Noche de sueño intermitente. Otra vez. Despertares cada hora y calambrazo en la pierna de madrugada. Sueño con muertes de seres queridos (¿les acabo de alargar la vida diez años?). Por lo menos, no ha hecho mucho calor.
Tras una noche tal, el despertar
no es el más dulce. Blagh. Revoltijo en el estómago tras la cena de ayer, pero
fue un rato muy bonito y acepto el peaje.
Empiezo el día con el desasosiego
y la apatía en la mochila. Otra vez. Estoy envuelta en una capa pegajosa que me
mantiene atada a la queja, a los absolutismos (“nada tiene sentido”, “todo
es absurdo”), y al “total, ¿pa’qué?” …
“Un pico y una pala, te daba yo.”
El abuelo me habla de repente desde un lugar incierto.
El abuelo le daba un
pico y una pala a todo el que se quejaba por vicio, según interpretaba él, o a los
que se dedicaban a una vida fácil, sin conocer el valor del trabajo duro y del
sacrificio. Seguro que ahora, desde donde esté (que yo creo que su esencia permanece
en algún tipo de frecuencia vibratoria), él ya no piensa así, pero mientras
vivió era fruto de su tiempo y de sus circunstancias, y sus valores, pues eso:
servicio y sacrificio. Y a dejarse de tonterías.
Y hay mucho del abuelo en mí, así
que me castigo un rato por sentirme así, teniendo la vida que tengo. Tendría
que dejarme de tonterías. Pero es que son ellas, que no me dejan a mí.
Bueno, da igual, con apatía,
desasosiego, revoltijo y mucha tontería, vamos a por el día.
Menos mal que a la Vida le dan
igual mis estados de ánimo y amanece plena y hermosa, esté yo mustia o radiante.
Es verdad que, si estoy mustia, la mera contemplación de su esplendor ya me
sube mucho la moral. Hoy no estoy frente al mar que me ha regalado tantos bellos
y serenos espectáculos cada mañana en mis vacaciones. Pero hay árboles en mi
calle madrileña. A mi almez lo puedo tocar desde el balcón. Lo saludo cada mañana
y me llega su saludo de vuelta, más silencioso y más profundo.
Enciendo las velas de mi altar e
invoco a eso que es más que “yo”: encárgate tú, que yo hoy no doy pa’ná. Por mí y por todos mis compañeros, ya sabes.
Hago mi rutina de ejercicios:
saltitos, estiramientos, movilizaciones, abdominales y flexiones. Todo en pequeñas
dosis: de siete a veintiuna repeticiones, máximo.
Añado un poquito de “tapping”.
Escucho unas palabras atribuidas
a Jesús, canalizadas por Pamela Kribbe. Las palabras justas, la vibración
adecuada…
Recuerdo las palabras de Inés, mientras manteníamos la postura del oso durante el taller: “abrir para dejar pasar”. Y lo hago. Abro y que pase lo que tenga que pasar. Emergen las lágrimas y las lloro sin saber a qué se deben. Razones hay. Como también las hay para reír a carcajada limpia.
Pasa también el juicio. Lo saludo: “hola, pasa tú también”. Si le detengo el paso o lo ignoro, se pone muy tonto. Me enjuicio por amanecer así, tan gris, tan eléctricamente tormentosa.
Bueno, pues sí. Y sigo adelante
más allá del juicio.
Admiro el vídeo que aquel
compañero de retiro ha querido regalarnos desde Bali. ¡Me ha traído Bali a casa!
Gracias, Jose.
Y abriendo paso a lo que se
presenta, abriéndome a la Vida, la vida fluye a través de mí. La capa pegajosa
se va disolviendo, como la miel con el agua caliente. Y vuelvo a vivir en mí
con esa serena alegría que siempre me apetece compartir.
Y aquí estamos. Hoy, esta ha sido la fórmula. Otros días no hago nada y también funciona. Otros, no funciona nada. Y tampoco pasa nada. Todo es Vida.










