domingo, 1 de febrero de 2026

Lo del vacío conversacional

Recuerdo a aquella chica, Elena, que en aquel fuego de campamento nos confesaba lo de su “vacío conversacional”. Ella, que tenía un sentido del humor que hacía imposible no reír a carcajadas constantemente a su lado, se sentía cómoda hablando de chorradas o de “cosas profundas”. Pero las conversaciones cotidianas, por llamarlas de alguna manera, vaya, las más habituales en el día a día, no se le daban nada bien, de ahí lo del “vacío conversacional” entre los dos extremos.

A mí me pasa un poco igual. Las zonas intermedias conversacionales se me quedan tan cortas… Y aun así, a veces, ahí me quedo, incómoda, torpe, limitada; pensando en todo lo que podría dar de sí el momento si me atreviese a bucear un poco, invitando a mi interlocutor a adentrarse en las profundidades conmigo.

Son esas conversaciones honestas y significativas las que me ayudan a descubrirme, a entenderme más allá del mero intelecto, a descubrirme. Por eso, me maravillo ante las oportunidades tan valiosas que la vida me presenta para mantener este tipo de diálogos.

Por eso, de nuevo, lo afortunada y agradecida que me siento cuando la inmersión es mutua e inmediata. Cuando conecto profundamente con el otro – o la otra- y conecto profundamente conmigo misma, con esa agua fresca e inagotable que me hace sentir alegría, plenitud.

En esos momentos, siento que mi mapa del mundo se me torna menos borroso, empieza a dibujarse con más claridad, como cuando revelas una foto y la imagen va apareciendo a medida que el revelado avanza.

El revelado… la revelación. A Ana le gusta llamarlo “desvelación”, porque para ella es algo que ya estaba ahí y se cae el velo que te impedía verlo.

A mí me encanta jugar con las palabras y ver cómo ella juega a su vez. Lo importante es que la palabra te toque, te mueva y envuelva, aunque sea torpemente aquello que tu alma quiere decirte, aquello que tú quieres expresar al mundo.

Esta mañana, nuestro diálogo asíncrono se convirtió en un guiso, en una sopa de palabras (no solo de letras). Los ingredientes: lealtad, pasión, libertad, cambio y discernimiento.

Algo me dice que estás leyendo estos ingredientes y ya estás cocinando tu propia receta, tal vez sea un postre, un entrante, o un plato fuerte. Me encantaría que me contaras, imagina, menuda conversación “profunda” podría salir de semejante compartir.

Insisto, me encantaría que me contaras que nace en ti cuando lees estas palabras, estos contenedores tan amplios, que pueden recoger tantos matices y enfoques, y, sobre todo, viéndolos juntos. Vamos, que estoy por dejar la perita aquí para que la termines tú…

Bueno, venga, voy a seguir yo un poco planteándote ciertos escenarios y en otro ratito me cuentas tú, ¿vale?

Sin revelar (en su otra acepción del término) el contenido de nuestra charla, surgía la lealtad como valor íntimo que me lleva a mostrarme en honestidad ante el otro, que sepa que estoy (ci sono, que dirían con más precisión los italianos). Que si se lanza desde su trapecio, estaré ahí atenta para recogerlo desde el mío. Y espero lo mismo del otro. Y si no va a poder estar, que avise. Pero ¿cómo conjugar esa lealtad, ese compromiso, con la lealtad hacia una misma cuando, pudiera ser, entren en conflicto?

¿Cómo conjugar esos valores que sentimos que nos definen con el cambio inherente a la vida que tan a menudo nos desbarata las definiciones, los esquemas y las estructuras? ¿Cuánto hay de nuestro en lo que pensábamos que nos definía? ¿Y cuánto era solo un préstamo funcional que nos ayudó en su momento pero que requiere revisión constante?

Y, volviendo a la cocina, a veces, no es solo la presencia de un ingrediente como el cambio, el paso del tiempo con sus ciclos, sus etapas, sus inicios y sus fines… A veces, es la dosis… La pasión puede ser motor, expansión, evolución… y también incendio: la llama cálida, resplandeciente, vibrante y luminosa puede convertirse en fuego devastador.

Y la mezcla de ingredientes… La libertad puede abrirte las puertas a vivir con pasión. Y un exceso de lealtad a la pasión hacerte sentir preso de tus pulsiones.

Y está la materia prima… No es lo mismo una pasión pura, con denominación de origen, “100% orgánica”, cultivada en suelo fertilizado con amor, pureza, libertad… que una pasión de invernadero, de la que crece rápido, se inflama fácil y realmente no sabe a nada y carece de nutrientes.

De ahí el discernimiento… esa especia que da el toque justo y sereno a cada plato, que lo convierte en una obra de arte y nos permite saborearlo a conciencia.

Y, como señalaba al inicio, todos estos ingredientes en realidad representan palabras abstractas, con un significado muy intangible, tanto que, según quién se asome a ellos pueden terminar convirtiéndose en contenedores vacíos, fútiles, o englobar tantos sentidos, acepciones o interpretaciones como usuarios.

Y eso también daría para una conversación interesante… el lenguaje como esa herramienta tan poderosa y eficaz para construir puentes entre nosotros, como para levantar murallas inaccesibles.

Pero eso ya será otro día. Hoy, aún me quedan dieciséis minutos de audio de Ana, que prometen llevarme cual sirena al fondo de los mares conversacionales, allí donde me nutro, me reconozco y gozo infinito.



2 comentarios:

  1. Realmente te he descubierto este año, y las conversaciones que he tenido contigo me han permitido conocer a alguien que tiene todos los ingredientes de esa receta: se enfrenta a la vida sin miedos, con pasión y libertad, afrontando los grandes cambios que le ha tocado vivir, y con quien disfruto debatir e intercambiar opiniones. Me ha encantado descubrirte, y espero que sigamos compartiendo esos pequeños (y grandes) pensamientos sobre la vida y los caminos por los que nos lleva deambulando! 😘

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    1. Guau, Eva... Gracias. Y sabes que es recíproco. El sentir y las ganas de seguir compartiendo. ¡Allá vamos!

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