Cinco meses ya desde que inicié mi período sabático… Un tiempo que nunca imaginé que me traería tantos regalos… regalos que soy capaz de reconocer ahora, que voy teniendo perspectiva para mirar atrás, y que sé que iré descubriendo aún con más nitidez en los meses venideros.
Nunca tuve objetivos muy claros
para esta etapa. Y, de hecho, los pocos que tuve se desmoronaron en las
primeras semanas. Me di cuenta de que no tenía la energía, ni la ilusión, ni la
pasión, que requería poner en marcha los pequeños grandes proyectos que había
concebido.
Entonces, empezó a dibujarse ante
mí con progresiva nitidez una palabra: parar. Pero parar de verdad, no parar de
hacer unas cosas para hacer otras (igual más vocacionales o apasionantes),
parar de PARAR.
Sí, qué buena idea, pensé, y,
además, 6 meses dan para mucho, ya veré más adelante…
Y comencé a parar y, oh, sorpresa,
resultó que parar despertaba en mí sensaciones muy raras e incómodas: la culpa
de estar desperdiciando un regalo, la percepción de que mi valía se esfumaba…
Pero mi espíritu curioso quiso
experimentar. Y mi lado juguetón quiso entrar en el juego: ¿qué pasará si sigo
aquí, si sigo así, en la pausa, en la contemplación de lo que surja en mí?
Y jugué a tope. Y sentí a tope
esas sensaciones que, a ratos podían ser devastadoras, siempre con una pregunta
de fondo ¿quién soy yo si no soy “la que hace cosas”, “la que resuelve”, “la
que planifica, ordena, clasifica, prioriza”? ¿Cuál es mi valor?
¿Cuál es mi valor?, menuda
pregunta.
Y ya sabes que me gusta dejar
macerar esas preguntas tan poderosas, evitando que la mente trate de ofrecerme argumentos
obvios, caducos y vacíos.
Así que el experimento alcanzaba
cotas intensas de incomodidad, desazón. Y, a medida que me atrevía a vivirme
ahí, iba descubriendo creencias muy ancladas en mí, hábitos automáticos que me
limitan. Y todo emergía sin esfuerzo, o con el único esfuerzo de no ofrecer
oposición, de no querer controlar el proceso, simplemente permitirme vivirlo…
Ha sido algo convulso y estremecedoramente bello. Una etapa de muchos instantes
lúcidos en que me decía ¿pero cómo no me había dado cuenta de esto antes?
Por ejemplo: identificar la propia
importancia de parar, de bajar el ritmo; el frenesí en el que vivimos inmersos
y que, a menudo, consideramos inevitable. ¿Pero por qué es inevitable? Porque le
hemos puesto un cartel de “Prohibido pasar” a otro pensamiento que lo
contradiga. Y porque parar asusta, y seguir en la rueda genera una dopamina que
nos va convirtiendo en esclavos adictos a lo que decimos odiar.
¿Y alguna propuesta? Mmm, los
caminos de cada uno son únicos, pero me atrevo a insistir en alguna cosa:
- Parar, pausar, aquietar el ritmo, ayuda.
- Y puede asustar, pero es solo al principio.
- Activar el modo lúdico en nuestras vidas también ayuda. Crear por amor al arte, jugar, celebrar, hacer cosas con pasión (bailar, cantar, contar historias, hacer punto, pintar, sigue tú, la lista es infinita).
- Conectar con la naturaleza, recordar que somos parte de ella, observarla, dejarnos sanar por ella, es el gran comodín de la llamada.
- Confiar: confiar en la voz de la intuición (que se va a ir despertando a media que bajen las revoluciones), confiar en la magia de la vida, confiar en el poder de nuestra mirada para descubrir lo que hasta hace un momento nos era invisible…
- Y abrirnos a lo inesperado, a recibir regalos, a conectar cada vez más desde nuestra autenticidad.
Y todo como un juego... ¿qué tal si la invitación es a probar el introducir una acción pequeñita que vaya a favor de cualquiera de estos aspectos?. No desdeñemos el valor de las pequeñas acciones sostenidas en el tiempo. Y, si hace falta, te recuerdo "Mi teoría de los poquitos"
Bueno, y, si has llegado hasta aquí, te mereces un premio 😊: el porqué del título de esta perita.
A lo mejor, ni te hace falta, porque ya sabes quién es Sofía… Sofía es mi tortuguita, la que encontré en mi porción de roscón de Reyes de un año de estos. Y Sofía, como hacía Casiopea con Momo, me recuerda lo esencial: el valor del tiempo, que se despliega y se multiplica cuando lo dotamos de pleno sentido, cuando lo vivimos desde la conexión con lo que somos, y que se nos va de las manos cuando estamos en modo supervivencia. Y el valor de mí misma... que no depende de lo que hago sino de lo que SOY. Era justo al revés: al enfocarme en ser... lo que hago adquiere otro valor, el valor de la autenticidad.
Sofía también me recuerda la
importancia de compartir todo esto que siento tan poderoso aquí dentro (me señalo
al corazón) y, luego, con las mismas, darme un buen chapuzón en la piscina
(benditas piscinas públicas de Madrid) y gozar el instante.


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