Hoy no tenía pensado ir a recoger ninguna perita a mi peral. De hecho, es lo último que se me hubiera ocurrido, pero aquí estoy.
Y es que hoy es uno de mis "días de bajar a la cueva". Creo que, salvo lo que escribí cuando fijé mi residencia permanente "en la cueva" y que luego terminó siendo mi "Error en Campos Brillantes", jamás he compartido (más que en petit -pero bien petit- comité) lo que escribo en esos momentos de absoluta vulnerabilidad.
¿Por qué?
No lo sé. Posiblemente, porque aún ando a vueltas con eso de amarme íntegra e incondicionalmente: incluyendo todas mis dimensiones, las luminosas, y las densas y oscuras. Y nunca me ha gustado entregarme o relacionarme desde esos momentos donde todo se desestabiliza, donde lo cuestiono absolutamente todo, donde lloro y lloro y llega un momento en ya no sé ni por qué. Ahí, me meto en mi caparazón (o en mi caracola, que diría mi amigo León), a sentir los rayos y truenos, el viento ensordecedor que parece arrasarlo todo y a esperar que todo pase. Que siempre pasa.
Hoy está siendo uno de esos días. Y hay veces que, en esos momentos, a poco que siento la más mínima sensación de que la tormenta ha terminado, asomo la cabeza para asombrarme al descubrir que todo sigue en pie, intacto; "como si" la tormenta solo hubiera tenido lugar en mi cabeza. Y de la alegría ya quiero ponerme a recoger peras aquí o a escuchar otro podcast, o a leer otro libro sumamente inspirador... sin darme cuenta de que, lo que en ciertos momentos puede resultar creativo o nutritivo, en otros, de "convalecencia", no es más que ruido e interferencia.
Pues ahí iba yo, recién levantada de la siesta, inspirada por una nota que me había dejado a mí misma sobre el escritorio: "venga, que me pongo a escribir esta historia que llevo ya tiempo queriendo contar"
Y empiezo a escribir acompañada del simbolito ese del Copilot que se activa ahora cada vez que abres un documento word.
Llevaba una frase a medias, lo juro, bueno, de hecho, os la voy a compartir (quién sabe si algún día la reconoceréis en el texto íntegro):
"¿Te acuerdas de aquella vez, en la piscina, en uno de nuestros veranos interminables del instituto...?"
...y la curiosidad me lleva a pulsar el botón, a ver qué me propone la inteligencia artificial como continuación... y me quedo "muerta" con el resultado.
Bajo el título y subtítulo de "Reflexión sobre el silencio. La importancia y el poder de la ausencia de palabras", me encuentro con este elogio del silencio y la pausa, del que os paso la conclusión final que me regala la IA:
Conclusión: abrazar el silencio
Redescubrir el valor del silencio implica aprender a
escucharlo, a reconocer su presencia y a integrarlo como parte esencial de la
vida cotidiana. No se trata de huir de las palabras, sino de reconocer el
momento adecuado para callar y el momento para hablar.
Aprender a convivir con el silencio, a no temerle, es un
desafío contemporáneo. Implica desapegarse de la necesidad de aprobación
inmediata y del bombardeo de información para redescubrir lo esencial.
El silencio nos ofrece una oportunidad única para
observarnos, para comprender con mayor profundidad el mundo y a quienes nos
rodean. Es fuente de sabiduría, de paz y de fuerza. Abrazarlo es, en última
instancia, un acto de valentía y libertad.
Ahora empiezo a dudar de todo: ¿esta es la inteligencia artificial "creando" aleatoria e impersonalmente en función de un algoritmo o es "la Inteligencia" expresándose para mí a través de un nuevo canal?
Es como un dulce zasca digital, un "Rocío, niña, es que llevamos días diciéndotelo por activa y por pasiva y tú, nada: enfocada en más y más información, en pensar y sobrepensar, en vivir desde la mente desbocada. Ya vale, bonita"
El caso es que, me hable un asistente de IA o una Sabiduría Primigenia, esta vez voy a atender el mensaje y a acercarme a abrazar a ese generoso compañero, el SILENCIO.
Sssshhhh. Feliz verano.


