimos odiar.

¿Demasiado dura? ¿Muy tajante? Puede que sí. Me ha salido del fondo de un alma que se sabe libre y que quiere zarandear gentilmente (a mí la primera -el burro delante…-) para que nos atrevamos a ir más allá de límites que consideramos inexpugnables y que, a poco que nos demos el tiempo de observarlos con amabilidad y pausa, presentan grietas por todas partes. Grietas que podemos aprovechar para dejar pasar la luz de las nuevas posibilidades.

¿Y alguna propuesta? Mmm, los caminos de cada uno son únicos, pero me atrevo a insistir en alguna cosa:

  •       Parar, pausar, aquietar el ritmo, ayuda. 
  •     Y puede asustar, pero es solo al principio.
  •      Activar el modo lúdico en nuestras vidas también ayuda. Crear por amor al arte, jugar, celebrar, hacer cosas con pasión (bailar, cantar, contar historias, hacer punto, pintar, sigue tú, la lista es infinita)
  •   Conectar con la naturaleza, recordar que somos parte de ella, observarla, dejarnos sanar por ella, es el gran comodín de la llamada. 
  •    Confiar: confiar en la voz de la intuición (que se va a ir despertando a media que bajen las revoluciones), confiar en la magia de la vida, confiar en el poder de nuestra mirada para descubrir lo que hasta hace un momento nos era invisible…
  •      Y abrirnos a lo inesperado, a recibir regalos, a conectar cada vez más desde nuestra autenticidad.

Y todo como un juego... ¿qué tal si la invitación es a probar el introducir una acción pequeñita que vaya a favor de cualquiera de estos aspectos?. No desdeñemos el valor de las pequeñas acciones sostenidas en el tiempo. Y, si hace falta, te recuerdo "Mi teoría de los poquitos"

Bueno, y, si has llegado hasta aquí, te mereces un premio 😊: el porqué del título de esta perita.

A lo mejor, ni te hace falta, porque ya sabes quién es Sofía… Sofía es mi tortuguita, la que encontré en mi porción de roscón de Reyes de un año de estos. Y Sofía, como hacía Casiopea con Momo, me recuerda lo esencial: el valor del tiempo, que se despliega y se multiplica cuando lo dotamos de pleno sentido, cuando lo vivimos desde la conexión con lo que somos, y que se nos va de las manos cuando estamos en modo supervivencia. Y el valor de mí misma... que no depende de lo que hago sino de lo que SOY. Era justo al revés: al enfocarme en ser... lo que hago adquiere otro valor, el valor de la autenticidad.

Sofía también me recuerda la importancia de compartir todo esto que siento tan poderoso aquí dentro (me señalo al corazón) y, luego, con las mismas, darme un buen chapuzón en la piscina (benditas piscinas públicas de Madrid) y gozar el instante.