domingo, 22 de junio de 2025

Dejar de buscar

Hace unos días me fui de “retiro conmigo misma" a Cercedilla. Igual estás pensando “Rocío, ¿pero no estás tú ya de retiro con tu sabático? ¿Un retiro dentro del retiro? ¿no va a ser un poquito too much?” Y puede que tengas razón.

Tanto “interiorismo” tiene sus riesgos, se puede una quedar atrapada en la observación de sus procesos, en la reflexión en bucle. Pero cuando se hace con consciencia y presencia, todo esto no es sino una fase más del proceso de introspección y, aunque a veces parece que me quedo atascada en esa fase… al final, todo fluye.

Y, también te digo que me gustaría desmitificar un poco esto del “retiro”. No sé qué te viene a la cabeza a ti, pero a mí me suena a encerrarse y sentarse en la postura del loto a hacer un silencio mágico en el cual emerge una sabiduría trascendente. Y por qué no. Pero no es mi caso. Para empezar, a mí la postura del loto no me sale. Y mi silencio es más intencional que otra cosa.

Mis retiros son sencillamente un ejercicio de “apartarme” de mi contexto habitual y entrar en contacto en lo posible con la naturaleza y a ver qué pasa.

Y puede pasar que acabe cenando en el pueblo con un señor mayor que me cuenta, con total franqueza y todo lujo de detalles, las limitaciones que vive en su día a día tras su intervención de cáncer de próstata.

Y puede pasar que pasee durante horas por los senderos de Cercedilla, sintiendo que me fundo con el paisaje, que soy un duendecillo o, venga, por qué no: un hada sonriente y liviana que disfruta mojándose las manos (y, a veces, también los zapatos) en cada arroyuelo, sintiendo el refugio de la sombra de pinos y robles, fascinada por el canto de los pájaros, hechizada por el sencillo y generoso milagro de las flores silvestres.

Hay veces que no soy capaz de integrarme así con el entorno, la mente se desboca con ese run-run continuo, desplegando ante mí un continuo de opciones: “Elije, elije, decide, decide”. Y me siento paralizada.

Pero cuando bajo al corazón y recuerdo el orden correcto de las cosas, gradualmente, se calma la tensión, se afloja el nudo en la garganta y vuelvo a conectar con esa alegría livianita desde la que dar el siguiente paso es natural y casi obvio.

Y ese orden para mí consiste en sentir primero, activar la escucha interna, la escucha en sentido más amplio, reconocer los obstáculos a la paz: tal vez, miedo, o indecisión, o culpa… Y observarlos amorosamente. Sí, soltar los juicios y simplemente observar. Y sentir el cuerpo: esa molestia en la boca del estómago, ese encogimiento del corazón y pararme ahí, sin pretender eliminarlos. Y, así, paso a paso, vuelvo a vincularme con “el fondo”, ese fondo de paz y serenidad que permanece SIEMPRE.

Y desde ahí, volver a mirar al camino y decidir solo el siguiente paso.

En mi retiro, tuve un día de estos de “desconexión” de mi centro, en el que me tocó hacer este bello trabajo que te cuento, y otro día de fluir sin más barreras desde primera hora.

Ese otro día, estaba en “modo hada”, caminando, disfrutando… Recorría una pista circular y, cuando ya estaba llegando al punto de inicio decidí tomar otro sendero que salía a la izquierda y seguir paseando un ratito más. Ya en él, de nuevo, encontré una especie de atajo en gran cuesta que subía a no sé dónde. “¿Voy por ahí? Es bastante pendiente y, para subir aún, pero luego la bajada, con la tierra seca y suelta y las agujas de los pinos, telita. Bueno, yo subo y, luego, ya veremos”

Trepé por la cuesta arriba que no llegaría ni a diez metros y llegué a una zona abierta, llana que, al fondo, tenía unas rocas que formaban como una cuevita. En la cueva, la escultura de un busto. Guau, esto no me lo esperaba. Me acerqué y era como una diosa con mejillas regordetas y ojos asiáticos, me gustó. Al lado, tres plumas y una postal. La postal tenía el dibujo de un dragón y se leía precisamente “La dragona de siete picos”.

Guau.



¿Qué significaba todo eso? ¿Quién había colocado ahí estas cosas? Qué más da. ¿Qué quieres que signifique para ti?, esa es la pregunta.

Aun ando a vueltas con entregarle un significado apropiado para mí al simbolismo de la dragona, pero lo que sí ha adquirido sentido por sí solo es el hallazgo.

¿Te imaginas que, al comenzar el paseo alguien me hubiera dicho: “Mira, hay una estatua en algún lugar del recorrido, evidentemente no está en los senderos principales, sino que tendrás que tomar un atajo en algún momento”? ¿Qué probabilidades hubiera tenido de encontrarla? ¿Y cómo hubiera hecho el camino? Imagino que en tensión, en alerta, tratando de activar mi intuición y frustrándome cada vez que evidenciara que ese atajo tampoco era. Posiblemente, también podría haberme perdido en el intento. Desde luego, no habría disfrutado como disfruté del paseo sin más.

Y, no digo que siempre (y no lo digo por reservarle un rinconcito a esa ancestral “cordura” que siento que me da seguridad), pero creo que, en muchas ocasiones, la vida va de ocuparse de vibrar en la energía más esencial, en eso que reconocemos como nuestro y que se nota porque trae paz y fluidez. Y desde ahí, caminar, con los sentidos bien abiertos, dispuestos a recibir los regalos de la vida.

¿A ti qué te parece?

Ah, al día siguiente, volví a repetir el paseo. Esta vez, como ya sabía dónde estaba “el premio”, quise ir a disfrutarlo un ratito de nuevo. Retomé los pasos que recordaba en mi mente pero, en ese momento, llegaban varios autobuses de colegios y empezaban a subir chicos y chicas, dirigiéndose justo por la zona por la que yo tenía que pasar, con su lógica algarabía, que no iba mucho con mis ganas de recogimiento y disfrute íntimo, así que decidí pasear primero por otros caminos más solitarios, y ya, al final, ir a visitar a mi dragona.

Me puse a andar por un sendero más alejado y, de repente, miro a mi izquierda y veo un atajo que sube en gran pendiente… “Pero, pero ¿no era este el camino que subía a la dragona? Si es imposible, si salía del sendero de allá abajo. No puede ser… pero es tan parecido…” Por si acaso, subí. Y allí estaba ella, saludándome de nuevo. Y me quedé un rato en su mágica compañía.

Quizás, lo que quiere encontrarnos, solo requiere que estemos en el estado adecuado para recibirlo.