Mi madre y mi abuela terminan de dar los últimos toques al menú de la cena. Mi padre trata de hacer sitio en el salón para colocar mesas y sillas para todos.
Hay alguna discrepancia, alguna
voz más alta que otra: “No, hombre, ¿cómo vas a poner esos platos? No, esta
noche mejor la vajilla de fiesta. Pues, dónde va a estar, en el armario al lado
de la tele”.
Mi hermano está viendo la tele (la
“primera” o la “segunda”, claro, no había más opción). El abuelo, en la salita,
terminando de leer, subrayar y comentar el periódico, lupa en mano.
Y yo, secándome el pelo en el
baño, cumpliendo mi sagrado ritual de Nochevieja. Y mirándome al espejo, con el
rostro aún colorado del vapor de la ducha y el calorcito del calentador de dos
barras que mi abuelo había colocado encima de la puerta del baño y que se
encendía tirando de una cadenita. Soñaba con fiestas glamurosas, con gente elegante
bajando por una magnífica escalera a un salón grandioso en el que yo bailaba al
son de alguna melodía propia de película de Woody Allen.
Unos años antes, era mi padre quien
me solía secar el pelo los sábados mientras me contaba historias de “cuando yo
era pequeña” y me peinaba con una paciencia infinita.
Esta mañana, tras unos días de
fiebre y agotamiento, me sentí con ganas de recuperar mi ritual: me duché con
amor y presencia, sequé con cariño y devoción mi amado envoltorio físico y me
puse a secarme el pelo y a pensar en esas niñas que habitan en mí.
Esa Rocío de 4 o 5 años, rubia
como el oro, callada, observadora, tranquila, muy tranquila. Ella me recuerda
la pausa y el silencio que deseo permitirme cada vez más, mucho más. Este año
la he honrado en cierta forma con mi excedencia de seis meses. Y ha sido una algo
que me ha puesto en contacto con dimensiones que jamás me había permitido experimentar:
como vivir sin horarios, sin objetivo del día, sin agenda ni estructura… y ver
qué pasa… Y cuánto pasa…
Esa Rocío de 6 o 7 años, que
disfrutaba de la piscina como del paraíso, y para la que los cristales
desgastados que se ocultaban entre los guijarros de la playa eran auténticas piedras
preciosas de algún tesoro, que provenían del naufragio de alguna nave pirata y
que fueron arrastradas por las olas hasta la orilla. Con ella, quiero ir de la
mano este año para volver a soñar posibilidades infinitas, conectar con la
posibilidad de lo imposible, con el disfrute de lo pequeño y la apertura a lo
inesperado.
Esa Rocío de 9 o 10 años, que empezaba
a comprobar que, por el mero hecho de ser quien era, podía molestar a otras
personas que, tal vez, se sentían amenazadas por su presencia. “Es que te
tienen envidia”, me decían mis amigas. Y nunca entendí la envidia porque cada
ser humano me parece único e irrepetible, igual que sus circunstancias. Y
envidiar es como pensar que el otro tiene algo que debería ser tuyo y que no
tienes posibilidad de tener si no es arrebatándoselo o, al menos, menospreciándolo,
en lugar de pararte a mirar la grandeza que habita en ti a poquito que
escarbas.
De la mano de esta Rocío, quiero seguir
dando pasos para brillar en mi esencia, atendiendo a mi voz más auténtica y
expresándola por amor al arte, por puro gozo.
Y qué tal si te vienes de paseo con mis
Rocíos y conmigo, con todos los “tú” que en ti habitan, atendiendo a la
vocecilla infantil pero sabia que nos dice “es por ahí”, con la alegría como
brújula… Quién sabe qué caminos extraordinarios nos esperan en este 2026 que
está a punto de comenzar.
Feliz Nochevieja, Feliz Año Nuevo
