domingo, 22 de junio de 2025

Dejar de buscar

Hace unos días me fui de “retiro conmigo misma" a Cercedilla. Igual estás pensando “Rocío, ¿pero no estás tú ya de retiro con tu sabático? ¿Un retiro dentro del retiro? ¿no va a ser un poquito too much?” Y puede que tengas razón.

Tanto “interiorismo” tiene sus riesgos, se puede una quedar atrapada en la observación de sus procesos, en la reflexión en bucle. Pero cuando se hace con consciencia y presencia, todo esto no es sino una fase más del proceso de introspección y, aunque a veces parece que me quedo atascada en esa fase… al final, todo fluye.

Y, también te digo que me gustaría desmitificar un poco esto del “retiro”. No sé qué te viene a la cabeza a ti, pero a mí me suena a encerrarse y sentarse en la postura del loto a hacer un silencio mágico en el cual emerge una sabiduría trascendente. Y por qué no. Pero no es mi caso. Para empezar, a mí la postura del loto no me sale. Y mi silencio es más intencional que otra cosa.

Mis retiros son sencillamente un ejercicio de “apartarme” de mi contexto habitual y entrar en contacto en lo posible con la naturaleza y a ver qué pasa.

Y puede pasar que acabe cenando en el pueblo con un señor mayor que me cuenta, con total franqueza y todo lujo de detalles, las limitaciones que vive en su día a día tras su intervención de cáncer de próstata.

Y puede pasar que pasee durante horas por los senderos de Cercedilla, sintiendo que me fundo con el paisaje, que soy un duendecillo o, venga, por qué no: un hada sonriente y liviana que disfruta mojándose las manos (y, a veces, también los zapatos) en cada arroyuelo, sintiendo el refugio de la sombra de pinos y robles, fascinada por el canto de los pájaros, hechizada por el sencillo y generoso milagro de las flores silvestres.

Hay veces que no soy capaz de integrarme así con el entorno, la mente se desboca con ese run-run continuo, desplegando ante mí un continuo de opciones: “Elije, elije, decide, decide”. Y me siento paralizada.

Pero cuando bajo al corazón y recuerdo el orden correcto de las cosas, gradualmente, se calma la tensión, se afloja el nudo en la garganta y vuelvo a conectar con esa alegría livianita desde la que dar el siguiente paso es natural y casi obvio.

Y ese orden para mí consiste en sentir primero, activar la escucha interna, la escucha en sentido más amplio, reconocer los obstáculos a la paz: tal vez, miedo, o indecisión, o culpa… Y observarlos amorosamente. Sí, soltar los juicios y simplemente observar. Y sentir el cuerpo: esa molestia en la boca del estómago, ese encogimiento del corazón y pararme ahí, sin pretender eliminarlos. Y, así, paso a paso, vuelvo a vincularme con “el fondo”, ese fondo de paz y serenidad que permanece SIEMPRE.

Y desde ahí, volver a mirar al camino y decidir solo el siguiente paso.

En mi retiro, tuve un día de estos de “desconexión” de mi centro, en el que me tocó hacer este bello trabajo que te cuento, y otro día de fluir sin más barreras desde primera hora.

Ese otro día, estaba en “modo hada”, caminando, disfrutando… Recorría una pista circular y, cuando ya estaba llegando al punto de inicio decidí tomar otro sendero que salía a la izquierda y seguir paseando un ratito más. Ya en él, de nuevo, encontré una especie de atajo en gran cuesta que subía a no sé dónde. “¿Voy por ahí? Es bastante pendiente y, para subir aún, pero luego la bajada, con la tierra seca y suelta y las agujas de los pinos, telita. Bueno, yo subo y, luego, ya veremos”

Trepé por la cuesta arriba que no llegaría ni a diez metros y llegué a una zona abierta, llana que, al fondo, tenía unas rocas que formaban como una cuevita. En la cueva, la escultura de un busto. Guau, esto no me lo esperaba. Me acerqué y era como una diosa con mejillas regordetas y ojos asiáticos, me gustó. Al lado, tres plumas y una postal. La postal tenía el dibujo de un dragón y se leía precisamente “La dragona de siete picos”.

Guau.



¿Qué significaba todo eso? ¿Quién había colocado ahí estas cosas? Qué más da. ¿Qué quieres que signifique para ti?, esa es la pregunta.

Aun ando a vueltas con entregarle un significado apropiado para mí al simbolismo de la dragona, pero lo que sí ha adquirido sentido por sí solo es el hallazgo.

¿Te imaginas que, al comenzar el paseo alguien me hubiera dicho: “Mira, hay una estatua en algún lugar del recorrido, evidentemente no está en los senderos principales, sino que tendrás que tomar un atajo en algún momento”? ¿Qué probabilidades hubiera tenido de encontrarla? ¿Y cómo hubiera hecho el camino? Imagino que en tensión, en alerta, tratando de activar mi intuición y frustrándome cada vez que evidenciara que ese atajo tampoco era. Posiblemente, también podría haberme perdido en el intento. Desde luego, no habría disfrutado como disfruté del paseo sin más.

Y, no digo que siempre (y no lo digo por reservarle un rinconcito a esa ancestral “cordura” que siento que me da seguridad), pero creo que, en muchas ocasiones, la vida va de ocuparse de vibrar en la energía más esencial, en eso que reconocemos como nuestro y que se nota porque trae paz y fluidez. Y desde ahí, caminar, con los sentidos bien abiertos, dispuestos a recibir los regalos de la vida.

¿A ti qué te parece?

Ah, al día siguiente, volví a repetir el paseo. Esta vez, como ya sabía dónde estaba “el premio”, quise ir a disfrutarlo un ratito de nuevo. Retomé los pasos que recordaba en mi mente pero, en ese momento, llegaban varios autobuses de colegios y empezaban a subir chicos y chicas, dirigiéndose justo por la zona por la que yo tenía que pasar, con su lógica algarabía, que no iba mucho con mis ganas de recogimiento y disfrute íntimo, así que decidí pasear primero por otros caminos más solitarios, y ya, al final, ir a visitar a mi dragona.

Me puse a andar por un sendero más alejado y, de repente, miro a mi izquierda y veo un atajo que sube en gran pendiente… “Pero, pero ¿no era este el camino que subía a la dragona? Si es imposible, si salía del sendero de allá abajo. No puede ser… pero es tan parecido…” Por si acaso, subí. Y allí estaba ella, saludándome de nuevo. Y me quedé un rato en su mágica compañía.

Quizás, lo que quiere encontrarnos, solo requiere que estemos en el estado adecuado para recibirlo.




domingo, 26 de enero de 2025

Impulsos y oportunidades

¿No te ocurre de vez en cuando que sientes un impulso, como un deseo que viene muy de adentro de hacer algo inusual, algo que no pertenece para nada “a tu vida cotidiana”? A mí, sí. 

Hace años comencé a sentir el impulso de viajar sola ¿Por qué? ¿Para qué? Esas eran preguntas que no necesitaba responder, aunque mi mente me martirizaba con ellas. Necesitaba, sencillamente, vivir la experiencia.

Desde el impulso inicial hasta que materialicé la idea pasaron años. Cada vez estoy más reconciliada con mis ritmos internos, no en vano mi animal talismán es la tortuga.

Elegí un formato “razonable” para mí, diseñé un viaje lo suficientemente retador como para permitirme experimentar un contexto nuevo y lo suficientemente “amigable” como para que mis fantasmas no se abalanzaran sobre mí, impidiéndome vivir la experiencia.

Argentina, veinte días, reservando los alojamientos desde España, menos las últimas noches de Buenos Aires. ¿Es muy osado? ¿Muy “facilón”? Para mí, era lo justo.

El proceso que viví para llevar a cabo aquel impulso me permitió aprendizajes maravillosos y, sobre todo, la oportunidad de descubrir una faceta de mí que desconocía: la capacidad de fluir con las circunstancias, dejando afuera las expectativas y el control.


De aquel viaje podría hablar largo y tendido pero hoy solo quiero centrarme en un aspecto. Y es que, llevando a cabo mi “súper aventura”, descubrí la cantidad de personas que viajan solas durante meses, personas que se toman un período sabático en sus vidas para vivir de otra forma, para nutrirse de otros inputs, para nadar en aguas diferentes a las de su cotidianeidad.

Había escuchado eso de “tomarse un período sabático” algunas veces, en la tele, en alguna entrevista y siempre se encendía dentro de mí un pilotito de atención. ”¡Clin!” “Sabático, mmm, suena interesante”.

Y años después, con mi paso de tortuga, estoy a punto de vivir yo mi propio período sabático. Y siento vértigo. Y algunas vocecillas internas asustadas, susurran “¿Por qué? ¿Para qué? ¿A qué te vas a dedicar?” Y las escucho con cariño, porque reconozco su intención de protegerme. Y, a la vez, les digo: “lo iremos viendo”

No tengo planes específicos, sólo vivir fuera de “los raíles” habituales, mirar más allá de mis horizontes habituales, explorar posibilidades que me fascinan en lo personal y en lo profesional y, sobre todo, en lo que hace que ambas dimensiones se solapen, integrándose de manera armoniosa.

Agradezco a Telefónica, mi casa durante todos estos años, que contemple fórmulas para permitirme hacer realidad mi sueño. Y, más concretamente, a mis jefas (guau, toda mi cadena jerárquica son mujeres, fascinante) por facilitarme el camino, por confiar en mí, por decirme “adelante”. Sinceramente creo que lo que nutre a una persona, nutre a todo su sistema.

Y digo que no tengo planes específicos para este viaje, pero sí hay alguna ruta que me gustaría recorrer. ¿Te lo cuento en otro ratito?

Gracias por leerme. Gracias por resonar conmigo. Y gracias, de antemano, por aquello que quieras compartir o comentar.


viernes, 10 de enero de 2025

Y es que esto va de compartir

Esta mañana caminaba por la calle Velázquez, hacia una de mis revisiones rutinarias y recordaba el pellizco que se me ponía en el estómago el año pasado (bueno, ya el anterior) cuando me dirigía hacia la clínica. Allí fue donde me detectaron las "celulillas locas" y donde cada visita se ponía más nublado el panorama. 

Todo eso pasó, pero la cabeza no se cansa de recordármelo cada vez que paso por allí (aunque no sea para ir al médico). Bueno, todo es muy distinto ahora. El recuerdo me ayuda a mirar el camino recorrido y darme cuenta de que estoy en un lugar muy diferente a entonces. Un lugar no físico, un estado del Ser, que permite que mis ojos se enfoquen más en la belleza, en la novedad, y que mi alma se recree en la alegría, dibujando sonrisas frecuentemente en mi boca.

Muchas cosas graves e importantes de entonces han dejado de serlo. Muchas cosas que pasaban inadvertidas entonces, ahora son muy relevantes. Cosas complicadas se han simplificado. Cosas que me requerían mucho esfuerzo, de repente, se resuelven prácticamente solas. ¿Magia? Puede ser, si llamamos magia a todo lo que acontece cuando cambio el foco de mi atención de la cabeza al corazón. 

¿Y eso es fácil? Pues diría que sí, cuando estoy en el corazón es sencillísimo. Pero, ay, eso de bajar al corazón a mi mente le cuesta, tan acostumbrada ella a controlar, prever, ordenar, planificar (y que se le da bien a la tía). Se aferra a sus inercias y yo (lo que quiera que sea ese yo) me voy detrás de sus exigencias y me creo a pies juntillas sus "lo hago por tu bien", "¿dónde vamos a terminar si no me hago cargo? "esto va a ser el caos".

Y ahí vamos... ella se rebela, yo la sigo, luego me doy cuenta y me río ("ya he caído otra vez"). Y me sonrío, y la perdono porque lo hace con la mejor intención. Entonces, respiro (tampoco hace falta que sea muy profundamente, pero sí muy conscientemente), me enfoco en el corazón y "pasan cosas". ¿Qué cosas? Hombre, pues anímate tú a probar y lo sabrás. Y si ya lo sabes, comparte.

Porque esto va de compartir, de compartir nuestras pequeñas "fórmulas" para vivir en este mundo dual tan interesante. Compartir sin intentar convencer a nadie de nada. Todo son experiencias únicas, así como el proceso de cada cual es único, y a lo más que podemos aspirar es a resonar juntos.

Pero, espera, que ahora que caigo yo venía a contarte otra cosa: que, paseando hacia la consulta, miraba a mi alrededor, es una calle muy bonita, la calle Velázquez, hoy el día estaba muy nublado, pero cuando los cielos madrileños están de ese azul imposible, me encanta observar el contraste con los tejados y cúpulas de los edificios. Madrid tiene sus cositas. Bien, pues mirando, di con el cartel de la foto, que presidía el ventanal de una tienda de novias.

Love elevates us.

And we elevate love through art

El Amor nos eleva. Y nosotros elevamos el amor a través del arte. Guau. 

Piénsalo. Siéntelo. ¿Qué te despierta? 

A mí, la mente me estalló en confetti de purpurina al evidenciar el poder del arte como puente entre lo material y lo intangible, entre el mundo de los sentidos y el mundo de lo sutil. Y se me abrió la posibilidad de contribuir a "elevar el amor" (si es posible elevar lo más elevado que siento que existe... digamos que podría ser elevarlo, no ya de vibración, pero sí su volumen, su intensidad, que se oiga en cada rincón). Y a través del arte, yo puedo poner mi granito de arena.

Y están las Bellas Artes, sublimes cómo no, en las que cada uno puede sentirse más o menos competente o diestro, pero también está el arte cotidiano, el que resulta de hacer cualquier cosa con amor, con alegría, con el corazón. Unos macarrones, una tarjeta de felicitación, un abrazo, un mensaje de Whatsapp... todo puede servirnos de canal para mostrar nuestro arte, elevando el volumen del Amor.

Y, como esto va de compartir, te animo a que compartas tu arte, en el formato que sea, no te lo guardes que estamos elevando el amor. Y eso sí que va a ser pura magia.


martes, 31 de diciembre de 2024

Despidiendo un año hermoso...

Se acaba un año precioso, mágico. Y siento cierta tristeza al despedirlo. He recibido tanto, tanto… Mi corazón ha vibrado en la frecuencia de la alegría la mayor parte del tiempo. Y, cuando no, cuando el miedo, el control y otros fantasmas asomaban, he comprobado que sentarse a observar y conectar con la luz ha sido mi gran superpoder

Cierro los ojos y visualizo estos doce meses de colores intensos y cálidos: rojos, dorados, anaranjados, amarillos, marrones, verde agua, azul turquesa y mucho blanco de fondo… Manchurrones que se amalgaman armoniosamente, formando un tapiz abstracto que me transmite alegría, vitalidad, ganas de reír, de bailar, de cantar, de contar…

Para mí ha sido el año de elegir la libertad. La libertad de escucharme más allá de la voz de la niña buena, de la mujer en busca de aprobación, y tener el coraje de ir dando pasos en coherencia con mi sentir. De momento, es algo incipiente, son pasitos torpes como los de un niño. Es tan bonito vivirme así. Todo es novedad y descubrimiento.

Qué suerte, Rocío, parece que oigo decir a algunos. Y me extraño, y mi felicidad se paraliza un instante al descubrir que “esto mío” no es un sentimiento generalizado. Sé que soy un poco ingenua pero, a veces pienso que todo el mundo lleva un recorrido paralelo al mío. Y no es así.

Este año ha tenido momentos muy duros para muchas personas: han dicho adiós a seres muy queridos, o han entrado en contacto con la enfermedad y los monstruos que se invitan a la mesa con ella, o han perdido sus casas, su trabajo, alguna relación significativa. Puede que trataran de construir un sueño y lo vieran esfumarse entre sus manos. O, simplemente, la rutina llevaba una inercia que no les dejó fuerzas para pararse a escuchar dentro de sí mismos. Y no quiero minimizar en absoluto lo que estas situaciones hayan podido despertar en el corazón de quien las ha vivido.

Pero he visto a muchas de estas personas, atravesar esas circunstancias con una consciencia luminosa y serena, no ignorando sus sentimientos, ni poniéndose gafas de unicornio para ver el mundo, sino mirando de frente, con amabilidad, con confianza, con apertura lo que ES. Qué bonito es, tras permitirse vivir esa tristeza, o la ira que acompaña a la frustración, o el miedo que surge naturalmente al sentirnos amenazados, seguir observando, seguir sintiendo qué más hay en el corazón, qué más pueden ver nuestros ojos?

Porque la tristeza es compatible con la alegría, y las catástrofes, muchas veces, agudizan la vista para ver más allá de los daños evidentes, y descubrir la belleza tras las ruinas. Incluso la implacable rutina tiene a veces una grieta por donde entra una luz diferente…

Ese es mi deseo para el Nuevo Año: que nuestros sentidos sean capaces de captar cada día más belleza en lo que nos rodea, que nuestro corazón sea capaz de vibrar alto, más allá de las emociones, en una paz tan hermosa como contagiosa. Que riamos mucho, tanto que algunos nos tomen por locos.

Y este camino se hace al andar… Primero, hay que quererlo y creerlo posible. Que no nos pille diciembre 2025 con la sensación de “vaya año de mierda”. Los años no son packs cerrados y sin derecho a devolución. No esperes que pasen solo “cosas buenas”, no esperes a que todo salga según tus expectativas para ser feliz. El año próximo traerá consigo miles de cosas, pero sean como sean muchas de ellas, nuestra mirada es la que lo transformará todo. Todo.


Y si no te crees capaz, confía. Respira. Agradece. Pide ayuda, sonríe, abraza. Date tiempo para llorar, para gritar, para taparte bajo una manta, pero luego, no te olvides también de cantar, de bailar, incluso aunque sea sin ganas. Será solo el principio. Mira a los ojos de quien esté cerca de ti, sin más pretensión que conectar con él.

Un año nuevo está llamando a la puerta, que resulte mágico está, en gran parte, en nuestras manos.

Ay, qué curioso, ahora tengo pena por decir adiós a 2024 y me han entrado unas ganas tremendas de saborear 2025. Tojunto.


domingo, 21 de julio de 2024

Ofrendas

Cada mañana, al amanecer, los habitantes de Bali preparan sus ofrendas de flores e incienso y los colocan en todos los lugares que desean que sean protegidos por los dioses: la puerta de casa, en la entrada de la tienda, en la arena, cerca de los barcos que salen a pescar, en el camino a la cascada…


Preparan cada cestillo con hojas de palma y plátano, eligiendo pétalos de diversos colores, encendiendo la vara de incienso, juntando sus manos para hacer una plegaria. No sé qué sienten mientras hacen sus rezos. Por lo que cuentan unos y otros, conviene tener contentos a los dioses, incluso a los diablos (con menos poder, pero bastante traviesos, si se ponen de malas). Por eso, además de evocar la belleza y el agradecimiento con las flores y el aroma, añaden puñaditos de arroz u otra comida, o, incluso botellitas de licor o tabaco. Entregas a los dioses lo que te gusta a ti. Y lo del alcohol va muy bien para que los diablos lo prueben y les entre sueño y así no se pongan a hacer fechorías.

Observarlos en ese proceso me conecta profundamente con el agradecimiento. Quizás para muchos balineses estas ofrendas (que también vimos en Vietnam y en Tailandia) tienen un poco de “truco o trato”: te doy para que me cuides, me protejas, no me molestes, etc… Tal vez. Pero a mí me despiertan una mirada nueva: doy gracias y honro a la Vida, a la Esencia Creadora, porque no puedo hacer otra cosa, porque es lo que me nace, porque el amor me desborda.

Y he incorporado este ritual de hacer una ofrenda, aunque sea simbólica, cada mañana al despertarme, ante mi ecléctico altar de conchas, plumas, semillas de bellota, piedras de la playa… Es bonito levantarse y decidir que lo primero, antes incluso que poner los datos en el móvil, es acercarme al altar y conectar con lo que Es, con lo que Soy, con lo que Somos. Es un hábito incipiente, más bien un acto que deseo convertir en hábito, porque de repente me parece obvio lo fundamental de comenzar el día en conexión con lo más real de nosotros mismos.

La mente está bien entrenada en despertares en modo preocupación, organización, planificación, anticipación… Ahora es momento de entrenarla en el “modo conexión”, que, en el fondo, debería ser lo natural, lo obvio, pero me he creído tanto tanto la ilusión del escenario en el que mi personajillo se mueve, que he dado por más cierto el guión de la obra que interpreto que la Verdad que late en lo profundo de mi corazón.

Por eso, siento que estas ofrendas matinales, que comienzan como un fluir natural, como una manifestación espontánea de la energía que desborda en estos momentos post-viaje, serán a la vez una forma de mantener la conexión, o recordarla, pues nunca podemos dejar de estar conectados con lo que Somos.

Que así sea.

Namasté.

domingo, 31 de diciembre de 2023

Fin de un Año Especial

Las navidades pasadas fuimos toda la familia a probar un restaurante chino de Usera, el “barrio chino” de Madrid. Recuerdo que aún faltaba un poco para su Año Nuevo (que creo que coincide con la primera luna llena del año) y ya había calendarios que anunciaban el animal que simbolizaba 2023, no recuerdo cuál era (búscalo tú en Google y me dices). Para mí, sin duda, será el año del Ave Fénix.

En 2022 perdí a mi madre (¿la perdí?, ¿se puede perder un amor tan bello?, ¿una energía tan intensa? Quizás solo la “perdí de vista”). Este año perdí la calma, el sueño, un pecho, una amiga, varios kilos, la alegría y la conexión con la Vida. He recuperado casi todo lo recuperable (María José, a ti, como a mi madre, solo os perdí de vista, pero os siento tan cerca como siempre). Y cierro el año con una sonrisa.

Ya sabes que, de pequeña, me daba miedo mirar debajo de la cama, por si los monstruos. Este año, han salido ellos solitos de camas y armarios y nos hemos visto frente a frente. Al principio, huía, echaba a andar por las calles y parques de la ciudad, tratando de despistarlos. Por la noche, era más difícil escapar, así que quitaba mis manos del rostro para atreverme a mirarlos en la oscuridad. Lloré una y mil veces, grité en voz baja, murmuré improperios desgañitándome, sin que saliera un hilo de voz de mi garganta (qué culpa tienen los vecinos de mis cosas).

“No es justo” “Por qué a mí” “Para qué venimos a este mundo” “Qué sentido tiene todo esto”. Creo que no quedó lugar común de la “noche oscura” que no habitara en profundidad. Lo más doloroso era sentirme desconectada de las ganas de vivir: estar con mis sobrinas, hacer una excursión por el monte con Mori, y descubrirme como anestesiada, inerte, incapaz de sentir la belleza o la alegría.

Pero todo pasa. Y esto también. No en un día, ni en dos, ni en tres, pero fue pasando. Poco a poco. A base de aceptación, de mirada amorosa hacia mí misma y mi proceso. Es difícil quererse cuando una se siente un guiñapo, y precisamente es cuando más se necesita. Al principio, era una declaración de intenciones, pero con el tiempo se está convirtiendo en una realidad: me voy queriendo, me voy respetando, perdonando, cuidando.

Y es que este año he descubierto el poder de la intención. Jugar a ser la observadora de mi realidad. Jugar a que me quiero, que respeto mis límites, que me doy el espacio y el tiempo que necesito.

Y el poder del agradecimiento. Al principio, casi me tenía que inventar algo que agradecer cada día, porque mi mente se había acostumbrado a mirar “lo que no” y le costaba enfocarse en “lo que sí”. Ahora, son mayoría los momentos en que percibo mil cosas por las que estar agradecida, sobre todo, por el amor que recibo en mil modalidades diferentes (Mori a la cabeza, con su incondicionalidad y su presencia paciente y confiada). Y las maravillosas sincronías, encuentros, conversaciones y oportunidades que se me han presentado en el camino, para seguir recorriéndolo de la mano de gente que llena el alma.

Acaba un año especial y lo que fue un bofetón en mitad de la cara se ha ido convirtiendo en un “meneo” para despertar mucha riqueza que habita en mí y desea ser expresada; y una gran oportunidad de descubrir sentir el regalo de la presencia y el cariño de tantas y tantas personas. Somos muy grandes los humanos, cuando nos ponemos. Y quiero dedicarme a recordarlo cada minuto de mi existencia, así que no sabes lo que te espera si sigues ahí, Amig@.

Gracias, gracias, gracias, por tu compañía, por tu inspiración, por tu mirada comprensiva, por tus palabras de aliento, por tu silencio.

Te deseo que en 2024 la Paz reine en tu corazón. Con eso, lo demás, lo bordas.

Abrazo de más de 8 segundos.

jueves, 2 de noviembre de 2023

Por mí y por todos mis compañeros

Cuántas veces deseo escribir con ganas de tocarte el corazón. Me siento a escribirte, incluso a leerte en voz alta mis palabras, palabras-flecha, de esas que llegan al corazón y lo hacen vibrar. Pero no vibrar para emocionarnos un ratito y seguir luego con nuestra rutina, en piloto automático, corriendo para allá y para acá, como el conejito de Alicia: “No tengo tiempo, no tengo tiempo”. No. Vibrar para generar un eco resonante que vaya calando hondo, hoy, mañana, pasado. Hoy, tal vez con mis palabras; mañana, quizás con el sonido de la lluvia y del viento moviendo las ramas de los árboles; pasado, con la risa espontánea de ese bebé o con ese párrafo de un libro abierto al azar. Y que ese vibrar en una frecuencia más armoniosa te ayudara a conectar poco a poco, o de repente, con tu sabiduría interior, con tu paz, con ese pozo de agua fresca que no se acaba nunca.

Eso quería yo hoy, pero me fallaron las palabras, me falló mi propia inspiración, me falló el estado interno. Me senté, me escuché y descubrí que aún quedaba mucha tristeza dentro, algo de miedo y vierta preocupación. ¿Hasta cuándo? Qué pregunta tan absurda. Hasta siempre que existan emociones.

Cuando me siento alegre, plena, vital, lidio con una dualidad interesante: por una parte, pienso que, sí, que “ya he llegado”, que he conquistado la cima, que ya he alcanzado ese nirvana del que nada ni nadie me va a desplazar (¡ja!) y, justo a continuación, me pregunto si no me volveré una presuntuosa en la nubes; y, por otra parte, la propia felicidad de sentirme tan bien me hace tambalear (“¿durará? ¿hasta cuándo?, ay, cuando lleguen de nuevo las nubes y los vientos, ¿qué va a ser de mí?”)

He tenido muchos días de sol y cielo azul, de primavera interior, pero hoy vuelve la tormenta. Y no ha de pasar nada externo para que así sea, suficiente información se mueve en mis adentros como para provocar de marejada a fuerte marejada.

Y desde aquí, siento que no tengo mucho que compartir. Pero igual me estoy equivocando. ¿Y si en estos momentos en los que no fluye la inspiración ni las metáforas de impacto, también tuviera palabras, más sencillas, más de andar por casa, que compartir contigo?

Sí, es cierto que, tras estos meses de claroscuros, de conectar profundamente con miedos, incertidumbre, preocupación, anticipación, tristeza…, empiezo a conectar de nuevo con la alegría, con la serenidad, con la confianza, la paz. Y es algo tan bonito que me gustaría contagiarlo a todo el mundo.

Pero a lo mejor, el mensaje no es sólo que al final siempre llega la primavera, sino que saber navegar en todas las estaciones es lo que nos permite disfrutar del buen tiempo. Cuando toca lluvia, lloramos con ella, sin pesar añadido. Cuando hay viento, a lo mejor nos airamos y nos sentimos ofendidos más fácilmente. Bueno, pues respiramos profundo ese enfado y seguimos nuestro camino. Sin añadir dolor al dolor, ni añadir culpa o resistencia a los “días malos”, que igual no lo son tanto, igual son el abono nutriente de los jardines floridos.

A mí, sinceramente, me cuesta: mi ego quiere “cositas güenas”, alegrías, buenas noticias, cómo no. Está hasta las narices de conflictos y de dramas, pero claro, apegarse con uñas y dientes a los buenos momentos no es más que irle dando la espalda a la paz interior. Moverse con serenidad en el desasosiego, eso sí que mola. Digo yo que molará, que aún estoy en ello en modo aprendiz.

Por eso, hoy me siento en silencio, acepto mi inquietud, el peso de una mochila aún demasiado cargada y me dejo estar, buscando ese estado que, en el fondo, siempre permanece, allí donde habita la paz. Me sumerjo, dejando atrás la vorágine de la superficie y, si lo alcanzo, grito: ¡Por mí y por todos mis compañeros! (pero, por mí, primero). Allá voy.