Recuerdo a aquella chica, Elena, que en aquel fuego de campamento nos confesaba lo de su “vacío conversacional”. Ella, que tenía un sentido del humor que hacía imposible no reír a carcajadas constantemente a su lado, se sentía cómoda hablando de chorradas o de “cosas profundas”. Pero las conversaciones cotidianas, por llamarlas de alguna manera, vaya, las más habituales en el día a día, no se le daban nada bien, de ahí lo del “vacío conversacional” entre los dos extremos.
A mí me pasa un poco igual. Las zonas
intermedias conversacionales se me quedan tan cortas… Y aun así, a veces, ahí
me quedo, incómoda, torpe, limitada; pensando en todo lo que podría dar de sí
el momento si me atreviese a bucear un poco, invitando a mi interlocutor a
adentrarse en las profundidades conmigo.
Por eso, de nuevo, lo afortunada
y agradecida que me siento cuando la inmersión es mutua e inmediata. Cuando conecto
profundamente con el otro – o la otra- y conecto profundamente conmigo misma,
con esa agua fresca e inagotable que me hace sentir alegría, plenitud.
En esos momentos, siento que mi
mapa del mundo se me torna menos borroso, empieza a dibujarse con más claridad,
como cuando revelas una foto y la imagen va apareciendo a medida que el
revelado avanza.
El revelado… la revelación. A Ana
le gusta llamarlo “desvelación”, porque para ella es algo que ya estaba ahí y
se cae el velo que te impedía verlo.
A mí me encanta jugar con las
palabras y ver cómo ella juega a su vez. Lo importante es que la palabra te
toque, te mueva y envuelva, aunque sea torpemente aquello que tu alma quiere
decirte, aquello que tú quieres expresar al mundo.
Esta mañana, nuestro diálogo
asíncrono se convirtió en un guiso, en una sopa de palabras (no solo de letras).
Los ingredientes: lealtad, pasión, libertad, cambio y discernimiento.
Algo me dice que estás leyendo
estos ingredientes y ya estás cocinando tu propia receta, tal vez sea un postre,
un entrante, o un plato fuerte. Me encantaría que me contaras, imagina, menuda
conversación “profunda” podría salir de semejante compartir.
Insisto, me encantaría que me
contaras que nace en ti cuando lees estas palabras, estos contenedores tan
amplios, que pueden recoger tantos matices y enfoques, y, sobre todo, viéndolos
juntos. Vamos, que estoy por dejar la perita aquí para que la termines tú…
Bueno, venga, voy a seguir yo un
poco planteándote ciertos escenarios y en otro ratito me cuentas tú, ¿vale?
Sin revelar (en su otra acepción
del término) el contenido de nuestra charla, surgía la lealtad como valor
íntimo que me lleva a mostrarme en honestidad ante el otro, que sepa que estoy
(ci sono, que dirían con más precisión los italianos). Que si se lanza
desde su trapecio, estaré ahí atenta para recogerlo desde el mío. Y espero lo
mismo del otro. Y si no va a poder estar, que avise. Pero ¿cómo conjugar esa
lealtad, ese compromiso, con la lealtad hacia una misma cuando, pudiera ser,
entren en conflicto?
¿Cómo conjugar esos valores que
sentimos que nos definen con el cambio inherente a la vida que tan a menudo nos
desbarata las definiciones, los esquemas y las estructuras? ¿Cuánto hay de
nuestro en lo que pensábamos que nos definía? ¿Y cuánto era solo un préstamo
funcional que nos ayudó en su momento pero que requiere revisión constante?
Y, volviendo a la cocina, a
veces, no es solo la presencia de un ingrediente como el cambio, el paso del
tiempo con sus ciclos, sus etapas, sus inicios y sus fines… A veces, es la
dosis… La pasión puede ser motor, expansión, evolución… y también incendio: la
llama cálida, resplandeciente, vibrante y luminosa puede convertirse en fuego
devastador.
Y la mezcla de ingredientes… La
libertad puede abrirte las puertas a vivir con pasión. Y un exceso de lealtad a
la pasión hacerte sentir preso de tus pulsiones.
Y está la materia prima… No es lo
mismo una pasión pura, con denominación de origen, “100% orgánica”, cultivada
en suelo fertilizado con amor, pureza, libertad… que una pasión de invernadero,
de la que crece rápido, se inflama fácil y realmente no sabe a nada y carece de
nutrientes.
De ahí el discernimiento… esa
especia que da el toque justo y sereno a cada plato, que lo convierte en una
obra de arte y nos permite saborearlo a conciencia.
Y, como señalaba al inicio, todos
estos ingredientes en realidad representan palabras abstractas, con un
significado muy intangible, tanto que, según quién se asome a ellos pueden terminar
convirtiéndose en contenedores vacíos, fútiles, o englobar tantos sentidos,
acepciones o interpretaciones como usuarios.
Y eso también daría para una
conversación interesante… el lenguaje como esa herramienta tan poderosa y eficaz
para construir puentes entre nosotros, como para levantar murallas inaccesibles.
Pero eso ya será otro día. Hoy,
aún me quedan dieciséis minutos de audio de Ana, que prometen llevarme cual
sirena al fondo de los mares conversacionales, allí donde me nutro, me
reconozco y gozo infinito.











