domingo, 1 de febrero de 2026

Lo del vacío conversacional

Recuerdo a aquella chica, Elena, que en aquel fuego de campamento nos confesaba lo de su “vacío conversacional”. Ella, que tenía un sentido del humor que hacía imposible no reír a carcajadas constantemente a su lado, se sentía cómoda hablando de chorradas o de “cosas profundas”. Pero las conversaciones cotidianas, por llamarlas de alguna manera, vaya, las más habituales en el día a día, no se le daban nada bien, de ahí lo del “vacío conversacional” entre los dos extremos.

A mí me pasa un poco igual. Las zonas intermedias conversacionales se me quedan tan cortas… Y aun así, a veces, ahí me quedo, incómoda, torpe, limitada; pensando en todo lo que podría dar de sí el momento si me atreviese a bucear un poco, invitando a mi interlocutor a adentrarse en las profundidades conmigo.

Son esas conversaciones honestas y significativas las que me ayudan a descubrirme, a entenderme más allá del mero intelecto, a descubrirme. Por eso, me maravillo ante las oportunidades tan valiosas que la vida me presenta para mantener este tipo de diálogos.

Por eso, de nuevo, lo afortunada y agradecida que me siento cuando la inmersión es mutua e inmediata. Cuando conecto profundamente con el otro – o la otra- y conecto profundamente conmigo misma, con esa agua fresca e inagotable que me hace sentir alegría, plenitud.

En esos momentos, siento que mi mapa del mundo se me torna menos borroso, empieza a dibujarse con más claridad, como cuando revelas una foto y la imagen va apareciendo a medida que el revelado avanza.

El revelado… la revelación. A Ana le gusta llamarlo “desvelación”, porque para ella es algo que ya estaba ahí y se cae el velo que te impedía verlo.

A mí me encanta jugar con las palabras y ver cómo ella juega a su vez. Lo importante es que la palabra te toque, te mueva y envuelva, aunque sea torpemente aquello que tu alma quiere decirte, aquello que tú quieres expresar al mundo.

Esta mañana, nuestro diálogo asíncrono se convirtió en un guiso, en una sopa de palabras (no solo de letras). Los ingredientes: lealtad, pasión, libertad, cambio y discernimiento.

Algo me dice que estás leyendo estos ingredientes y ya estás cocinando tu propia receta, tal vez sea un postre, un entrante, o un plato fuerte. Me encantaría que me contaras, imagina, menuda conversación “profunda” podría salir de semejante compartir.

Insisto, me encantaría que me contaras que nace en ti cuando lees estas palabras, estos contenedores tan amplios, que pueden recoger tantos matices y enfoques, y, sobre todo, viéndolos juntos. Vamos, que estoy por dejar la perita aquí para que la termines tú…

Bueno, venga, voy a seguir yo un poco planteándote ciertos escenarios y en otro ratito me cuentas tú, ¿vale?

Sin revelar (en su otra acepción del término) el contenido de nuestra charla, surgía la lealtad como valor íntimo que me lleva a mostrarme en honestidad ante el otro, que sepa que estoy (ci sono, que dirían con más precisión los italianos). Que si se lanza desde su trapecio, estaré ahí atenta para recogerlo desde el mío. Y espero lo mismo del otro. Y si no va a poder estar, que avise. Pero ¿cómo conjugar esa lealtad, ese compromiso, con la lealtad hacia una misma cuando, pudiera ser, entren en conflicto?

¿Cómo conjugar esos valores que sentimos que nos definen con el cambio inherente a la vida que tan a menudo nos desbarata las definiciones, los esquemas y las estructuras? ¿Cuánto hay de nuestro en lo que pensábamos que nos definía? ¿Y cuánto era solo un préstamo funcional que nos ayudó en su momento pero que requiere revisión constante?

Y, volviendo a la cocina, a veces, no es solo la presencia de un ingrediente como el cambio, el paso del tiempo con sus ciclos, sus etapas, sus inicios y sus fines… A veces, es la dosis… La pasión puede ser motor, expansión, evolución… y también incendio: la llama cálida, resplandeciente, vibrante y luminosa puede convertirse en fuego devastador.

Y la mezcla de ingredientes… La libertad puede abrirte las puertas a vivir con pasión. Y un exceso de lealtad a la pasión hacerte sentir preso de tus pulsiones.

Y está la materia prima… No es lo mismo una pasión pura, con denominación de origen, “100% orgánica”, cultivada en suelo fertilizado con amor, pureza, libertad… que una pasión de invernadero, de la que crece rápido, se inflama fácil y realmente no sabe a nada y carece de nutrientes.

De ahí el discernimiento… esa especia que da el toque justo y sereno a cada plato, que lo convierte en una obra de arte y nos permite saborearlo a conciencia.

Y, como señalaba al inicio, todos estos ingredientes en realidad representan palabras abstractas, con un significado muy intangible, tanto que, según quién se asome a ellos pueden terminar convirtiéndose en contenedores vacíos, fútiles, o englobar tantos sentidos, acepciones o interpretaciones como usuarios.

Y eso también daría para una conversación interesante… el lenguaje como esa herramienta tan poderosa y eficaz para construir puentes entre nosotros, como para levantar murallas inaccesibles.

Pero eso ya será otro día. Hoy, aún me quedan dieciséis minutos de audio de Ana, que prometen llevarme cual sirena al fondo de los mares conversacionales, allí donde me nutro, me reconozco y gozo infinito.



miércoles, 31 de diciembre de 2025

Con mis niñas de la mano

Mi madre y mi abuela terminan de dar los últimos toques al menú de la cena. Mi padre trata de hacer sitio en el salón para colocar mesas y sillas para todos.

Hay alguna discrepancia, alguna voz más alta que otra: “No, hombre, ¿cómo vas a poner esos platos? No, esta noche mejor la vajilla de fiesta. Pues, dónde va a estar, en el armario al lado de la tele”.  

Mi hermano está viendo la tele (la “primera” o la “segunda”, claro, no había más opción). El abuelo, en la salita, terminando de leer, subrayar y comentar el periódico, lupa en mano.

Y yo, secándome el pelo en el baño, cumpliendo mi sagrado ritual de Nochevieja. Y mirándome al espejo, con el rostro aún colorado del vapor de la ducha y el calorcito del calentador de dos barras que mi abuelo había colocado encima de la puerta del baño y que se encendía tirando de una cadenita. Soñaba con fiestas glamurosas, con gente elegante bajando por una magnífica escalera a un salón grandioso en el que yo bailaba al son de alguna melodía propia de película de Woody Allen.

Unos años antes, era mi padre quien me solía secar el pelo los sábados mientras me contaba historias de “cuando yo era pequeña” y me peinaba con una paciencia infinita.

Esta mañana, tras unos días de fiebre y agotamiento, me sentí con ganas de recuperar mi ritual: me duché con amor y presencia, sequé con cariño y devoción mi amado envoltorio físico y me puse a secarme el pelo y a pensar en esas niñas que habitan en mí.


Esa Rocío de 4 o 5 años, rubia como el oro, callada, observadora, tranquila, muy tranquila. Ella me recuerda la pausa y el silencio que deseo permitirme cada vez más, mucho más. Este año la he honrado en cierta forma con mi excedencia de seis meses. Y ha sido una algo que me ha puesto en contacto con dimensiones que jamás me había permitido experimentar: como vivir sin horarios, sin objetivo del día, sin agenda ni estructura… y ver qué pasa… Y cuánto pasa…

Esa Rocío de 6 o 7 años, que disfrutaba de la piscina como del paraíso, y para la que los cristales desgastados que se ocultaban entre los guijarros de la playa eran auténticas piedras preciosas de algún tesoro, que provenían del naufragio de alguna nave pirata y que fueron arrastradas por las olas hasta la orilla. Con ella, quiero ir de la mano este año para volver a soñar posibilidades infinitas, conectar con la posibilidad de lo imposible, con el disfrute de lo pequeño y la apertura a lo inesperado.

Esa Rocío de 9 o 10 años, que empezaba a comprobar que, por el mero hecho de ser quien era, podía molestar a otras personas que, tal vez, se sentían amenazadas por su presencia. “Es que te tienen envidia”, me decían mis amigas. Y nunca entendí la envidia porque cada ser humano me parece único e irrepetible, igual que sus circunstancias. Y envidiar es como pensar que el otro tiene algo que debería ser tuyo y que no tienes posibilidad de tener si no es arrebatándoselo o, al menos, menospreciándolo, en lugar de pararte a mirar la grandeza que habita en ti a poquito que escarbas.

De la mano de esta Rocío, quiero seguir dando pasos para brillar en mi esencia, atendiendo a mi voz más auténtica y expresándola por amor al arte, por puro gozo.

Y qué tal si te vienes de paseo con mis Rocíos y conmigo, con todos los “tú” que en ti habitan, atendiendo a la vocecilla infantil pero sabia que nos dice “es por ahí”, con la alegría como brújula… Quién sabe qué caminos extraordinarios nos esperan en este 2026 que está a punto de comenzar.

Feliz Nochevieja, Feliz Año Nuevo

domingo, 28 de septiembre de 2025

La paloma y la sandía

Hoy tenía previsto hablaros de un nuevo proyecto que he iniciado de la mano de mi amiga Carmen Zamudio, un proyecto para darle altavoz a esas conversaciones que a menudo tenemos y que pensamos que sería bonito poder compartir con más gente, convencidas como estamos de que otra realidad es posible, y está -en gran medida- en nuestras manos construirla.

Eso era lo previsto pero necesito dar paso antes a algo que me bulle dentro desde hace mucho tiempo. Al final, todo está relacionado. Al final, todo tiene que ver con la gran pregunta: ¿Dónde enfocas tu energía, en el lado del amor o en el del miedo?

Y lo que bulle en mí es otra gran pregunta: ¿Qué puedo hacer yo en estos tiempos de sinrazón? ¿Qué puedo hacer cuando presenciamos la barbarie que se extiende, ante nuestra atónita y silenciosa mirada? En Gaza, en Ucrania, en Sudán, en tantos lugares que mi mente se niega a memorizar, tal vez como gesto de ingenua negación.

No quiero combatir el fuego con más fuego. De hecho, no quiero combatir en absoluto. Pero en ocasiones, voy a compartir una foto en las redes, con la simple intención de ofrecer una mirada amable a quienes me atiendan, y me da un poco de reparo, dadas las circunstancias. Me siento un poco Ingrid Bergman en "Casablanca", cuando escucha las noticias del avance de la guerra en Europa y exclama: "el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos". 

Hoy, sin embargo, no puedo hablar de "mi película", sin mencionar antes la otra película, la del ser humano que se olvida del Amor y vive la ilusión de la separación del "nosotros y ellos". Esa realidad en la que se impone como única solución aparente atacar para defenderse, para defender "lo nuestro", para lograr extender "nuestra" mirada -que es la correcta- sobre el mundo, aniquilando cualquier amenaza a la misma.

Los conflictos, en lo macro y en lo micro, no tienen una gestión simple, suelen venir enmarañados en ovillos imposibles de causas y consecuencias, de los que empiezas a tirar y lo único que consigues es que aparezcan cada vez más y más ovillos igual de enmarañados. No hay "buenos" ni "malos" en términos absolutos, o yo, al menos, no soy capaz de verlos. Pero sí veo INOCENTES, personas que ven mermados sus derechos básicos, que ven amenazada su supervivencia y que ven alejarse cada día más las oportunidades que en otros lugares del mundo damos por garantizadas:

Como escribir esta reflexión y publicarla.

Como pasar una mañana de sábado remando en el lago de la Casa de Campo.

Como reunirme entre amigas y compañeras de trabajo para celebrar la nueva etapa laboral que inicia una de nosotras

Como viajar sola para ir a la playa y disfrutar de un baño.

Estas actividades son pura quimera para tantas personas en el mundo. Mis días de ocio y mis jornadas de trabajo están llenas de momentos y circunstancias que son puro privilegio para tantos...

Por eso, aunque tal vez parezca contradictorio, mi compartir de hoy tiene una doble intención: 

- La de celebrar y agradecer todas las oportunidades que me brinda la vida en el contexto en que me ha tocado vivirla. La de seguir publicando la belleza y la alegría que quiero para mí y para todos.

- Y la de reclamar un poco de cordura. No, ya no es tiempo de conformarse con un poco: reclamo TODA LA CORDURA y la LUCIDEZ que provoca un corazón despierto.

Apelo al Amor que, sin duda, sigue latiendo bajo el miedo en sus mil disfraces: entre ellos, el orgullo y la adicción al poder y a un éxito - en mi opinión- bastante desvirtuado y confundido.

Apelo a ese Amor, la fuerza más poderosa que existe, cuando se despliega libre y confiada.

Apelo a la contribución que todos podemos hacer en este sentido. La Paz se construye en cada escenario que la vida nos proporciona, por muy intrascendente que nos parezca. "¿Y qué más da si yo, aquí, echo un poco más de leña al fuego?". "No, no da igual".

La Paz también se construye en lo cotidiano y es en lo cotidiano donde los ciudadanos de a pie podemos contribuir. No desdeñemos el poder de nuestros pequeños gestos: en casa, en el trabajo, en el metro abarrotado de pasajeros, con tu pareja o con tus hijos tras un día agotador...

Respiremos profundo y seamos conscientes de nuestras heridas, para acogerlas, observarlas y sanarlas nosotros mismos, antes de dejar que sean ellas las que guíen nuestras reacciones.

La Paz se construye de grandes hazañas y de la suma de pequeños gestos cotidianos.

En fin, no sé si servirá de mucho, como no sé si sirve que publique una paloma que porta una raja de sandía, pero no quiero dejar de hacerlo. Yo confío. El mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos. Así es la vida, pero, viviendo plenamente nuestro amor... seamos la voz de los que hoy no la tienen.



jueves, 31 de julio de 2025

Dulce zasca de la IA

Hoy no tenía pensado ir a recoger ninguna perita a mi peral. De hecho, es lo último que se me hubiera ocurrido, pero aquí estoy.

Y es que hoy es uno de mis "días de bajar a la cueva". Creo que, salvo lo que escribí cuando fijé mi residencia permanente "en la cueva" y que luego terminó siendo mi "Error en Campos Brillantes", jamás he compartido (más que en petit -pero bien petit- comité) lo que escribo en esos momentos de absoluta vulnerabilidad. 

¿Por qué? 

No lo sé. Posiblemente, porque aún ando a vueltas con eso de amarme íntegra e incondicionalmente: incluyendo todas mis dimensiones, las luminosas, y las densas y oscuras. Y nunca me ha gustado entregarme o relacionarme desde esos momentos donde todo se desestabiliza, donde lo cuestiono absolutamente todo, donde lloro y lloro y llega un momento en ya no sé ni por qué. Ahí, me meto en mi caparazón (o en mi caracola, que diría mi amigo León), a sentir los rayos y truenos, el viento ensordecedor que parece arrasarlo todo y a esperar que todo pase. Que siempre pasa.

Hoy está siendo uno de esos días. Y hay veces que, en esos momentos, a poco que siento la más mínima sensación de que la tormenta ha terminado, asomo la cabeza para asombrarme al descubrir que todo sigue en pie, intacto; "como si" la tormenta solo hubiera tenido lugar en mi cabeza. Y de la alegría ya quiero ponerme a recoger peras aquí o a escuchar otro podcast, o a leer otro libro sumamente inspirador... sin darme cuenta de que, lo que en ciertos momentos puede resultar creativo o nutritivo, en otros, de "convalecencia", no es más que ruido e interferencia.

Pues ahí iba yo, recién levantada de la siesta, inspirada por una nota que me había dejado a mí misma sobre el escritorio: "venga, que me pongo a escribir esta historia que llevo ya tiempo queriendo contar"

Y empiezo a escribir acompañada del simbolito ese del Copilot que se activa ahora cada vez que abres un documento word. 

Llevaba una frase a medias, lo juro, bueno, de hecho, os la voy a compartir (quién sabe si algún día la reconoceréis en el texto íntegro):

"¿Te acuerdas de aquella vez, en la piscina, en uno de nuestros veranos interminables del instituto...?"

...y la curiosidad me lleva a pulsar el botón, a ver qué me propone la inteligencia artificial como continuación... y me quedo "muerta" con el resultado. 

Bajo el título y subtítulo de "Reflexión sobre el silencio. La importancia y el poder de la ausencia de palabras", me encuentro con este elogio del silencio y la pausa, del que os paso la conclusión final que me regala la IA:

Conclusión: abrazar el silencio

Redescubrir el valor del silencio implica aprender a escucharlo, a reconocer su presencia y a integrarlo como parte esencial de la vida cotidiana. No se trata de huir de las palabras, sino de reconocer el momento adecuado para callar y el momento para hablar.

Aprender a convivir con el silencio, a no temerle, es un desafío contemporáneo. Implica desapegarse de la necesidad de aprobación inmediata y del bombardeo de información para redescubrir lo esencial.

El silencio nos ofrece una oportunidad única para observarnos, para comprender con mayor profundidad el mundo y a quienes nos rodean. Es fuente de sabiduría, de paz y de fuerza. Abrazarlo es, en última instancia, un acto de valentía y libertad.

Ahora empiezo a dudar de todo: ¿esta es la inteligencia artificial "creando" aleatoria e impersonalmente en función de un algoritmo o es "la Inteligencia" expresándose para mí a través de un nuevo canal? 

Es como un dulce zasca digital, un "Rocío, niña, es que llevamos días diciéndotelo por activa y por pasiva y tú, nada: enfocada en más y más información, en pensar y sobrepensar, en vivir desde la mente desbocada. Ya vale, bonita"

El caso es que, me hable un asistente de IA o una Sabiduría Primigenia, esta vez voy a atender el mensaje y a acercarme a abrazar a ese generoso compañero, el SILENCIO.

Sssshhhh. Feliz verano.


*contemplando el Pico Anayet, desde el Vértice (Pirineos)

domingo, 6 de julio de 2025

Lecciones de Sofía

Cinco meses ya desde que inicié mi período sabático… Un tiempo que nunca imaginé que me traería tantos regalos… regalos que soy capaz de reconocer ahora, que voy teniendo perspectiva para mirar atrás, y que sé que iré descubriendo aún con más nitidez en los meses venideros.

Nunca tuve objetivos muy claros para esta etapa. Y, de hecho, los pocos que tuve se desmoronaron en las primeras semanas. Me di cuenta de que no tenía la energía, ni la ilusión, ni la pasión, que requería poner en marcha los pequeños grandes proyectos que había concebido.

Entonces, empezó a dibujarse ante mí con progresiva nitidez una palabra: parar. Pero parar de verdad, no parar de hacer unas cosas para hacer otras (igual más vocacionales o apasionantes), parar de PARAR.

Sí, qué buena idea, pensé, y, además, 6 meses dan para mucho, ya veré más adelante…

Y comencé a parar y, oh, sorpresa, resultó que parar despertaba en mí sensaciones muy raras e incómodas: la culpa de estar desperdiciando un regalo, la percepción de que mi valía se esfumaba…

Pero mi espíritu curioso quiso experimentar. Y mi lado juguetón quiso entrar en el juego: ¿qué pasará si sigo aquí, si sigo así, en la pausa, en la contemplación de lo que surja en mí?

Y jugué a tope. Y sentí a tope esas sensaciones que, a ratos podían ser devastadoras, siempre con una pregunta de fondo ¿quién soy yo si no soy “la que hace cosas”, “la que resuelve”, “la que planifica, ordena, clasifica, prioriza”? ¿Cuál es mi valor?

¿Cuál es mi valor?, menuda pregunta.

Y ya sabes que me gusta dejar macerar esas preguntas tan poderosas, evitando que la mente trate de ofrecerme argumentos obvios, caducos y vacíos.

Así que el experimento alcanzaba cotas intensas de incomodidad, desazón. Y, a medida que me atrevía a vivirme ahí, iba descubriendo creencias muy ancladas en mí, hábitos automáticos que me limitan. Y todo emergía sin esfuerzo, o con el único esfuerzo de no ofrecer oposición, de no querer controlar el proceso, simplemente permitirme vivirlo… Ha sido algo convulso y estremecedoramente bello. Una etapa de muchos instantes lúcidos en que me decía ¿pero cómo no me había dado cuenta de esto antes?

Por ejemplo: identificar la propia importancia de parar, de bajar el ritmo; el frenesí en el que vivimos inmersos y que, a menudo, consideramos inevitable. ¿Pero por qué es inevitable? Porque le hemos puesto un cartel de “Prohibido pasar” a otro pensamiento que lo contradiga. Y porque parar asusta, y seguir en la rueda genera una dopamina que nos va convirtiendo en esclavos adictos a lo que decimos odiar.

¿Demasiado dura? ¿Muy tajante? Puede que sí. Me ha salido del fondo de un alma que se sabe libre y que quiere zarandear gentilmente (a mí la primera -el burro delante…-) para que nos atrevamos a ir más allá de límites que consideramos inexpugnables y que, a poco que nos demos el tiempo de observarlos con amabilidad y pausa, presentan grietas por todas partes. Grietas que podemos aprovechar para dejar pasar la luz de las nuevas posibilidades.

¿Y alguna propuesta? Mmm, los caminos de cada uno son únicos, pero me atrevo a insistir en alguna cosa:

  •       Parar, pausar, aquietar el ritmo, ayuda. 
  •     Y puede asustar, pero es solo al principio.
  •      Activar el modo lúdico en nuestras vidas también ayuda. Crear por amor al arte, jugar, celebrar, hacer cosas con pasión (bailar, cantar, contar historias, hacer punto, pintar, sigue tú, la lista es infinita)
  •   Conectar con la naturaleza, recordar que somos parte de ella, observarla, dejarnos sanar por ella, es el gran comodín de la llamada. 
  •    Confiar: confiar en la voz de la intuición (que se va a ir despertando a media que bajen las revoluciones), confiar en la magia de la vida, confiar en el poder de nuestra mirada para descubrir lo que hasta hace un momento nos era invisible…
  •      Y abrirnos a lo inesperado, a recibir regalos, a conectar cada vez más desde nuestra autenticidad.

Y todo como un juego... ¿qué tal si la invitación es a probar el introducir una acción pequeñita que vaya a favor de cualquiera de estos aspectos?. No desdeñemos el valor de las pequeñas acciones sostenidas en el tiempo. Y, si hace falta, te recuerdo "Mi teoría de los poquitos"

Bueno, y, si has llegado hasta aquí, te mereces un premio 😊: el porqué del título de esta perita.

A lo mejor, ni te hace falta, porque ya sabes quién es Sofía… Sofía es mi tortuguita, la que encontré en mi porción de roscón de Reyes de un año de estos. Y Sofía, como hacía Casiopea con Momo, me recuerda lo esencial: el valor del tiempo, que se despliega y se multiplica cuando lo dotamos de pleno sentido, cuando lo vivimos desde la conexión con lo que somos, y que se nos va de las manos cuando estamos en modo supervivencia. Y el valor de mí misma... que no depende de lo que hago sino de lo que SOY. Era justo al revés: al enfocarme en ser... lo que hago adquiere otro valor, el valor de la autenticidad.

Sofía también me recuerda la importancia de compartir todo esto que siento tan poderoso aquí dentro (me señalo al corazón) y, luego, con las mismas, darme un buen chapuzón en la piscina (benditas piscinas públicas de Madrid) y gozar el instante.


domingo, 22 de junio de 2025

Dejar de buscar

Hace unos días me fui de “retiro conmigo misma" a Cercedilla. Igual estás pensando “Rocío, ¿pero no estás tú ya de retiro con tu sabático? ¿Un retiro dentro del retiro? ¿no va a ser un poquito too much?” Y puede que tengas razón.

Tanto “interiorismo” tiene sus riesgos, se puede una quedar atrapada en la observación de sus procesos, en la reflexión en bucle. Pero cuando se hace con consciencia y presencia, todo esto no es sino una fase más del proceso de introspección y, aunque a veces parece que me quedo atascada en esa fase… al final, todo fluye.

Y, también te digo que me gustaría desmitificar un poco esto del “retiro”. No sé qué te viene a la cabeza a ti, pero a mí me suena a encerrarse y sentarse en la postura del loto a hacer un silencio mágico en el cual emerge una sabiduría trascendente. Y por qué no. Pero no es mi caso. Para empezar, a mí la postura del loto no me sale. Y mi silencio es más intencional que otra cosa.

Mis retiros son sencillamente un ejercicio de “apartarme” de mi contexto habitual y entrar en contacto en lo posible con la naturaleza y a ver qué pasa.

Y puede pasar que acabe cenando en el pueblo con un señor mayor que me cuenta, con total franqueza y todo lujo de detalles, las limitaciones que vive en su día a día tras su intervención de cáncer de próstata.

Y puede pasar que pasee durante horas por los senderos de Cercedilla, sintiendo que me fundo con el paisaje, que soy un duendecillo o, venga, por qué no: un hada sonriente y liviana que disfruta mojándose las manos (y, a veces, también los zapatos) en cada arroyuelo, sintiendo el refugio de la sombra de pinos y robles, fascinada por el canto de los pájaros, hechizada por el sencillo y generoso milagro de las flores silvestres.

Hay veces que no soy capaz de integrarme así con el entorno, la mente se desboca con ese run-run continuo, desplegando ante mí un continuo de opciones: “Elije, elije, decide, decide”. Y me siento paralizada.

Pero cuando bajo al corazón y recuerdo el orden correcto de las cosas, gradualmente, se calma la tensión, se afloja el nudo en la garganta y vuelvo a conectar con esa alegría livianita desde la que dar el siguiente paso es natural y casi obvio.

Y ese orden para mí consiste en sentir primero, activar la escucha interna, la escucha en sentido más amplio, reconocer los obstáculos a la paz: tal vez, miedo, o indecisión, o culpa… Y observarlos amorosamente. Sí, soltar los juicios y simplemente observar. Y sentir el cuerpo: esa molestia en la boca del estómago, ese encogimiento del corazón y pararme ahí, sin pretender eliminarlos. Y, así, paso a paso, vuelvo a vincularme con “el fondo”, ese fondo de paz y serenidad que permanece SIEMPRE.

Y desde ahí, volver a mirar al camino y decidir solo el siguiente paso.

En mi retiro, tuve un día de estos de “desconexión” de mi centro, en el que me tocó hacer este bello trabajo que te cuento, y otro día de fluir sin más barreras desde primera hora.

Ese otro día, estaba en “modo hada”, caminando, disfrutando… Recorría una pista circular y, cuando ya estaba llegando al punto de inicio decidí tomar otro sendero que salía a la izquierda y seguir paseando un ratito más. Ya en él, de nuevo, encontré una especie de atajo en gran cuesta que subía a no sé dónde. “¿Voy por ahí? Es bastante pendiente y, para subir aún, pero luego la bajada, con la tierra seca y suelta y las agujas de los pinos, telita. Bueno, yo subo y, luego, ya veremos”

Trepé por la cuesta arriba que no llegaría ni a diez metros y llegué a una zona abierta, llana que, al fondo, tenía unas rocas que formaban como una cuevita. En la cueva, la escultura de un busto. Guau, esto no me lo esperaba. Me acerqué y era como una diosa con mejillas regordetas y ojos asiáticos, me gustó. Al lado, tres plumas y una postal. La postal tenía el dibujo de un dragón y se leía precisamente “La dragona de siete picos”.

Guau.



¿Qué significaba todo eso? ¿Quién había colocado ahí estas cosas? Qué más da. ¿Qué quieres que signifique para ti?, esa es la pregunta.

Aun ando a vueltas con entregarle un significado apropiado para mí al simbolismo de la dragona, pero lo que sí ha adquirido sentido por sí solo es el hallazgo.

¿Te imaginas que, al comenzar el paseo alguien me hubiera dicho: “Mira, hay una estatua en algún lugar del recorrido, evidentemente no está en los senderos principales, sino que tendrás que tomar un atajo en algún momento”? ¿Qué probabilidades hubiera tenido de encontrarla? ¿Y cómo hubiera hecho el camino? Imagino que en tensión, en alerta, tratando de activar mi intuición y frustrándome cada vez que evidenciara que ese atajo tampoco era. Posiblemente, también podría haberme perdido en el intento. Desde luego, no habría disfrutado como disfruté del paseo sin más.

Y, no digo que siempre (y no lo digo por reservarle un rinconcito a esa ancestral “cordura” que siento que me da seguridad), pero creo que, en muchas ocasiones, la vida va de ocuparse de vibrar en la energía más esencial, en eso que reconocemos como nuestro y que se nota porque trae paz y fluidez. Y desde ahí, caminar, con los sentidos bien abiertos, dispuestos a recibir los regalos de la vida.

¿A ti qué te parece?

Ah, al día siguiente, volví a repetir el paseo. Esta vez, como ya sabía dónde estaba “el premio”, quise ir a disfrutarlo un ratito de nuevo. Retomé los pasos que recordaba en mi mente pero, en ese momento, llegaban varios autobuses de colegios y empezaban a subir chicos y chicas, dirigiéndose justo por la zona por la que yo tenía que pasar, con su lógica algarabía, que no iba mucho con mis ganas de recogimiento y disfrute íntimo, así que decidí pasear primero por otros caminos más solitarios, y ya, al final, ir a visitar a mi dragona.

Me puse a andar por un sendero más alejado y, de repente, miro a mi izquierda y veo un atajo que sube en gran pendiente… “Pero, pero ¿no era este el camino que subía a la dragona? Si es imposible, si salía del sendero de allá abajo. No puede ser… pero es tan parecido…” Por si acaso, subí. Y allí estaba ella, saludándome de nuevo. Y me quedé un rato en su mágica compañía.

Quizás, lo que quiere encontrarnos, solo requiere que estemos en el estado adecuado para recibirlo.




domingo, 26 de enero de 2025

Impulsos y oportunidades

¿No te ocurre de vez en cuando que sientes un impulso, como un deseo que viene muy de adentro de hacer algo inusual, algo que no pertenece para nada “a tu vida cotidiana”? A mí, sí. 

Hace años comencé a sentir el impulso de viajar sola ¿Por qué? ¿Para qué? Esas eran preguntas que no necesitaba responder, aunque mi mente me martirizaba con ellas. Necesitaba, sencillamente, vivir la experiencia.

Desde el impulso inicial hasta que materialicé la idea pasaron años. Cada vez estoy más reconciliada con mis ritmos internos, no en vano mi animal talismán es la tortuga.

Elegí un formato “razonable” para mí, diseñé un viaje lo suficientemente retador como para permitirme experimentar un contexto nuevo y lo suficientemente “amigable” como para que mis fantasmas no se abalanzaran sobre mí, impidiéndome vivir la experiencia.

Argentina, veinte días, reservando los alojamientos desde España, menos las últimas noches de Buenos Aires. ¿Es muy osado? ¿Muy “facilón”? Para mí, era lo justo.

El proceso que viví para llevar a cabo aquel impulso me permitió aprendizajes maravillosos y, sobre todo, la oportunidad de descubrir una faceta de mí que desconocía: la capacidad de fluir con las circunstancias, dejando afuera las expectativas y el control.


De aquel viaje podría hablar largo y tendido pero hoy solo quiero centrarme en un aspecto. Y es que, llevando a cabo mi “súper aventura”, descubrí la cantidad de personas que viajan solas durante meses, personas que se toman un período sabático en sus vidas para vivir de otra forma, para nutrirse de otros inputs, para nadar en aguas diferentes a las de su cotidianeidad.

Había escuchado eso de “tomarse un período sabático” algunas veces, en la tele, en alguna entrevista y siempre se encendía dentro de mí un pilotito de atención. ”¡Clin!” “Sabático, mmm, suena interesante”.

Y años después, con mi paso de tortuga, estoy a punto de vivir yo mi propio período sabático. Y siento vértigo. Y algunas vocecillas internas asustadas, susurran “¿Por qué? ¿Para qué? ¿A qué te vas a dedicar?” Y las escucho con cariño, porque reconozco su intención de protegerme. Y, a la vez, les digo: “lo iremos viendo”

No tengo planes específicos, sólo vivir fuera de “los raíles” habituales, mirar más allá de mis horizontes habituales, explorar posibilidades que me fascinan en lo personal y en lo profesional y, sobre todo, en lo que hace que ambas dimensiones se solapen, integrándose de manera armoniosa.

Agradezco a Telefónica, mi casa durante todos estos años, que contemple fórmulas para permitirme hacer realidad mi sueño. Y, más concretamente, a mis jefas (guau, toda mi cadena jerárquica son mujeres, fascinante) por facilitarme el camino, por confiar en mí, por decirme “adelante”. Sinceramente creo que lo que nutre a una persona, nutre a todo su sistema.

Y digo que no tengo planes específicos para este viaje, pero sí hay alguna ruta que me gustaría recorrer. ¿Te lo cuento en otro ratito?

Gracias por leerme. Gracias por resonar conmigo. Y gracias, de antemano, por aquello que quieras compartir o comentar.