sábado, 7 de febrero de 2026

1, 2, 3... El Ser, el ego y la Super Bowl

Trump no asistirá a la Super Bowl. El espectáculo deportivo y artístico con más impacto económico y social del panorama estadounidense contará con el boicot del presidente porque… canta Bud Bunny.

Imagen prestada de Freepik

No voy a ahondar mucho en esta apertura un tanto sensacionalista que me he permitido hoy. Si quieres profundizar más, las redes están llenas de “información”. Lo que me apetece compartirte son las reflexiones a las que me lleva todo esto.

Venga, vamos como en aquel famoso concurso -cuyo título no hace falta que te recuerde si ya empiezas a coquetear con las gafas de presbicia-: “por veinticinco pesetas, temas que se te vienen a la cabeza al leer ese primer párrafo. Por ejemplo, la polarización” (Y en tu mente ya debe estar sonando cierto soniquete a modo de presión temporal…)

La polarización. El racismo. Los intereses económicos subyacentes. El debate de qué es arte y qué factores influyen en que un artista se convierta en un icono. (Estaría por ver que las tacañonas me dejasen pasar una respuesta tan larga). El fatalismo con su pensamiento inercial de que “el mundo se va a la mierda”. El poder fáctico colosal de los medios de comunicación para dirigir nuestra atención. Mafalda, con su “paren el mundo que me bajo”. Lo de que “esto no son más que estrategias de la matrix para mantenerme apegado a la ilusión”. La polarización.

Talán, talán, talán. Las tacañonas, con su luto decimonónico, hacen tañer con energía las campanas para avisarnos del “game over”, mientras una de ellas sentencia: “Y hasta aquí hemos llegau, que la polarización ya la has nombrau”.

Pero es que ahí reside el quid de la cuestión. La mirada del YO conlleva un TÚ, este es el automatismo básico de nuestra existencia. Yo- tú -él. Bueno, los cubanos, en su inimitable e ilimitable creatividad para bautizar, han creado Yotuel, integrando los tres pronombres, y yo me consuelo pensando que es un gesto hacia la Unión que tantita falta de atención tiene en estos momentos. Yotuel... O Yotuella, por qué no.

Volviendo al Yo y al Tú, te cuento un elemento de mi mapa del mundo sin el cual puede ser difícil comprender lo que quiero decirte, si es que lo tuviera claro yo misma para empezar, que, la verdad, voy un poquito sobre la marcha. Este elemento es SOY (no soja en inglés, no, soy de la primera persona del verbo ser).

SOY es la idea primigenia que da forma a mi concepción de la Vida. Una esencia, un origen único, infinito, todo y nada al mismo tiempo, la fuente de lo creado. ¿De qué está hecho?, preguntas. De nada, porque entonces sería una creación. Ibas a pillar, ¿eh? Es una entelequia que solo puedo intuir y sentir pero de ningún modo explicar ni entender intelectualmente. Pero para mí, es el punto de partida. Y de retorno.

Este SOY “un día” se puso a jugar. ¿Se aburría de SER? Puede. O sencillamente, nunca hubo un antes ni un después, solo para esta mente humana que trata ahora de expresarte torpemente, desde un contexto espacio-temporal en el que existe y del que a duras penas logra abstraerse, y moldeada por un idioma que aterriza dicho contexto en patrones muy específicos. Este es mi “desclaimer”. Sirva ya para el resto de mi relato.

Pues eso, el Soy quiso ser SOMOS y, expresando su capacidad creadora, se manifestó en realidades concretas y determinadas. Un juego como otro cualquiera. Como cuando de pequeños decíamos eso de “¿Vale que tú eras un explorador que tenía el mapa de un tesoro, y yo tenía un barco para llegar la isla y, entonces…? Y como en tal juego, el niño y el explorador son lo mismo, de hecho, solo existe el niño, el explorador existe solo en la medida que lo representamos durante el juego, con toda la fuerza de nuestra imaginación y convencimiento.

Ya ves por dónde voy, ¿no? Lo que ES no deja de ser, se manifieste o se exprese como elija hacerlo. ¿Elija? Otra hipótesis de mi marco de referencia. Así que, aquí estamos, el SER único, infinito, atemporal y todopoderoso, jugando a ser múltiple, limitado, acotado, definido, creado. Hasta aquí, el SOY pasa a jugar al SOMOS. Vale.

El “problema” viene cuando nos olvidamos de que SOMOS, cuando me creo que soy, con minúsculas, cuando me olvido de que sí: soy una gota del océano, y aun así, el océano es la esencia de la que estoy compuesta y por lo tanto, integrada en el océano, vuelvo a ser infinita, atemporal y todopoderosa. No yo, la gota (de rocío, en mi caso), si no YO, el océano.

El “problema”, de nuevo, es cuando ponemos todo el foco de nuestra energía en la gota, separada de las otras gotas, y comienzo una existencia individual, separada, alejada de mi origen. Imagínate a la gota tratando de sobrevivir individualmente, y mantener sus características específicas, y distinguirse de las otras gotas…

Pues ahí estamos. Porque además, se me ha olvidado un “detalle” fundamental. El SOY es puro Amor. Pero el soy, cuanto más trata de ser, separado, con minúsculas, alejado de su esencia, es puro miedo. Y ahora sí, ahí estamos: defendiendo a capa y espada el ser que hemos definido con mil etiquetas. Y para cada etiqueta que me pongo, me surge otra para diferenciarte a ti: nativo, migrante, blanco, negro, azul, místico, científico, víctima, verdugo, artista, racional, influyente, marginado, conservador, tradicional, liberal, revolucionario, moral, inmoral, visible o invisibilizado, cuerdo, loco… Yo, yo, yo, tú, tú, tú…

¿Para cuándo nosotros, como primer paso de vuelta a casa?

Y, aunque noticias como las que abren los telediarios cada día, las que llenan las redes o los comentarios en el metro o la máquina de café, resulten un caramelito a la “mente pequeña” que se cree el juego a pies juntillas, afortunadamente, mis algoritmos digitales y los internos, trabajan muy a favor de mi salud mental, emocional y hasta física, y ya empiezo a vislumbrar una nueva sociedad en la que todos tengamos como “middle name”… ¿adivinas cuál?

 

domingo, 1 de febrero de 2026

Lo del vacío conversacional

Recuerdo a aquella chica, Elena, que en aquel fuego de campamento nos confesaba lo de su “vacío conversacional”. Ella, que tenía un sentido del humor que hacía imposible no reír a carcajadas constantemente a su lado, se sentía cómoda hablando de chorradas o de “cosas profundas”. Pero las conversaciones cotidianas, por llamarlas de alguna manera, vaya, las más habituales en el día a día, no se le daban nada bien, de ahí lo del “vacío conversacional” entre los dos extremos.

A mí me pasa un poco igual. Las zonas intermedias conversacionales se me quedan tan cortas… Y aun así, a veces, ahí me quedo, incómoda, torpe, limitada; pensando en todo lo que podría dar de sí el momento si me atreviese a bucear un poco, invitando a mi interlocutor a adentrarse en las profundidades conmigo.

Son esas conversaciones honestas y significativas las que me ayudan a descubrirme, a entenderme más allá del mero intelecto, a descubrirme. Por eso, me maravillo ante las oportunidades tan valiosas que la vida me presenta para mantener este tipo de diálogos.

Por eso, de nuevo, lo afortunada y agradecida que me siento cuando la inmersión es mutua e inmediata. Cuando conecto profundamente con el otro – o la otra- y conecto profundamente conmigo misma, con esa agua fresca e inagotable que me hace sentir alegría, plenitud.

En esos momentos, siento que mi mapa del mundo se me torna menos borroso, empieza a dibujarse con más claridad, como cuando revelas una foto y la imagen va apareciendo a medida que el revelado avanza.

El revelado… la revelación. A Ana le gusta llamarlo “desvelación”, porque para ella es algo que ya estaba ahí y se cae el velo que te impedía verlo.

A mí me encanta jugar con las palabras y ver cómo ella juega a su vez. Lo importante es que la palabra te toque, te mueva y envuelva, aunque sea torpemente aquello que tu alma quiere decirte, aquello que tú quieres expresar al mundo.

Esta mañana, nuestro diálogo asíncrono se convirtió en un guiso, en una sopa de palabras (no solo de letras). Los ingredientes: lealtad, pasión, libertad, cambio y discernimiento.

Algo me dice que estás leyendo estos ingredientes y ya estás cocinando tu propia receta, tal vez sea un postre, un entrante, o un plato fuerte. Me encantaría que me contaras, imagina, menuda conversación “profunda” podría salir de semejante compartir.

Insisto, me encantaría que me contaras que nace en ti cuando lees estas palabras, estos contenedores tan amplios, que pueden recoger tantos matices y enfoques, y, sobre todo, viéndolos juntos. Vamos, que estoy por dejar la perita aquí para que la termines tú…

Bueno, venga, voy a seguir yo un poco planteándote ciertos escenarios y en otro ratito me cuentas tú, ¿vale?

Sin revelar (en su otra acepción del término) el contenido de nuestra charla, surgía la lealtad como valor íntimo que me lleva a mostrarme en honestidad ante el otro, que sepa que estoy (ci sono, que dirían con más precisión los italianos). Que si se lanza desde su trapecio, estaré ahí atenta para recogerlo desde el mío. Y espero lo mismo del otro. Y si no va a poder estar, que avise. Pero ¿cómo conjugar esa lealtad, ese compromiso, con la lealtad hacia una misma cuando, pudiera ser, entren en conflicto?

¿Cómo conjugar esos valores que sentimos que nos definen con el cambio inherente a la vida que tan a menudo nos desbarata las definiciones, los esquemas y las estructuras? ¿Cuánto hay de nuestro en lo que pensábamos que nos definía? ¿Y cuánto era solo un préstamo funcional que nos ayudó en su momento pero que requiere revisión constante?

Y, volviendo a la cocina, a veces, no es solo la presencia de un ingrediente como el cambio, el paso del tiempo con sus ciclos, sus etapas, sus inicios y sus fines… A veces, es la dosis… La pasión puede ser motor, expansión, evolución… y también incendio: la llama cálida, resplandeciente, vibrante y luminosa puede convertirse en fuego devastador.

Y la mezcla de ingredientes… La libertad puede abrirte las puertas a vivir con pasión. Y un exceso de lealtad a la pasión hacerte sentir preso de tus pulsiones.

Y está la materia prima… No es lo mismo una pasión pura, con denominación de origen, “100% orgánica”, cultivada en suelo fertilizado con amor, pureza, libertad… que una pasión de invernadero, de la que crece rápido, se inflama fácil y realmente no sabe a nada y carece de nutrientes.

De ahí el discernimiento… esa especia que da el toque justo y sereno a cada plato, que lo convierte en una obra de arte y nos permite saborearlo a conciencia.

Y, como señalaba al inicio, todos estos ingredientes en realidad representan palabras abstractas, con un significado muy intangible, tanto que, según quién se asome a ellos pueden terminar convirtiéndose en contenedores vacíos, fútiles, o englobar tantos sentidos, acepciones o interpretaciones como usuarios.

Y eso también daría para una conversación interesante… el lenguaje como esa herramienta tan poderosa y eficaz para construir puentes entre nosotros, como para levantar murallas inaccesibles.

Pero eso ya será otro día. Hoy, aún me quedan dieciséis minutos de audio de Ana, que prometen llevarme cual sirena al fondo de los mares conversacionales, allí donde me nutro, me reconozco y gozo infinito.