jueves, 31 de julio de 2025

Dulce zasca de la IA

Hoy no tenía pensado ir a recoger ninguna perita a mi peral. De hecho, es lo último que se me hubiera ocurrido, pero aquí estoy.

Y es que hoy es uno de mis "días de bajar a la cueva". Creo que, salvo lo que escribí cuando fijé mi residencia permanente "en la cueva" y que luego terminó siendo mi "Error en Campos Brillantes", jamás he compartido (más que en petit -pero bien petit- comité) lo que escribo en esos momentos de absoluta vulnerabilidad. 

¿Por qué? 

No lo sé. Posiblemente, porque aún ando a vueltas con eso de amarme íntegra e incondicionalmente: incluyendo todas mis dimensiones, las luminosas, y las densas y oscuras. Y nunca me ha gustado entregarme o relacionarme desde esos momentos donde todo se desestabiliza, donde lo cuestiono absolutamente todo, donde lloro y lloro y llega un momento en ya no sé ni por qué. Ahí, me meto en mi caparazón (o en mi caracola, que diría mi amigo León), a sentir los rayos y truenos, el viento ensordecedor que parece arrasarlo todo y a esperar que todo pase. Que siempre pasa.

Hoy está siendo uno de esos días. Y hay veces que, en esos momentos, a poco que siento la más mínima sensación de que la tormenta ha terminado, asomo la cabeza para asombrarme al descubrir que todo sigue en pie, intacto; "como si" la tormenta solo hubiera tenido lugar en mi cabeza. Y de la alegría ya quiero ponerme a recoger peras aquí o a escuchar otro podcast, o a leer otro libro sumamente inspirador... sin darme cuenta de que, lo que en ciertos momentos puede resultar creativo o nutritivo, en otros, de "convalecencia", no es más que ruido e interferencia.

Pues ahí iba yo, recién levantada de la siesta, inspirada por una nota que me había dejado a mí misma sobre el escritorio: "venga, que me pongo a escribir esta historia que llevo ya tiempo queriendo contar"

Y empiezo a escribir acompañada del simbolito ese del Copilot que se activa ahora cada vez que abres un documento word. 

Llevaba una frase a medias, lo juro, bueno, de hecho, os la voy a compartir (quién sabe si algún día la reconoceréis en el texto íntegro):

"¿Te acuerdas de aquella vez, en la piscina, en uno de nuestros veranos interminables del instituto...?"

...y la curiosidad me lleva a pulsar el botón, a ver qué me propone la inteligencia artificial como continuación... y me quedo "muerta" con el resultado. 

Bajo el título y subtítulo de "Reflexión sobre el silencio. La importancia y el poder de la ausencia de palabras", me encuentro con este elogio del silencio y la pausa, del que os paso la conclusión final que me regala la IA:

Conclusión: abrazar el silencio

Redescubrir el valor del silencio implica aprender a escucharlo, a reconocer su presencia y a integrarlo como parte esencial de la vida cotidiana. No se trata de huir de las palabras, sino de reconocer el momento adecuado para callar y el momento para hablar.

Aprender a convivir con el silencio, a no temerle, es un desafío contemporáneo. Implica desapegarse de la necesidad de aprobación inmediata y del bombardeo de información para redescubrir lo esencial.

El silencio nos ofrece una oportunidad única para observarnos, para comprender con mayor profundidad el mundo y a quienes nos rodean. Es fuente de sabiduría, de paz y de fuerza. Abrazarlo es, en última instancia, un acto de valentía y libertad.

Ahora empiezo a dudar de todo: ¿esta es la inteligencia artificial "creando" aleatoria e impersonalmente en función de un algoritmo o es "la Inteligencia" expresándose para mí a través de un nuevo canal? 

Es como un dulce zasca digital, un "Rocío, niña, es que llevamos días diciéndotelo por activa y por pasiva y tú, nada: enfocada en más y más información, en pensar y sobrepensar, en vivir desde la mente desbocada. Ya vale, bonita"

El caso es que, me hable un asistente de IA o una Sabiduría Primigenia, esta vez voy a atender el mensaje y a acercarme a abrazar a ese generoso compañero, el SILENCIO.

Sssshhhh. Feliz verano.


*contemplando el Pico Anayet, desde el Vértice (Pirineos)

domingo, 6 de julio de 2025

Lecciones de Sofía

Cinco meses ya desde que inicié mi período sabático… Un tiempo que nunca imaginé que me traería tantos regalos… regalos que soy capaz de reconocer ahora, que voy teniendo perspectiva para mirar atrás, y que sé que iré descubriendo aún con más nitidez en los meses venideros.

Nunca tuve objetivos muy claros para esta etapa. Y, de hecho, los pocos que tuve se desmoronaron en las primeras semanas. Me di cuenta de que no tenía la energía, ni la ilusión, ni la pasión, que requería poner en marcha los pequeños grandes proyectos que había concebido.

Entonces, empezó a dibujarse ante mí con progresiva nitidez una palabra: parar. Pero parar de verdad, no parar de hacer unas cosas para hacer otras (igual más vocacionales o apasionantes), parar de PARAR.

Sí, qué buena idea, pensé, y, además, 6 meses dan para mucho, ya veré más adelante…

Y comencé a parar y, oh, sorpresa, resultó que parar despertaba en mí sensaciones muy raras e incómodas: la culpa de estar desperdiciando un regalo, la percepción de que mi valía se esfumaba…

Pero mi espíritu curioso quiso experimentar. Y mi lado juguetón quiso entrar en el juego: ¿qué pasará si sigo aquí, si sigo así, en la pausa, en la contemplación de lo que surja en mí?

Y jugué a tope. Y sentí a tope esas sensaciones que, a ratos podían ser devastadoras, siempre con una pregunta de fondo ¿quién soy yo si no soy “la que hace cosas”, “la que resuelve”, “la que planifica, ordena, clasifica, prioriza”? ¿Cuál es mi valor?

¿Cuál es mi valor?, menuda pregunta.

Y ya sabes que me gusta dejar macerar esas preguntas tan poderosas, evitando que la mente trate de ofrecerme argumentos obvios, caducos y vacíos.

Así que el experimento alcanzaba cotas intensas de incomodidad, desazón. Y, a medida que me atrevía a vivirme ahí, iba descubriendo creencias muy ancladas en mí, hábitos automáticos que me limitan. Y todo emergía sin esfuerzo, o con el único esfuerzo de no ofrecer oposición, de no querer controlar el proceso, simplemente permitirme vivirlo… Ha sido algo convulso y estremecedoramente bello. Una etapa de muchos instantes lúcidos en que me decía ¿pero cómo no me había dado cuenta de esto antes?

Por ejemplo: identificar la propia importancia de parar, de bajar el ritmo; el frenesí en el que vivimos inmersos y que, a menudo, consideramos inevitable. ¿Pero por qué es inevitable? Porque le hemos puesto un cartel de “Prohibido pasar” a otro pensamiento que lo contradiga. Y porque parar asusta, y seguir en la rueda genera una dopamina que nos va convirtiendo en esclavos adictos a lo que decimos odiar.

¿Demasiado dura? ¿Muy tajante? Puede que sí. Me ha salido del fondo de un alma que se sabe libre y que quiere zarandear gentilmente (a mí la primera -el burro delante…-) para que nos atrevamos a ir más allá de límites que consideramos inexpugnables y que, a poco que nos demos el tiempo de observarlos con amabilidad y pausa, presentan grietas por todas partes. Grietas que podemos aprovechar para dejar pasar la luz de las nuevas posibilidades.

¿Y alguna propuesta? Mmm, los caminos de cada uno son únicos, pero me atrevo a insistir en alguna cosa:

  •       Parar, pausar, aquietar el ritmo, ayuda. 
  •     Y puede asustar, pero es solo al principio.
  •      Activar el modo lúdico en nuestras vidas también ayuda. Crear por amor al arte, jugar, celebrar, hacer cosas con pasión (bailar, cantar, contar historias, hacer punto, pintar, sigue tú, la lista es infinita)
  •   Conectar con la naturaleza, recordar que somos parte de ella, observarla, dejarnos sanar por ella, es el gran comodín de la llamada. 
  •    Confiar: confiar en la voz de la intuición (que se va a ir despertando a media que bajen las revoluciones), confiar en la magia de la vida, confiar en el poder de nuestra mirada para descubrir lo que hasta hace un momento nos era invisible…
  •      Y abrirnos a lo inesperado, a recibir regalos, a conectar cada vez más desde nuestra autenticidad.

Y todo como un juego... ¿qué tal si la invitación es a probar el introducir una acción pequeñita que vaya a favor de cualquiera de estos aspectos?. No desdeñemos el valor de las pequeñas acciones sostenidas en el tiempo. Y, si hace falta, te recuerdo "Mi teoría de los poquitos"

Bueno, y, si has llegado hasta aquí, te mereces un premio 😊: el porqué del título de esta perita.

A lo mejor, ni te hace falta, porque ya sabes quién es Sofía… Sofía es mi tortuguita, la que encontré en mi porción de roscón de Reyes de un año de estos. Y Sofía, como hacía Casiopea con Momo, me recuerda lo esencial: el valor del tiempo, que se despliega y se multiplica cuando lo dotamos de pleno sentido, cuando lo vivimos desde la conexión con lo que somos, y que se nos va de las manos cuando estamos en modo supervivencia. Y el valor de mí misma... que no depende de lo que hago sino de lo que SOY. Era justo al revés: al enfocarme en ser... lo que hago adquiere otro valor, el valor de la autenticidad.

Sofía también me recuerda la importancia de compartir todo esto que siento tan poderoso aquí dentro (me señalo al corazón) y, luego, con las mismas, darme un buen chapuzón en la piscina (benditas piscinas públicas de Madrid) y gozar el instante.