domingo, 6 de julio de 2025

Lecciones de Sofía

Cinco meses ya desde que inicié mi período sabático… Un tiempo que nunca imaginé que me traería tantos regalos… regalos que soy capaz de reconocer ahora, que voy teniendo perspectiva para mirar atrás, y que sé que iré descubriendo aún con más nitidez en los meses venideros.

Nunca tuve objetivos muy claros para esta etapa. Y, de hecho, los pocos que tuve se desmoronaron en las primeras semanas. Me di cuenta de que no tenía la energía, ni la ilusión, ni la pasión, que requería poner en marcha los pequeños grandes proyectos que había concebido.

Entonces, empezó a dibujarse ante mí con progresiva nitidez una palabra: parar. Pero parar de verdad, no parar de hacer unas cosas para hacer otras (igual más vocacionales o apasionantes), parar de PARAR.

Sí, qué buena idea, pensé, y, además, 6 meses dan para mucho, ya veré más adelante…

Y comencé a parar y, oh, sorpresa, resultó que parar despertaba en mí sensaciones muy raras e incómodas: la culpa de estar desperdiciando un regalo, la percepción de que mi valía se esfumaba…

Pero mi espíritu curioso quiso experimentar. Y mi lado juguetón quiso entrar en el juego: ¿qué pasará si sigo aquí, si sigo así, en la pausa, en la contemplación de lo que surja en mí?

Y jugué a tope. Y sentí a tope esas sensaciones que, a ratos podían ser devastadoras, siempre con una pregunta de fondo ¿quién soy yo si no soy “la que hace cosas”, “la que resuelve”, “la que planifica, ordena, clasifica, prioriza”? ¿Cuál es mi valor?

¿Cuál es mi valor?, menuda pregunta.

Y ya sabes que me gusta dejar macerar esas preguntas tan poderosas, evitando que la mente trate de ofrecerme argumentos obvios, caducos y vacíos.

Así que el experimento alcanzaba cotas intensas de incomodidad, desazón. Y, a medida que me atrevía a vivirme ahí, iba descubriendo creencias muy ancladas en mí, hábitos automáticos que me limitan. Y todo emergía sin esfuerzo, o con el único esfuerzo de no ofrecer oposición, de no querer controlar el proceso, simplemente permitirme vivirlo… Ha sido algo convulso y estremecedoramente bello. Una etapa de muchos instantes lúcidos en que me decía ¿pero cómo no me había dado cuenta de esto antes?

Por ejemplo: identificar la propia importancia de parar, de bajar el ritmo; el frenesí en el que vivimos inmersos y que, a menudo, consideramos inevitable. ¿Pero por qué es inevitable? Porque le hemos puesto un cartel de “Prohibido pasar” a otro pensamiento que lo contradiga. Y porque parar asusta, y seguir en la rueda genera una dopamina que nos va convirtiendo en esclavos adictos a lo que decimos odiar.

¿Demasiado dura? ¿Muy tajante? Puede que sí. Me ha salido del fondo de un alma que se sabe libre y que quiere zarandear gentilmente (a mí la primera -el burro delante…-) para que nos atrevamos a ir más allá de límites que consideramos inexpugnables y que, a poco que nos demos el tiempo de observarlos con amabilidad y pausa, presentan grietas por todas partes. Grietas que podemos aprovechar para dejar pasar la luz de las nuevas posibilidades.

¿Y alguna propuesta? Mmm, los caminos de cada uno son únicos, pero me atrevo a insistir en alguna cosa:

  •       Parar, pausar, aquietar el ritmo, ayuda. 
  •     Y puede asustar, pero es solo al principio.
  •      Activar el modo lúdico en nuestras vidas también ayuda. Crear por amor al arte, jugar, celebrar, hacer cosas con pasión (bailar, cantar, contar historias, hacer punto, pintar, sigue tú, la lista es infinita)
  •   Conectar con la naturaleza, recordar que somos parte de ella, observarla, dejarnos sanar por ella, es el gran comodín de la llamada. 
  •    Confiar: confiar en la voz de la intuición (que se va a ir despertando a media que bajen las revoluciones), confiar en la magia de la vida, confiar en el poder de nuestra mirada para descubrir lo que hasta hace un momento nos era invisible…
  •      Y abrirnos a lo inesperado, a recibir regalos, a conectar cada vez más desde nuestra autenticidad.

Y todo como un juego... ¿qué tal si la invitación es a probar el introducir una acción pequeñita que vaya a favor de cualquiera de estos aspectos?. No desdeñemos el valor de las pequeñas acciones sostenidas en el tiempo. Y, si hace falta, te recuerdo "Mi teoría de los poquitos"

Bueno, y, si has llegado hasta aquí, te mereces un premio 😊: el porqué del título de esta perita.

A lo mejor, ni te hace falta, porque ya sabes quién es Sofía… Sofía es mi tortuguita, la que encontré en mi porción de roscón de Reyes de un año de estos. Y Sofía, como hacía Casiopea con Momo, me recuerda lo esencial: el valor del tiempo, que se despliega y se multiplica cuando lo dotamos de pleno sentido, cuando lo vivimos desde la conexión con lo que somos, y que se nos va de las manos cuando estamos en modo supervivencia. Y el valor de mí misma... que no depende de lo que hago sino de lo que SOY. Era justo al revés: al enfocarme en ser... lo que hago adquiere otro valor, el valor de la autenticidad.

Sofía también me recuerda la importancia de compartir todo esto que siento tan poderoso aquí dentro (me señalo al corazón) y, luego, con las mismas, darme un buen chapuzón en la piscina (benditas piscinas públicas de Madrid) y gozar el instante.


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